Con Carlos Cuerpo de Vicepresidente Primero, si a Sánchez le da un jamacuco, España se sentiría tranquila
En un movimiento que ha sorprendido incluso a sus más fieles, Pedro Sánchez ha nombrado a Carlos Cuerpo como vicepresidente primero del Gobierno, en sustitución de María Jesús Montero. Lejos de ser un simple relevo técnico, esta decisión constituye una apuesta explícita por el “antisanchismo”: la búsqueda de un perfil que rompa con el estilo que ha definido la legislatura.
Sánchez, consciente de que su fórmula de confrontación permanente le conduce a la derrota electoral y a la muerte política, recurre ahora a un hombre que representa todo lo contrario a lo que sus críticos llaman “sanchismo salvaje”.
No hay nadie en el círculo más próximo al presidente más ajeno al sanchismo que Carlos Cuerpo. Economista de carrera, exdirector de la Airef, sin carné del PSOE y con un talante técnico y discreto, Cuerpo no crispa, no insulta y no necesita elevar el tono para hacerse oír. Educado, calmado y civilizado hasta la exasperación de quienes prefieren el espectáculo, su forma de actuar es el espejo inverso del estilo que ha imperado en Moncloa: nada de victimismo, nada de polarización artificial, nada de ese lenguaje de trincheras que ha convertido el debate público en un campo de batalla.
El contraste es tan evidente que resulta casi provocador. Mientras el sanchismo ha gobernado a base de odio al adversario, tensión permanente y polarización calculada —con insultos incluidos en el Congreso y en las redes—, Cuerpo encarna la sensatez serena, la negociación sin aspavientos y la gestión sin épica.
Su sola presencia en la vicepresidencia primera ya es un desmentido implícito a la estrategia que Sánchez ha empleado durante años: la de convertir cada discrepancia en una guerra cultural y cada crítica en un ataque a la democracia.
Con este nombramiento, Sánchez no solo reconoce en la práctica que el modelo anterior era erróneo y está agotado, sino que también envía un mensaje a su propio partido y a la sociedad: para que el sanchismo perdure, primero tiene que morir, al menos en apariencia.
Cuerpo, que no colisiona de lleno con la democracia, ni es socialista de carné, puede renovar (que no regenerar) el régimen y hasta la pésima imagen de un PSOE que pierde una elección tras otra y que estaba logrando el rechazo masivo de la ciudadanía española.
Pero quedan en el aire dos incógnitas de gran peso: la primera es saber si Cuerpo es como parece o usa un disfraz eficaz; la segunda es saber si el corrupto que ejerce de dictador desde la Moncloa le va a dejar gobernar.
El “antisanchismo” ya tiene rostro y despacho en la vicepresidencia primera, pero ese feliz cambio no es, por ahora creíble porque pocos creen que Sánchez le deje gobernar. La hipocresía sanchista, la maldad intrínseca del personaje, la mentira que Sánchez encarna y su falsedad como político amenazan a Carlos Cuerpo y a su teórica labor en favor de una España sin confrontación y decidida a prosperar de verdad, con mejores relaciones con sus aliados, más insertada en la Unión Europea, menos canalla en política exterior y más lejos de los tiranos asesinos del planeta, en armonía, paz y democracia.
Francisco Rubiales
Sánchez, consciente de que su fórmula de confrontación permanente le conduce a la derrota electoral y a la muerte política, recurre ahora a un hombre que representa todo lo contrario a lo que sus críticos llaman “sanchismo salvaje”.
No hay nadie en el círculo más próximo al presidente más ajeno al sanchismo que Carlos Cuerpo. Economista de carrera, exdirector de la Airef, sin carné del PSOE y con un talante técnico y discreto, Cuerpo no crispa, no insulta y no necesita elevar el tono para hacerse oír. Educado, calmado y civilizado hasta la exasperación de quienes prefieren el espectáculo, su forma de actuar es el espejo inverso del estilo que ha imperado en Moncloa: nada de victimismo, nada de polarización artificial, nada de ese lenguaje de trincheras que ha convertido el debate público en un campo de batalla.
El contraste es tan evidente que resulta casi provocador. Mientras el sanchismo ha gobernado a base de odio al adversario, tensión permanente y polarización calculada —con insultos incluidos en el Congreso y en las redes—, Cuerpo encarna la sensatez serena, la negociación sin aspavientos y la gestión sin épica.
Su sola presencia en la vicepresidencia primera ya es un desmentido implícito a la estrategia que Sánchez ha empleado durante años: la de convertir cada discrepancia en una guerra cultural y cada crítica en un ataque a la democracia.
Con este nombramiento, Sánchez no solo reconoce en la práctica que el modelo anterior era erróneo y está agotado, sino que también envía un mensaje a su propio partido y a la sociedad: para que el sanchismo perdure, primero tiene que morir, al menos en apariencia.
Cuerpo, que no colisiona de lleno con la democracia, ni es socialista de carné, puede renovar (que no regenerar) el régimen y hasta la pésima imagen de un PSOE que pierde una elección tras otra y que estaba logrando el rechazo masivo de la ciudadanía española.
Pero quedan en el aire dos incógnitas de gran peso: la primera es saber si Cuerpo es como parece o usa un disfraz eficaz; la segunda es saber si el corrupto que ejerce de dictador desde la Moncloa le va a dejar gobernar.
El “antisanchismo” ya tiene rostro y despacho en la vicepresidencia primera, pero ese feliz cambio no es, por ahora creíble porque pocos creen que Sánchez le deje gobernar. La hipocresía sanchista, la maldad intrínseca del personaje, la mentira que Sánchez encarna y su falsedad como político amenazan a Carlos Cuerpo y a su teórica labor en favor de una España sin confrontación y decidida a prosperar de verdad, con mejores relaciones con sus aliados, más insertada en la Unión Europea, menos canalla en política exterior y más lejos de los tiranos asesinos del planeta, en armonía, paz y democracia.
Francisco Rubiales







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