La gente de la nueva derecha cree en Dios, ama la familia, adora a su patria, respeta la historia y las gestas de sus antepasados, rechaza el aborto porque lo considera un asesinato de bebés, promueve valores como el trabajo, la honradez, el respeto y sobre todo la libertad, sin dueños ni señores, además de sentir alergia y asco ante los políticos corruptos y los inmigrantes sin respeto a las culturas que les acogen.
Si amas todo esto, eres valiente, respetas el orden y exiges mano dura con los corruptos y delincuentes, entonces eres un magnífico facha o, si lo prefieres, un orgulloso ejemplar de la ultraderecha.
Ser de la nueva derecha no significa en España lo que el fascismo fue en el pasado siglo. Hoy significa abrazar sin complejos y con orgullo una jerarquía natural del mundo: Dios por encima del hombre, la familia por encima del individuo, la verdad sobre la mentira, la nación por encima de cualquier utopía globalista o multicultural y el respeto irrenunciable al ciudadano.
No se trata de nostalgia barata ni de sentimentalismo. Es la convicción feroz de que la civilización occidental se construyó sobre raíces cristianas, sobre el sacrificio de generaciones que defendieron fronteras y valores con sangre y que diluir eso en nombre de la “diversidad” o del “progreso” equivale a un suicidio colectivo, lento pero implacable.
Los fachas rechazan el aborto porque lo ven como el asesinato industrializado de inocentes, no como un “derecho reproductivo”, y defienden la vida desde la concepción, como principio no negociable.
Los fachas odian el saqueo del ciudadano con impuestos abusivos, el despilfarro y el endeudamiento suicida que condena a generaciones enteras.
Valoran el trabajo duro, la honradez y la meritocracia real, no la igualitarismo forzado, ni las cuotas por victimismo, y sienten una repulsión visceral hacia la corrupción política que se disfraza de “política útil” o de “gestión progresista”, porque para ellos la patria no es un eslogan electoral, sino un legado que no se negocia ni se vende.
Ser de la verdadera derecha implica exigir orden como condición "sine qua non" de la libertad verdadera. No toleran la delincuencia rampante ni las excusas sociológicas que convierten al criminal en víctima y al ciudadano honrado en sospechoso. Quieren mano dura, penas proporcionales al daño causado y deportación inmediata para inmigrante que delinquen gravemente y no respetan las leyes del país que los acogió.
La inmigración masiva, sin control ni asimilación cultural, les parece una invasión consentida por élites que odian a sus propios pueblos. No son racistas, ni rechazan al inmigrante por su origen, sino al que llega exigiendo derechos sin asumir deberes, al que impone su cultura en vez de integrarse, al que convierte barrios enteros en guetos hostiles.
Para los fachas patriotas, la libertad no es libertinaje ni multiculturalismo obligatorio, sino vivir sin miedo en tu tierra, sin que te impongan desde fuera cómo debes pensar, hablar o rezar. Y si eso implica ser tachado de “facha”, lo asumen con orgullo, porque prefieren el insulto a la cobardía moral de callar ante la ignominia.
Ser un magnífico facha significa no pedir permiso para defender que la historia de tu pueblo no es una cadena de vergüenzas que hay que expiar eternamente, que tus antepasados no fueron monstruos sino héroes que levantaron naciones desde la nada, que la familia tradicional no es una “opresión patriarcal”, sino el núcleo irremplazable de cualquier sociedad sana.
Significa rechazar la ingeniería social que pretende reescribir la biología, la identidad y la memoria colectiva. Significa estar dispuesto a ser minoría ruidosa, incómoda y demonizada antes que convertirse en un conformista silencioso que ve cómo su civilización se disuelve en nombre de una supuesta “tolerancia” que solo tolera lo que destruye sus cimientos.
En un mundo que premia la tibieza y castiga la claridad, ser de la nueva derecha es elegir la verdad incómoda sobre la mentira cómoda, el deber sobre el aplauso y la patria sobre el proceder de quienes nunca la defendieron. Y eso, en tiempos de liquidación moral, no es extremismo sino lucidez.
Para los patriotas regeneradores, el principal objetivo de la política es hacer felices a los ciudadanos.
