En Occidente, la libertad individual —de expresión, de culto, de pensamiento— es sagrada; en el Islam ortodoxo, la libertad cede ante la sumisión a Alá, la apostasía se castiga con la muerte y la crítica al profeta se considera blasfemia.
Esta incompatibilidad no es coyuntural, sino estructural: mientras la Ilustración occidental separó iglesia y Estado, el Islam fusiona ambos en un sistema totalitario que regula hasta el último detalle de la vida privada y pública.
Los que afirman que el Islam es una religión “como las demás” es porque no tienen religión, porque odian la libertad o porque ignoran siglos de historia y de textos sagrados que no admiten reforma sin traicionar su esencia.
Su concepción de la mujer, su violencia y su odio a los no creyentes revelan el carácter inherentemente opresivo del Islam.
La mujer es considerada, en innumerables versículos un ser inferior cuya testimonio vale la mitad que el del hombre, cuya herencia es menor y cuya libertad sexual y personal está sometida al varón.
La violencia no es un accidente, sino un mandato: la yihad es un deber religioso y el concepto de “infiel” (kafir) justifica el desprecio sistemático hacia quienes no comparten la fe.
Los atentados, las decapitaciones filmadas, los linchamientos por blasfemia o los pogromos contra minorías cristianas e hindúes no son “distorsiones”, sino aplicaciones literales de preceptos que se repiten en el Corán.
Esta dinámica de odio y sumisión convierte al Islam no en una fe privada, sino en una ideología expansionista que niega la igualdad esencial entre seres humanos.
Sus ansias de conquista lo convierten en una religión enemiga de todo lo civilizado.
Desde la Hégira hasta las invasiones otomanas, pasando por las conquistas del siglo VII, el Islam ha avanzado históricamente mediante la espada y la demografía, no mediante el diálogo.
Los políticos, generalmente de izquierdas, que amparan y protegen al Islam son cómplices que lo hacen porque odian la libertad y porque se sienten atraídos por el totalitarismo inherente a esa religión, cuyo nombre significa "sumisión".
Hoy, en Europa y América, la inmigración masiva sin integración actúa como caballo de Troya: barrios enteros se convierten en enclaves donde la sharía se impone de facto, las mezquitas predican el odio y las encuestas revelan que una parte significativa de los musulmanes europeos rechaza los valores occidentales.
La civilización occidental, heredera de Grecia, Roma y la Ilustración, valora la razón, la belleza y el progreso; el Islam, en su versión pura, los considera aberraciones que deben ser erradicadas.
No hay “diálogo interreligioso” posible cuando uno de los interlocutores considera al otro como enemigo legítimo.
En consecuencia, el Occidente libre tiene derecho —y el deber— de defenderse del Islam. La tolerancia no puede ser suicida: permitir que una ideología incompatible se instale y crezca dentro de nuestras sociedades equivale a firmar nuestra propia sentencia de muerte cultural.
Las democracias occidentales deben recuperar el control de sus fronteras, prohibir la inmigración procedente de países islámicos que no demuestren plena asimilación, cerrar mezquitas radicales, expulsar imanes que prediquen la yihad y, sobre todo, afirmar sin complejos la superioridad moral de los valores ilustrados frente a la barbarie teocrática.
La defensa no es odio, es supervivencia. Quien defiende la libertad tiene derecho a rechazar aquello que la destruye. Occidente no debe pedir perdón por existir ni por querer preservar lo que ha construido durante milenios.
Francisco Rubiales
Esta incompatibilidad no es coyuntural, sino estructural: mientras la Ilustración occidental separó iglesia y Estado, el Islam fusiona ambos en un sistema totalitario que regula hasta el último detalle de la vida privada y pública.
Los que afirman que el Islam es una religión “como las demás” es porque no tienen religión, porque odian la libertad o porque ignoran siglos de historia y de textos sagrados que no admiten reforma sin traicionar su esencia.
Su concepción de la mujer, su violencia y su odio a los no creyentes revelan el carácter inherentemente opresivo del Islam.
La mujer es considerada, en innumerables versículos un ser inferior cuya testimonio vale la mitad que el del hombre, cuya herencia es menor y cuya libertad sexual y personal está sometida al varón.
La violencia no es un accidente, sino un mandato: la yihad es un deber religioso y el concepto de “infiel” (kafir) justifica el desprecio sistemático hacia quienes no comparten la fe.
Los atentados, las decapitaciones filmadas, los linchamientos por blasfemia o los pogromos contra minorías cristianas e hindúes no son “distorsiones”, sino aplicaciones literales de preceptos que se repiten en el Corán.
Esta dinámica de odio y sumisión convierte al Islam no en una fe privada, sino en una ideología expansionista que niega la igualdad esencial entre seres humanos.
Sus ansias de conquista lo convierten en una religión enemiga de todo lo civilizado.
Desde la Hégira hasta las invasiones otomanas, pasando por las conquistas del siglo VII, el Islam ha avanzado históricamente mediante la espada y la demografía, no mediante el diálogo.
Los políticos, generalmente de izquierdas, que amparan y protegen al Islam son cómplices que lo hacen porque odian la libertad y porque se sienten atraídos por el totalitarismo inherente a esa religión, cuyo nombre significa "sumisión".
Hoy, en Europa y América, la inmigración masiva sin integración actúa como caballo de Troya: barrios enteros se convierten en enclaves donde la sharía se impone de facto, las mezquitas predican el odio y las encuestas revelan que una parte significativa de los musulmanes europeos rechaza los valores occidentales.
La civilización occidental, heredera de Grecia, Roma y la Ilustración, valora la razón, la belleza y el progreso; el Islam, en su versión pura, los considera aberraciones que deben ser erradicadas.
No hay “diálogo interreligioso” posible cuando uno de los interlocutores considera al otro como enemigo legítimo.
En consecuencia, el Occidente libre tiene derecho —y el deber— de defenderse del Islam. La tolerancia no puede ser suicida: permitir que una ideología incompatible se instale y crezca dentro de nuestras sociedades equivale a firmar nuestra propia sentencia de muerte cultural.
Las democracias occidentales deben recuperar el control de sus fronteras, prohibir la inmigración procedente de países islámicos que no demuestren plena asimilación, cerrar mezquitas radicales, expulsar imanes que prediquen la yihad y, sobre todo, afirmar sin complejos la superioridad moral de los valores ilustrados frente a la barbarie teocrática.
La defensa no es odio, es supervivencia. Quien defiende la libertad tiene derecho a rechazar aquello que la destruye. Occidente no debe pedir perdón por existir ni por querer preservar lo que ha construido durante milenios.
Francisco Rubiales








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