Y esa necesidad de rendir cuentas de los crímenes y abusos ha llegado porque un personaje con pinta de pistolero, llamado Donald Trump, se ha atrevido a irrumpir en la residencia del sanguinario dictador venezolano Maduro y apresarlo para ponerlo en manos de la Justicia.
Ante esa operación, espectacular y esperanzadora, los tiranos tiemblan y los indiferentes y cómplices reflexionan, los primeros porque el asalto nocturno de los comandos les puede tocar a ellos y los indiferentes porque el pueblo terminará despreciando su cobardía, hipocresía y suciedad inhumana.
Las víctimas que sobreviven y los oprimidos, cansados de análisis estériles de políticos, intelectuales y periodistas que se dicen demócratas, se sienten esperanzados porque por fin alguien (Trump) ha hecho algo concreto contra el mal que gobierna el mundo desde los palacios y ministerios.
Este acto valiente y decisivo de Donald Trump, que con determinación ha irrumpido en la fortaleza de un tirano para entregarlo a la Justicia, marca el fin de una era de impunidad global.
Los dictadores que durante décadas han masacrado a sus pueblos, torturado disidentes y saqueado naciones enteras, ahora saben que no hay refugio seguro: la noche puede traer comandos implacables que pongan término a su reinado de terror.
Ese derecho internacional bastardo, diseñado para proteger a los canallas más que al pueblo, ya no les ampara porque el mundo empieza a entender que más que un derecho es una basura que propicia guerras, abusos, torturas y muertes.
Cuba, Nicaragua, Corea del Norte, Irán y otras naciones y organizaciones criminales observan con pavor cómo la cobardía internacional se resquebraja ante la acción firme de quien no tolera más la complicidad con el mal.
En algunas falsas democracias que resisten, como la española, al frente de la cual hay un dirigente autócrata, falso y con alma de tirano, que indulta a criminales y es amigo de dictaduras sanguinarias como la cubana y la venezolana, también ha entrado en escena el miedo a que los ciudadanos se cansen de ser sometidos, engañados y esquilmados. También para tipos como Pedro Sánchez ha llegado la hora de rendir cuentas o de huir del poder para escapar de la Justicia.
La historia juzgará con severidad también a los indiferentes, a los que callaron ante ríos de sangre y montañas de violaciones humanas, permitiendo que estos criminales se sentaran en foros mundiales como si fueran estadistas respetables.
A los millones de ciudadanos que siguen votando y apoyando por todo el mundo a tiranos llenos de mentira, crueldad e injusticia, los que alaban a la criminal Cuba sólo porque es un país de la izquierda y los que hacen lo mismo con los opresores de la derecha, también les ha llegado la hora de la vergüenza y de ser despreciados por un mundo que ya no quiere tolerar falsedades, complicidades e hipocresías sectarias.
Miles de dirigentes políticos y gente de poder sabían que Caracas estaba plagada de presos políticos, igual que Cuba, pero nadie se preocupaba por esos desgraciados aterrados ante la tortura. Los canallas y corruptos seguían gobernando, haciendo negocios con los asesinos y ocultando sus crímenes.
Hoy, con Maduro capturado y enfrentando su destino, se abre la puerta a la verdadera justicia: que caigan todos los cómplices, que se condene sin piedad a los asesinos, que los hipócritas que nunca hacen nada contra el mal sean expulsados del poder y que los pueblos oprimidos recuperen su libertad.
Este es el comienzo del fin para las tiranías y sus miserables cómplices. La decencia humana, por fin, empieza a prevalecer.
Francisco Rubiales
Ante esa operación, espectacular y esperanzadora, los tiranos tiemblan y los indiferentes y cómplices reflexionan, los primeros porque el asalto nocturno de los comandos les puede tocar a ellos y los indiferentes porque el pueblo terminará despreciando su cobardía, hipocresía y suciedad inhumana.
Las víctimas que sobreviven y los oprimidos, cansados de análisis estériles de políticos, intelectuales y periodistas que se dicen demócratas, se sienten esperanzados porque por fin alguien (Trump) ha hecho algo concreto contra el mal que gobierna el mundo desde los palacios y ministerios.
Este acto valiente y decisivo de Donald Trump, que con determinación ha irrumpido en la fortaleza de un tirano para entregarlo a la Justicia, marca el fin de una era de impunidad global.
Los dictadores que durante décadas han masacrado a sus pueblos, torturado disidentes y saqueado naciones enteras, ahora saben que no hay refugio seguro: la noche puede traer comandos implacables que pongan término a su reinado de terror.
Ese derecho internacional bastardo, diseñado para proteger a los canallas más que al pueblo, ya no les ampara porque el mundo empieza a entender que más que un derecho es una basura que propicia guerras, abusos, torturas y muertes.
Cuba, Nicaragua, Corea del Norte, Irán y otras naciones y organizaciones criminales observan con pavor cómo la cobardía internacional se resquebraja ante la acción firme de quien no tolera más la complicidad con el mal.
En algunas falsas democracias que resisten, como la española, al frente de la cual hay un dirigente autócrata, falso y con alma de tirano, que indulta a criminales y es amigo de dictaduras sanguinarias como la cubana y la venezolana, también ha entrado en escena el miedo a que los ciudadanos se cansen de ser sometidos, engañados y esquilmados. También para tipos como Pedro Sánchez ha llegado la hora de rendir cuentas o de huir del poder para escapar de la Justicia.
La historia juzgará con severidad también a los indiferentes, a los que callaron ante ríos de sangre y montañas de violaciones humanas, permitiendo que estos criminales se sentaran en foros mundiales como si fueran estadistas respetables.
A los millones de ciudadanos que siguen votando y apoyando por todo el mundo a tiranos llenos de mentira, crueldad e injusticia, los que alaban a la criminal Cuba sólo porque es un país de la izquierda y los que hacen lo mismo con los opresores de la derecha, también les ha llegado la hora de la vergüenza y de ser despreciados por un mundo que ya no quiere tolerar falsedades, complicidades e hipocresías sectarias.
Miles de dirigentes políticos y gente de poder sabían que Caracas estaba plagada de presos políticos, igual que Cuba, pero nadie se preocupaba por esos desgraciados aterrados ante la tortura. Los canallas y corruptos seguían gobernando, haciendo negocios con los asesinos y ocultando sus crímenes.
Hoy, con Maduro capturado y enfrentando su destino, se abre la puerta a la verdadera justicia: que caigan todos los cómplices, que se condene sin piedad a los asesinos, que los hipócritas que nunca hacen nada contra el mal sean expulsados del poder y que los pueblos oprimidos recuperen su libertad.
Este es el comienzo del fin para las tiranías y sus miserables cómplices. La decencia humana, por fin, empieza a prevalecer.
Francisco Rubiales







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