La mano de Sánchez muestra inquietantes signos de vejez prematura, de estrés durísimo y de artrosis avanzada.
La derrota socialista en Andalucía fue mucho más que un revés territorial; fue el espejo implacable de un partido agotado, desconectado de la realidad social y moralmente depauperado.
Es lógico que los votantes huyan de un proyecto que ya no defiende ni la unidad de España, ni la seriedad institucional, ni la democracia, ni la libertad, ni la dignidad humana.
El PSOE necesita una refundación profunda, una cirugía sin anestesia que recupere sus raíces socialdemócratas, expulse a los radicales infiltrados y reconstruya un discurso creíble para la España sensata. Pero esa operación es incompatible con la continuidad de Sánchez, al que los socialistas deben meter en un sudario ideológico para el olvido eterno. Mientras él siga al frente, cualquier intento de regeneración será cosmético, un simulacro para engañar a la militancia y ganar tiempo.
El partido está resquebrajado por dentro. Las federaciones humilladas, los barones silenciados y los cuadros intermedios desmoralizados observan cómo el sanchismo ha convertido el PSOE en una maquinaria personalista y clientelar, podrida por el nepotismo, los favores a empresarios afines y la degradación ética constante. La corrupción ya no es un accidente, sino un método de control. Las voces críticas son marginadas o expulsadas, y las que quedan dentro lo hacen por cálculo o por puro miedo a la irrelevancia.
Un partido en estas condiciones es un cadáver que se descompone. El PSOE tiene que refundarse si quiere seguir vivo, pero queda la duda más inquietante: ¿puede siquiera refundarse algo tan degradado?
El socialismo español arrastra décadas de renuncia ideológica y de sustitución de principios por poder a cualquier precio. Ya estaba herido antes de Sánchez, pero con Sánchez la herida es mortal, si no entra con urgencia en el quirófano.
Si no se produce una ruptura con el sanchismo y con sus corrupciones y complicidades separatistas y radicales, el PSOE camina hacia una desaparición progresiva. La cobardía actual solo acelera ese final.
Francisco Rubiales
Es lógico que los votantes huyan de un proyecto que ya no defiende ni la unidad de España, ni la seriedad institucional, ni la democracia, ni la libertad, ni la dignidad humana.
El PSOE necesita una refundación profunda, una cirugía sin anestesia que recupere sus raíces socialdemócratas, expulse a los radicales infiltrados y reconstruya un discurso creíble para la España sensata. Pero esa operación es incompatible con la continuidad de Sánchez, al que los socialistas deben meter en un sudario ideológico para el olvido eterno. Mientras él siga al frente, cualquier intento de regeneración será cosmético, un simulacro para engañar a la militancia y ganar tiempo.
El partido está resquebrajado por dentro. Las federaciones humilladas, los barones silenciados y los cuadros intermedios desmoralizados observan cómo el sanchismo ha convertido el PSOE en una maquinaria personalista y clientelar, podrida por el nepotismo, los favores a empresarios afines y la degradación ética constante. La corrupción ya no es un accidente, sino un método de control. Las voces críticas son marginadas o expulsadas, y las que quedan dentro lo hacen por cálculo o por puro miedo a la irrelevancia.
Un partido en estas condiciones es un cadáver que se descompone. El PSOE tiene que refundarse si quiere seguir vivo, pero queda la duda más inquietante: ¿puede siquiera refundarse algo tan degradado?
El socialismo español arrastra décadas de renuncia ideológica y de sustitución de principios por poder a cualquier precio. Ya estaba herido antes de Sánchez, pero con Sánchez la herida es mortal, si no entra con urgencia en el quirófano.
Si no se produce una ruptura con el sanchismo y con sus corrupciones y complicidades separatistas y radicales, el PSOE camina hacia una desaparición progresiva. La cobardía actual solo acelera ese final.
Francisco Rubiales







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