Las iglesias se llenan y muchos se acercan a Dios, quizás como reacción lógica porque el mundo está en peligro, invadido por musulmanes agresivos y gobernado por político locos, desnortados y desalmados.
El cristianismo trae consigo libertad verdadera y dignidad humana innegociable, valores que chocan frontalmente con el autoritarismo blando de quienes prefieren pueblos dependientes, manipulables y sin raíces.
Por eso lo temen. Porque un ciudadano que se sabe hijo de Dios no se somete fácilmente a ideologías que lo reducen a mero votante o consumidor.
En España, la Semana Santa sigue siendo el gran símbolo de esta vitalidad. Millones de personas llenan calles y plazas para vivir con intensidad una tradición que no es mera estética: es memoria viva de la redención.
Pero no es el único signo. Las iglesias se llenan de jóvenes y familias, los valores cristianos regresan al centro del debate público, se reivindica la familia como núcleo irremplazable de la sociedad y crece el rechazo a políticos sin Dios.
Estos últimos, carentes de ética y decencia, suelen acabar envueltos en corrupción porque, sin trascendencia, el poder se convierte en fin en sí mismo.
La gente lo ha entendido: un gobernante que no rinde cuentas ante algo superior termina rindiéndolas solo ante sus intereses.
Este renacer espiritual camina en paralelo al avance electoral de las derechas en todo el continente y a la agonía de un socialismo que siempre fue ateo por convicción.
El marxismo histórico combatió a la Iglesia porque sabía que la fe cristiana era el mayor obstáculo para imponer su utopía materialista.
Hoy, ante el fracaso estrepitoso de sus recetas —pobreza, desarraigo, decadencia demográfica—, los pueblos vuelven a lo que nunca debieron abandonar: sus raíces judeocristianas. Y lo hacen con la fuerza serena de quien ha probado todas las alternativas y ha descubierto que ninguna da sentido, libertad ni esperanza como el Evangelio.
El mensaje es claro y contundente: el mundo no se salvará con más burocracia, más impuestos ni más ingeniería social. Se salvará recuperando lo que la hizo grande.
El cristianismo no pide permiso a las élites para renacer; simplemente renace. Y ese renacer, lejos de ser un peligro, es la mejor noticia posible para la dignidad y el futuro de los pueblos.
Francisco Rubiales
El cristianismo trae consigo libertad verdadera y dignidad humana innegociable, valores que chocan frontalmente con el autoritarismo blando de quienes prefieren pueblos dependientes, manipulables y sin raíces.
Por eso lo temen. Porque un ciudadano que se sabe hijo de Dios no se somete fácilmente a ideologías que lo reducen a mero votante o consumidor.
En España, la Semana Santa sigue siendo el gran símbolo de esta vitalidad. Millones de personas llenan calles y plazas para vivir con intensidad una tradición que no es mera estética: es memoria viva de la redención.
Pero no es el único signo. Las iglesias se llenan de jóvenes y familias, los valores cristianos regresan al centro del debate público, se reivindica la familia como núcleo irremplazable de la sociedad y crece el rechazo a políticos sin Dios.
Estos últimos, carentes de ética y decencia, suelen acabar envueltos en corrupción porque, sin trascendencia, el poder se convierte en fin en sí mismo.
La gente lo ha entendido: un gobernante que no rinde cuentas ante algo superior termina rindiéndolas solo ante sus intereses.
Este renacer espiritual camina en paralelo al avance electoral de las derechas en todo el continente y a la agonía de un socialismo que siempre fue ateo por convicción.
El marxismo histórico combatió a la Iglesia porque sabía que la fe cristiana era el mayor obstáculo para imponer su utopía materialista.
Hoy, ante el fracaso estrepitoso de sus recetas —pobreza, desarraigo, decadencia demográfica—, los pueblos vuelven a lo que nunca debieron abandonar: sus raíces judeocristianas. Y lo hacen con la fuerza serena de quien ha probado todas las alternativas y ha descubierto que ninguna da sentido, libertad ni esperanza como el Evangelio.
El mensaje es claro y contundente: el mundo no se salvará con más burocracia, más impuestos ni más ingeniería social. Se salvará recuperando lo que la hizo grande.
El cristianismo no pide permiso a las élites para renacer; simplemente renace. Y ese renacer, lejos de ser un peligro, es la mejor noticia posible para la dignidad y el futuro de los pueblos.
Francisco Rubiales








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