¿Cuantos inocentes se habrían salvado de la muerte y la tortura si criminales como Hítler, Stalin y otros, entre ellos los ayatolás de Irán, hubiaran sido "ajusticiados" a tiempo?
La relación España-Estados Unidos se complica y se llena de confusión, como todo lo que rodea al sanchismo mentiroso. La Casa Blanca dice que el Gobierno de Sánchez acepta «cooperar militarmente» con Estados Unidos frente a Irán, pero Moncloa lo desmiente. El ministro Albares, de Exteriores, afirma que "La posición del Gobierno de España sobre la guerra en Oriente Medio y los bombardeos en Irán no ha cambiado ni una coma".
Pero, mientras tanto, unidades españolas encuadradas en la OTAN participan en la contienda, como la que detectó ayer un misil lanzado contra Turquía.
Lo cierto es que ese “No a la guerra” que el gobierno de España presenta como postura sólida y humanitaria, es una vulgar chapuza, desde la óptica de la filosofía, la ética y el derecho.
Los que ahora gritan “No a la Guerra” callaron, cobarde y miserablemente, cuando hace unas semanas los ayatolás masacraron a decenas de miles de iraníes solo por protestar en las calles. Los del “no a la guerra” no dijeron entonces “no al asesinato de ciudadanos”.
Sánchez y la "coalición de miserables" que le apoya sólo protestan cuando sus aliados internacionales comunistas y autócratas son atacados, pero no mueven un dedo cuando los que son masacrados son los pueblos que quieren ser libres, como los de Venezuela, Cuba, Irán y otros.
Para Sánchez y sus miserables, la "legalidad internacional" prohíbe alzarse contra los tiranos y luchar contra los dirigentes asesinos.
Sin embargo, la filosofía occidental, desde Aristóteles hasta la Escuela de Salamanca, ha proporcionado sólidos argumentos para justificar la guerra contra regímenes criminales y el tiranicidio de líderes opresores que violan el bien común y torturan y asesinan a sus pueblos.
Aristóteles, en su "Política", distinguía entre monarcas legítimos y tiranos, afirmando que estos últimos, al gobernar por interés propio y contra la naturaleza social del hombre, merecen ser derrocados, incluso violentamente, como un acto de justicia natural para restaurar el orden.
Tomás de Aquino, en su "Suma Teológica", refinó esta idea al establecer la teoría de la guerra justa, requiriendo causa legítima (como defender a inocentes de la tiranía), autoridad competente y proporcionalidad, permitiendo la remoción forzosa de un tirano si no hay medios pacíficos, ya que el bien común prevalece sobre la obediencia ciega.
La Escuela de Salamanca, con pensadores como Francisco de Vitoria y Juan de Mariana, extendió estos principios al contexto internacional, defendiendo intervenciones armadas contra "tiranía de los señores de los bárbaros" y justificando el tiranicidio en casos extremos, donde el opresor usurpa el poder y comete atrocidades, siempre con criterios éticos como la protección de inocentes y la búsqueda de paz duradera.
Aplicado a regímenes como el de los ayatolás en Irán, esta tradición filosófica condena rotundamente la pasividad ante criminales que torturan, ejecutan disidentes y oprimen sistemáticamente a su pueblo, viéndolo como una omisión moral que perpetúa el mal.
Aquino y los salmantinos argumentaban que, cuando un líder sanguinario viola la ley natural y el derecho divino al bien común, la guerra no es solo permisible, sino obligatoria si cumple con jus ad bellum (causa justa, último recurso) y jus in bello (proporcionalidad, discriminación entre combatientes e inocentes), transformando la intervención en un acto de liberación humanitaria.
Aristóteles ya advertía que tolerar tiranos equivale a consentir la esclavitud colectiva, y Vitoria agregaba que la comunidad internacional tiene deber de proteger a los oprimidos allende fronteras, rechazando el relativismo cultural que excusa atrocidades bajo pretextos religiosos o soberanos.
Ignorar esto no es pacifismo, sino cobardía ética que condena a millones a sufrir bajo yugos despóticos. El "No a la Guerra" de Pedro Sánchez, invocado contra la intervención en Irán, representa una estupidez miope que ignora estas raíces filosóficas y prioriza el cálculo político sobre la justicia, permitiendo que criminales como los ayatolás continúen torturando sin consecuencias.
Sánchez repudia el régimen iraní pero rechaza acciones decisivas, equiparando democracias con tiranías y negando el uso de bases españolas para operaciones, lo que socava alianzas estratégicas y expone a España a aislamiento.