Cuando los fachas regeneradores conquisten las urnas, España será un país muchos mas justo, próspero y digno.
Francisco Rubiales
Si amas todo esto, eres valiente, respetas el orden y exiges mano dura con los corruptos y delincuentes, entonces eres un magnífico facha o, si lo prefieres, un orgulloso ejemplar de la ultraderecha.
Ser de la nueva derecha no significa en España lo que el fascismo fue en el pasado siglo. Hoy significa abrazar sin complejos y con orgullo una jerarquía natural del mundo: Dios por encima del hombre, la familia por encima del individuo, la verdad sobre la mentira, la nación por encima de cualquier utopía globalista o multicultural y el respeto irrenunciable al ciudadano.
No se trata de nostalgia barata ni de sentimentalismo. Es la convicción feroz de que la civilización occidental se construyó sobre raíces cristianas, sobre el sacrificio de generaciones que defendieron fronteras y valores con sangre y que diluir eso en nombre de la “diversidad” o del “progreso” equivale a un suicidio colectivo, lento pero implacable.
Los fachas rechazan el aborto porque lo ven como el asesinato industrializado de inocentes, no como un “derecho reproductivo”, y defienden la vida desde la concepción, como principio no negociable.
Los fachas odian el saqueo del ciudadano con impuestos abusivos, el despilfarro y el endeudamiento suicida que condena a generaciones enteras.
Valoran el trabajo duro, la honradez y la meritocracia real, no la igualitarismo forzado, ni las cuotas por victimismo, y sienten una repulsión visceral hacia la corrupción política que se disfraza de “política útil” o de “gestión progresista”, porque para ellos la patria no es un eslogan electoral, sino un legado que no se negocia ni se vende.
Ser de la verdadera derecha implica exigir orden como condición "sine qua non" de la libertad verdadera. No toleran la delincuencia rampante ni las excusas sociológicas que convierten al criminal en víctima y al ciudadano honrado en sospechoso. Quieren mano dura, penas proporcionales al daño causado y deportación inmediata para inmigrante que delinquen gravemente y no respetan las leyes del país que los acogió.
La inmigración masiva, sin control ni asimilación cultural, les parece una invasión consentida por élites que odian a sus propios pueblos. No son racistas, ni rechazan al inmigrante por su origen, sino al que llega exigiendo derechos sin asumir deberes, al que impone su cultura en vez de integrarse, al que convierte barrios enteros en guetos hostiles.
Para los fachas patriotas, la libertad no es libertinaje ni multiculturalismo obligatorio, sino vivir sin miedo en tu tierra, sin que te impongan desde fuera cómo debes pensar, hablar o rezar. Y si eso implica ser tachado de “facha”, lo asumen con orgullo, porque prefieren el insulto a la cobardía moral de callar ante la ignominia.
Ser un magnífico facha significa no pedir permiso para defender que la historia de tu pueblo no es una cadena de vergüenzas que hay que expiar eternamente, que tus antepasados no fueron monstruos sino héroes que levantaron naciones desde la nada, que la familia tradicional no es una “opresión patriarcal”, sino el núcleo irremplazable de cualquier sociedad sana.
Significa rechazar la ingeniería social que pretende reescribir la biología, la identidad y la memoria colectiva. Significa estar dispuesto a ser minoría ruidosa, incómoda y demonizada antes que convertirse en un conformista silencioso que ve cómo su civilización se disuelve en nombre de una supuesta “tolerancia” que solo tolera lo que destruye sus cimientos.
En un mundo que premia la tibieza y castiga la claridad, ser de la nueva derecha es elegir la verdad incómoda sobre la mentira cómoda, el deber sobre el aplauso y la patria sobre el proceder de quienes nunca la defendieron. Y eso, en tiempos de liquidación moral, no es extremismo sino lucidez.
Para los patriotas regeneradores, el principal objetivo de la política es hacer felices a los ciudadanos.
Cuando los fachas regeneradores conquisten las urnas, España será un país muchos mas justo, próspero y digno.
Francisco Rubiales








Inicio
Enviar
Versión para Imprimir












