La parte más sana de España, esa que lucha por expulsar a Pedro Sánchez del poder y recuperar para España los valores y la limpieza democrática que le han sido arrebatados por el sanchismo, se indigna ante el salvavidas que el papa León le presta hoy al denostado presidente español.
Los datos son demoledores. Sánchez es uno de los presidentes más odiados por su propio pueblo en la historia reciente de España. Su Gobierno acumula escándalos de corrupción que salpican a su esposa, a su hermano, a sus ministros y a su partido.
Ha atacado la unidad familiar, ha promovido leyes contra la vida y la libertad religiosa, ha pactado con separatistas y populistas radicales, y ha erosionado el Estado de Derecho. Lejos de ser un estadista, es un dirigente envuelto en abusos de poder y sospechas constantes de irregularidades graves. Recibirlo no es un gesto neutral: es otorgarle una legitimidad moral que no merece.
Al tenderle la mano, el Papa blanquea la figura de Sánchez ante la opinión pública internacional. Da cobertura a un proyecto político que ha dañado gravemente a la nación española y que se ha caracterizado por su hostilidad hacia la Doctrina Social de la Iglesia y hacia los principios cristianos fundamentales.
Un Pontífice que denuncia la corrupción en otros ámbitos no puede ignorar la que tiene lugar ante sus ojos, en una de las naciones más católicas del mundo.
Esta audiencia genera perplejidad y decepción entre millones de católicos españoles y del resto del mundo. Sánchez no representa los valores que la Iglesia defiende, sino su antítesis.
Recibirlo con honores mientras España sufre bajo su gestión solo alimenta la percepción de que en las altas esferas de la Iglesia prima la diplomacia mundana y el apego al poder terrenal y a los privilegios sobre la defensa clara de la verdad y la justicia.
Un error grave que duele y que muchos fieles no están dispuestos a pasar por alto.
Francisco Rubiales
Los datos son demoledores. Sánchez es uno de los presidentes más odiados por su propio pueblo en la historia reciente de España. Su Gobierno acumula escándalos de corrupción que salpican a su esposa, a su hermano, a sus ministros y a su partido.
Ha atacado la unidad familiar, ha promovido leyes contra la vida y la libertad religiosa, ha pactado con separatistas y populistas radicales, y ha erosionado el Estado de Derecho. Lejos de ser un estadista, es un dirigente envuelto en abusos de poder y sospechas constantes de irregularidades graves. Recibirlo no es un gesto neutral: es otorgarle una legitimidad moral que no merece.
Al tenderle la mano, el Papa blanquea la figura de Sánchez ante la opinión pública internacional. Da cobertura a un proyecto político que ha dañado gravemente a la nación española y que se ha caracterizado por su hostilidad hacia la Doctrina Social de la Iglesia y hacia los principios cristianos fundamentales.
Un Pontífice que denuncia la corrupción en otros ámbitos no puede ignorar la que tiene lugar ante sus ojos, en una de las naciones más católicas del mundo.
Esta audiencia genera perplejidad y decepción entre millones de católicos españoles y del resto del mundo. Sánchez no representa los valores que la Iglesia defiende, sino su antítesis.
Recibirlo con honores mientras España sufre bajo su gestión solo alimenta la percepción de que en las altas esferas de la Iglesia prima la diplomacia mundana y el apego al poder terrenal y a los privilegios sobre la defensa clara de la verdad y la justicia.
Un error grave que duele y que muchos fieles no están dispuestos a pasar por alto.
Francisco Rubiales







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