España es un aliado terrible". Con esas palabras se ha referido el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, a nuestro país después de que el Gobierno de Pedro Sánchez vetara el uso de las bases de Rota y Morón para su ofensiva contra Irán.
España está jugando con fuego al enfrentarse directamente a Estados Unidos en un momento de máxima tensión geopolítica. La decisión del Gobierno de Pedro Sánchez de prohibir el uso de las bases de Rota y Morón para las operaciones militares estadounidenses contra Irán ha provocado la inmediata salida de más de una decena de aviones cisterna clave (KC-135), reubicados hacia Alemania y otros países europeos.
Este veto, justificado en el derecho internacional y la Carta de la ONU, no solo debilita la capacidad logística de un aliado histórico en plena escalada bélica en Oriente Medio, sino que envía una señal de desconfianza que Washington no olvidará fácilmente. EEUU tomará nota de esta negativa, y las relaciones bilaterales, ya tensas por discrepancias previas, entran en una fase de serio deterioro.
Si el drama de la España de Sánchez se limitara a un enfrentamiento solapado con Estados Unidos, tal vez no sería demasiado grave y podría solucionarse con acercamientos y paños alientes, pero la España sanchista también se está creando enemigos peligrosos, rompiendo los consensos europeos, deteriorando las relaciones con países hermanos de América (México y Argentina) y sufriendo en secreto represalias silenciosas en el ámbito de las inversiones y los negocios internacionales, donde el lobby judío, muy poderoso, está marginando a España.
Militares españoles, incluidos ex altos cargos, expresan un temor fundado: a medio plazo, Estados Unidos podría optar por buscar un aliado más fiable y menos condicionado en la zona del Estrecho para trasladar allí sus bases militares. Marruecos emerge como la alternativa evidente, un país que se frota las manos ante cada paso en falso de España.
Rabat ha ganado peso estratégico con el respaldo estadounidense en el Sáhara y su alineación con intereses de Washington, ofreciendo estabilidad y disposición sin las limitaciones políticas que impone el Gobierno español. Perder influencia en instalaciones tan críticas como Rota —pilar del escudo antimisiles OTAN— o Morón —clave para proyección en África— supondría un golpe devastador a la posición geoestratégica de España, exponiéndola a mayores vulnerabilidades en el flanco sur y erosionando su relevancia en la Alianza Atlántica.
Sánchez nos lleva a la perdición con una política exterior ideológica que prioriza el postureo y la rigidez ideológica radicalizada sobre pragmatismo y la seguridad nacional.
Desafiando a la primera potencia mundial en un contexto de guerra abierta, el presidente Sánchez, cada día más rechazado por los españoles, antepone cálculos domésticos a la protección de los intereses españoles, arriesgando alianzas esenciales construidas durante décadas.
El precio de esta soberbia podría pagarse caro: aislamiento diplomático, pérdida de garantías de defensa, perdida de contratos y negocios intencionales y un vecino como Marruecos fortalecido a costa nuestra.
Es ridículo ver a España jugando a ser potencia moral cuando el sanchismo comete todo tipo de atentados internos contra la Constitución española, la democracia y los derechos ciudadanos básicos y cuando el tablero real del mundo exige fiabilidad y realismo.
Si no jubilamos pronto al inquilino de la Moncloa, el fuego que ahora alimentamos terminará quemándonos a nosotros mismos.
Francisco Rubiales
España está jugando con fuego al enfrentarse directamente a Estados Unidos en un momento de máxima tensión geopolítica. La decisión del Gobierno de Pedro Sánchez de prohibir el uso de las bases de Rota y Morón para las operaciones militares estadounidenses contra Irán ha provocado la inmediata salida de más de una decena de aviones cisterna clave (KC-135), reubicados hacia Alemania y otros países europeos.
Este veto, justificado en el derecho internacional y la Carta de la ONU, no solo debilita la capacidad logística de un aliado histórico en plena escalada bélica en Oriente Medio, sino que envía una señal de desconfianza que Washington no olvidará fácilmente. EEUU tomará nota de esta negativa, y las relaciones bilaterales, ya tensas por discrepancias previas, entran en una fase de serio deterioro.
Si el drama de la España de Sánchez se limitara a un enfrentamiento solapado con Estados Unidos, tal vez no sería demasiado grave y podría solucionarse con acercamientos y paños alientes, pero la España sanchista también se está creando enemigos peligrosos, rompiendo los consensos europeos, deteriorando las relaciones con países hermanos de América (México y Argentina) y sufriendo en secreto represalias silenciosas en el ámbito de las inversiones y los negocios internacionales, donde el lobby judío, muy poderoso, está marginando a España.
Militares españoles, incluidos ex altos cargos, expresan un temor fundado: a medio plazo, Estados Unidos podría optar por buscar un aliado más fiable y menos condicionado en la zona del Estrecho para trasladar allí sus bases militares. Marruecos emerge como la alternativa evidente, un país que se frota las manos ante cada paso en falso de España.
Rabat ha ganado peso estratégico con el respaldo estadounidense en el Sáhara y su alineación con intereses de Washington, ofreciendo estabilidad y disposición sin las limitaciones políticas que impone el Gobierno español. Perder influencia en instalaciones tan críticas como Rota —pilar del escudo antimisiles OTAN— o Morón —clave para proyección en África— supondría un golpe devastador a la posición geoestratégica de España, exponiéndola a mayores vulnerabilidades en el flanco sur y erosionando su relevancia en la Alianza Atlántica.
Sánchez nos lleva a la perdición con una política exterior ideológica que prioriza el postureo y la rigidez ideológica radicalizada sobre pragmatismo y la seguridad nacional.
Desafiando a la primera potencia mundial en un contexto de guerra abierta, el presidente Sánchez, cada día más rechazado por los españoles, antepone cálculos domésticos a la protección de los intereses españoles, arriesgando alianzas esenciales construidas durante décadas.
El precio de esta soberbia podría pagarse caro: aislamiento diplomático, pérdida de garantías de defensa, perdida de contratos y negocios intencionales y un vecino como Marruecos fortalecido a costa nuestra.
Es ridículo ver a España jugando a ser potencia moral cuando el sanchismo comete todo tipo de atentados internos contra la Constitución española, la democracia y los derechos ciudadanos básicos y cuando el tablero real del mundo exige fiabilidad y realismo.
Si no jubilamos pronto al inquilino de la Moncloa, el fuego que ahora alimentamos terminará quemándonos a nosotros mismos.
Francisco Rubiales








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