Esta postura, reminiscencia del pacifismo ingenuo, contradice la guerra justa al anteponer un eslogan vacío al deber de confrontar el mal, condenando a pueblos oprimidos a más sufrimiento, mientras líderes como él propio Sánchez se postulan como guardianes de la paz, pero perpetuando en realidad la impunidad de opresores sanguinarios.
Francisco Rubiales
Pero, mientras tanto, unidades españolas encuadradas en la OTAN participan en la contienda, como la que detectó ayer un misil lanzado contra Turquía.
Lo cierto es que ese “No a la guerra” que el gobierno de España presenta como postura sólida y humanitaria, es una vulgar chapuza, desde la óptica de la filosofía, la ética y el derecho.
Los que ahora gritan “No a la Guerra” callaron, cobarde y miserablemente, cuando hace unas semanas los ayatolás masacraron a decenas de miles de iraníes solo por protestar en las calles. Los del “no a la guerra” no dijeron entonces “no al asesinato de ciudadanos”.
Sánchez y la "coalición de miserables" que le apoya sólo protestan cuando sus aliados internacionales comunistas y autócratas son atacados, pero no mueven un dedo cuando los que son masacrados son los pueblos que quieren ser libres, como los de Venezuela, Cuba, Irán y otros.
Para Sánchez y sus miserables, la "legalidad internacional" prohíbe alzarse contra los tiranos y luchar contra los dirigentes asesinos.
Sin embargo, la filosofía occidental, desde Aristóteles hasta la Escuela de Salamanca, ha proporcionado sólidos argumentos para justificar la guerra contra regímenes criminales y el tiranicidio de líderes opresores que violan el bien común y torturan y asesinan a sus pueblos.
Aristóteles, en su "Política", distinguía entre monarcas legítimos y tiranos, afirmando que estos últimos, al gobernar por interés propio y contra la naturaleza social del hombre, merecen ser derrocados, incluso violentamente, como un acto de justicia natural para restaurar el orden.
Tomás de Aquino, en su "Suma Teológica", refinó esta idea al establecer la teoría de la guerra justa, requiriendo causa legítima (como defender a inocentes de la tiranía), autoridad competente y proporcionalidad, permitiendo la remoción forzosa de un tirano si no hay medios pacíficos, ya que el bien común prevalece sobre la obediencia ciega.
La Escuela de Salamanca, con pensadores como Francisco de Vitoria y Juan de Mariana, extendió estos principios al contexto internacional, defendiendo intervenciones armadas contra "tiranía de los señores de los bárbaros" y justificando el tiranicidio en casos extremos, donde el opresor usurpa el poder y comete atrocidades, siempre con criterios éticos como la protección de inocentes y la búsqueda de paz duradera.
Aplicado a regímenes como el de los ayatolás en Irán, esta tradición filosófica condena rotundamente la pasividad ante criminales que torturan, ejecutan disidentes y oprimen sistemáticamente a su pueblo, viéndolo como una omisión moral que perpetúa el mal.
Aquino y los salmantinos argumentaban que, cuando un líder sanguinario viola la ley natural y el derecho divino al bien común, la guerra no es solo permisible, sino obligatoria si cumple con jus ad bellum (causa justa, último recurso) y jus in bello (proporcionalidad, discriminación entre combatientes e inocentes), transformando la intervención en un acto de liberación humanitaria.
Aristóteles ya advertía que tolerar tiranos equivale a consentir la esclavitud colectiva, y Vitoria agregaba que la comunidad internacional tiene deber de proteger a los oprimidos allende fronteras, rechazando el relativismo cultural que excusa atrocidades bajo pretextos religiosos o soberanos.
Ignorar esto no es pacifismo, sino cobardía ética que condena a millones a sufrir bajo yugos despóticos. El "No a la Guerra" de Pedro Sánchez, invocado contra la intervención en Irán, representa una estupidez miope que ignora estas raíces filosóficas y prioriza el cálculo político sobre la justicia, permitiendo que criminales como los ayatolás continúen torturando sin consecuencias.
Sánchez repudia el régimen iraní pero rechaza acciones decisivas, equiparando democracias con tiranías y negando el uso de bases españolas para operaciones, lo que socava alianzas estratégicas y expone a España a aislamiento.
Esta postura, reminiscencia del pacifismo ingenuo, contradice la guerra justa al anteponer un eslogan vacío al deber de confrontar el mal, condenando a pueblos oprimidos a más sufrimiento, mientras líderes como él propio Sánchez se postulan como guardianes de la paz, pero perpetuando en realidad la impunidad de opresores sanguinarios.
Francisco Rubiales







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