Muchas enfermedades cardiacas tienen su origen en patologías del alma como el odio, el rencor, la ambición de poder, las mentiras y las traiciones.
La enfermedad de Sánchez, mantenida en secreto durante meses, se suma a un cuadro de estrés crónico que los especialistas vinculan directamente al estilo de vida impuesto por una presidencia obsesiva, conflictiva y rica en confrontaciones.
Lejos de buscar consensos o rebajar la tensión política, Sánchez ha optado por intensificar las batallas ideológicas, lo que, según expertos en cardiología consultados, actúa como un factor agravante irreversible: la hipertensión emocional constante, el insomnio derivado de las crisis permanentes y la paranoia ante cualquier crítica terminan minando el sistema cardiovascular de forma acelerada.
Mientras el presidente se somete a revisiones frecuentes en el Ramón y Cajal y en clínicas privadas, el país observa con preocupación cómo su salud se convierte en un espejo de la deriva autoritaria que ha impuesto a España. Por ello, aunque desde la sensatez democrática se le desea una pronta recuperación, resulta imperativo que la Justicia siga su curso sin contemplaciones ni excusas médicas.
Las graves responsabilidades acumuladas —desde el lawfare contra adversarios políticos hasta la corrupción desatada, las mentiras, el expolio fiscal a las clases medias, pasando por la cesión de competencias a separatistas y la permisividad con la inmigración ilegal— no pueden quedar impunes por una dolencia que, en buena medida, es consecuencia de sus propias decisiones. Los demócratas exigimos que, sano o enfermo, rinda cuentas ante los tribunales y ante la historia.
España no puede permitirse que la fragilidad física de un gobernante sirva de escudo para perpetuar la ruina moral y material que ha traído consigo.
No hay compasión posible cuando el daño infligido a la nación es tan profundo y deliberado. Quienes hoy claman por la indulgencia olvidan que Sánchez no ha mostrado ni un ápice de piedad hacia los millones de españoles asfixiados por impuestos confiscatorios, humillados por la impunidad de los separatistas, perjudicados por la ruina de los servicios básicos como los transportes, la sanidad, la educación y otros, expuestos a la inseguridad de una frontera descontrolada o testigos impotentes de cómo se blanquea a etarras y se persigue a jueces independientes.
Su dolencia, por grave que sea, no borra ni un solo delito de lesa patria ni exonera la traición sistemática a la unidad nacional y al Estado de derecho. Los demócratas de verdad no pedimos su muerte, pero tampoco aceptaremos que una camilla en el Ramón y Cajal se convierta en el último refugio de un régimen que ha hecho de la mentira, el clientelismo y el odio su principal instrumento de gobierno.
Que sane, sí; pero que pague. Que rinda cuentas ante la Justicia sin atenuantes ni excusas. Porque España no se reconstruye con lástima, sino con justicia implacable.
Francisco Rubiales
La enfermedad de Sánchez, mantenida en secreto durante meses, se suma a un cuadro de estrés crónico que los especialistas vinculan directamente al estilo de vida impuesto por una presidencia obsesiva, conflictiva y rica en confrontaciones.
Lejos de buscar consensos o rebajar la tensión política, Sánchez ha optado por intensificar las batallas ideológicas, lo que, según expertos en cardiología consultados, actúa como un factor agravante irreversible: la hipertensión emocional constante, el insomnio derivado de las crisis permanentes y la paranoia ante cualquier crítica terminan minando el sistema cardiovascular de forma acelerada.
Mientras el presidente se somete a revisiones frecuentes en el Ramón y Cajal y en clínicas privadas, el país observa con preocupación cómo su salud se convierte en un espejo de la deriva autoritaria que ha impuesto a España. Por ello, aunque desde la sensatez democrática se le desea una pronta recuperación, resulta imperativo que la Justicia siga su curso sin contemplaciones ni excusas médicas.
Las graves responsabilidades acumuladas —desde el lawfare contra adversarios políticos hasta la corrupción desatada, las mentiras, el expolio fiscal a las clases medias, pasando por la cesión de competencias a separatistas y la permisividad con la inmigración ilegal— no pueden quedar impunes por una dolencia que, en buena medida, es consecuencia de sus propias decisiones. Los demócratas exigimos que, sano o enfermo, rinda cuentas ante los tribunales y ante la historia.
España no puede permitirse que la fragilidad física de un gobernante sirva de escudo para perpetuar la ruina moral y material que ha traído consigo.
No hay compasión posible cuando el daño infligido a la nación es tan profundo y deliberado. Quienes hoy claman por la indulgencia olvidan que Sánchez no ha mostrado ni un ápice de piedad hacia los millones de españoles asfixiados por impuestos confiscatorios, humillados por la impunidad de los separatistas, perjudicados por la ruina de los servicios básicos como los transportes, la sanidad, la educación y otros, expuestos a la inseguridad de una frontera descontrolada o testigos impotentes de cómo se blanquea a etarras y se persigue a jueces independientes.
Su dolencia, por grave que sea, no borra ni un solo delito de lesa patria ni exonera la traición sistemática a la unidad nacional y al Estado de derecho. Los demócratas de verdad no pedimos su muerte, pero tampoco aceptaremos que una camilla en el Ramón y Cajal se convierta en el último refugio de un régimen que ha hecho de la mentira, el clientelismo y el odio su principal instrumento de gobierno.
Que sane, sí; pero que pague. Que rinda cuentas ante la Justicia sin atenuantes ni excusas. Porque España no se reconstruye con lástima, sino con justicia implacable.
Francisco Rubiales








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