Algunos psicólogos hablan del "tic diabólico" de Sánchez
Históricamente, los imperios y sociedades que han rechazado la soberanía divina han caído en picado: la moral pública se corrompe hasta convertirse en un lodazal de relativismo, donde el bien y el mal se difuminan según el capricho del momento. La familia, pilar de toda civilización, se desintegra; la justicia se vende al mejor postor y la cohesión social se evapora en un mar de egoísmos.
Sin Dios, el ser humano se reduce a un animal racionalizado, y las naciones alejadas de la divinidad terminan devoradas por sus propias pasiones.
Es una ley espiritual tan inquebrantable como la gravedad: quien siembra viento, cosecha tempestades.
España, bajo el yugo de un gobierno de izquierda que ha erigido el laicismo militante en dogma de Estado, ha expulsado a Dios de las escuelas, de las leyes y del discurso público, sustituyéndolo por ideologías que promueven el aborto como derecho, la eutanasia como liberación y el género como juguete mutable.
La izquierda ha convertido la nación católica por excelencia, la que expandió el catolicismo por medio mundo, en un laboratorio de experimentos ateos, donde la tradición se ridiculiza y la fe se persigue. Este abandono de Dios es un ataque deliberado, un pacto con el vacío que deja al país huérfano de principios eternos.
Y el resultado es previsible: una sociedad que se desmorona desde dentro.
Todo se resiente y debilita cuando Dios es desterrado. La moral pública se pudre, la cohesión nacional se fractura en tribus enfrentadas y valores como el honor, la solidaridad y el sacrificio se evaporan, reemplazados por el hedonismo y la envidia.
La corrupción avanza sin freno porque, sin temor a un Juez supremo, los gobernantes roban con descaro y los ciudadanos miran para otro lado.
España lo demuestra con datos irrefutables: familias rotas, natalidad en caída libre, iglesias que se vacían y una juventud adicta a pantallas y vicios.
Los valores que forjaron la grandeza española —el sentido del deber, la defensa de la vida, la unidad en la fe— se pierden en un pantano de leyes progresistas que solo generan caos y decadencia. Es el precio de escupir al Cielo: la nación se hunde en su propia arrogancia.
España se ha convertido en el modelo paradigmático de país sin Dios que se hunde irremediablemente. Mientras sus líderes bailan al son de agendas globalistas y woke, el pueblo paga la factura con desempleo, inseguridad, enfrentamientos y una identidad diluida.
No hay recuperación posible sin un retorno urgente a las raíces cristianas que nos hicieron grandes. Abandonar a Dios no es progreso, es condena. Y España, en su deriva izquierdista, lo está gritando a los cuatro vientos: sin el Creador, solo quedan la insignificancia, el vicio, la ruina, el aislamiento y el rechazo de los antiguos socios y aliados.
Es hora de despertar y expulsar del poder a los "sin Dios", antes de que el abismo nos trague por completo.
Francisco Rubiales
Sin Dios, el ser humano se reduce a un animal racionalizado, y las naciones alejadas de la divinidad terminan devoradas por sus propias pasiones.
Es una ley espiritual tan inquebrantable como la gravedad: quien siembra viento, cosecha tempestades.
España, bajo el yugo de un gobierno de izquierda que ha erigido el laicismo militante en dogma de Estado, ha expulsado a Dios de las escuelas, de las leyes y del discurso público, sustituyéndolo por ideologías que promueven el aborto como derecho, la eutanasia como liberación y el género como juguete mutable.
La izquierda ha convertido la nación católica por excelencia, la que expandió el catolicismo por medio mundo, en un laboratorio de experimentos ateos, donde la tradición se ridiculiza y la fe se persigue. Este abandono de Dios es un ataque deliberado, un pacto con el vacío que deja al país huérfano de principios eternos.
Y el resultado es previsible: una sociedad que se desmorona desde dentro.
Todo se resiente y debilita cuando Dios es desterrado. La moral pública se pudre, la cohesión nacional se fractura en tribus enfrentadas y valores como el honor, la solidaridad y el sacrificio se evaporan, reemplazados por el hedonismo y la envidia.
La corrupción avanza sin freno porque, sin temor a un Juez supremo, los gobernantes roban con descaro y los ciudadanos miran para otro lado.
España lo demuestra con datos irrefutables: familias rotas, natalidad en caída libre, iglesias que se vacían y una juventud adicta a pantallas y vicios.
Los valores que forjaron la grandeza española —el sentido del deber, la defensa de la vida, la unidad en la fe— se pierden en un pantano de leyes progresistas que solo generan caos y decadencia. Es el precio de escupir al Cielo: la nación se hunde en su propia arrogancia.
España se ha convertido en el modelo paradigmático de país sin Dios que se hunde irremediablemente. Mientras sus líderes bailan al son de agendas globalistas y woke, el pueblo paga la factura con desempleo, inseguridad, enfrentamientos y una identidad diluida.
No hay recuperación posible sin un retorno urgente a las raíces cristianas que nos hicieron grandes. Abandonar a Dios no es progreso, es condena. Y España, en su deriva izquierdista, lo está gritando a los cuatro vientos: sin el Creador, solo quedan la insignificancia, el vicio, la ruina, el aislamiento y el rechazo de los antiguos socios y aliados.
Es hora de despertar y expulsar del poder a los "sin Dios", antes de que el abismo nos trague por completo.
Francisco Rubiales







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