La rebelión, que estalló el 28 de diciembre de 2025 por el colapso económico, hiperinflación, desplome del rial y cortes de servicios básicos, ha mutado en un desafío al régimen teocrático.
En las 31 provincias, desde Teherán hasta regiones kurdas y baluchis, millones salen a las calles gritando “Muerte al dictador”, “Muerte a Jamenei” y “Viva el Sha”, ondeando la histórica bandera persa del León y el Sol.
Mujeres hartas de represión y abuso machista queman fotos del líder supremo, se quitan el hiyab en público y lideran las marchas, continuando el legado de “Mujer, Vida, Libertad”, iniciado por la muerte de Mahsa Amini en 2022.
Huelgas en bazares, universidades cerradas y deserciones en las fuerzas de seguridad muestran que el miedo se ha roto. El pueblo ya no tolera 47 años de opresión clerical, corrupción y exportación de terrorismo, mientras sufre hambre y represión.
El régimen responde con una brutalidad sin precedentes, agravada por el apagón total de internet y comunicaciones desde el 8 de enero de 2026, que impide verificar la magnitud de la masacre. Fuentes como Irán International y HRANA reportan miles de muertos con hospitales saturados por disparos directos a la cabeza y el corazón, redadas en centros médicos para detener heridos y uso masivo de munición letal por la Guardia Revolucionaria.
Cuerpos de mujeres y jóvenes se acumulan en morgues y calles, mientras el ayatolá Jamenei califica a los manifestantes de “vándalos” y “saboteadores” al servicio de EE.UU. e Israel, prometiendo no ceder. Esta carnicería, que incluye niños entre las víctimas, recuerda las peores masacres de 2019 y 2022, pero ahora el pueblo resiste sin retroceder, desafiando balas con coraje y clamando por un cambio radical.
El silencio internacional es ensordecedor, pero el mundo no puede ignorar por mucho más tiempo esta lucha por la libertad. Donald Trump, el único líder internacional que ha reaccionado con brío, ha advertido directamente a los ayatolás con amenazas de intervención si la matanza continúa, mientras Reza Pahlavi, el heredero del viejo monarca, desde el exilio, coordina llamadas a la resistencia y propone una transición democrática.
Si esta revolución triunfa, Irán podría abandonar el yugo islámico radical, cortar el financiamiento al terrorismo global y abrir una era de paz en Oriente Medio. El precio ya es altísimo en sangre —especialmente de mujeres que pagan con su vida la dignidad—, pero el pueblo iraní ha decidido que 2026 será el año del fin de los ayatolás.
La historia juzgará a los muchos países y políticos cobardes y miserables de todo el mundo que miran para otro lado y guardan silencio ante la masacre sólo porque los ayatolás criminales son sus aliados, mientras se escribe el capítulo más sangriento y esperanzador de la nación persa.
Feministas de izquierda, como las españolas, guardan un asqueroso silencio mientras las mujeres iraníes luchan por la libertad y mueren a chorros.
¡Irán libre o mártir, pero nunca más esclavo!
Francisco Rubiales
En las 31 provincias, desde Teherán hasta regiones kurdas y baluchis, millones salen a las calles gritando “Muerte al dictador”, “Muerte a Jamenei” y “Viva el Sha”, ondeando la histórica bandera persa del León y el Sol.
Mujeres hartas de represión y abuso machista queman fotos del líder supremo, se quitan el hiyab en público y lideran las marchas, continuando el legado de “Mujer, Vida, Libertad”, iniciado por la muerte de Mahsa Amini en 2022.
Huelgas en bazares, universidades cerradas y deserciones en las fuerzas de seguridad muestran que el miedo se ha roto. El pueblo ya no tolera 47 años de opresión clerical, corrupción y exportación de terrorismo, mientras sufre hambre y represión.
El régimen responde con una brutalidad sin precedentes, agravada por el apagón total de internet y comunicaciones desde el 8 de enero de 2026, que impide verificar la magnitud de la masacre. Fuentes como Irán International y HRANA reportan miles de muertos con hospitales saturados por disparos directos a la cabeza y el corazón, redadas en centros médicos para detener heridos y uso masivo de munición letal por la Guardia Revolucionaria.
Cuerpos de mujeres y jóvenes se acumulan en morgues y calles, mientras el ayatolá Jamenei califica a los manifestantes de “vándalos” y “saboteadores” al servicio de EE.UU. e Israel, prometiendo no ceder. Esta carnicería, que incluye niños entre las víctimas, recuerda las peores masacres de 2019 y 2022, pero ahora el pueblo resiste sin retroceder, desafiando balas con coraje y clamando por un cambio radical.
El silencio internacional es ensordecedor, pero el mundo no puede ignorar por mucho más tiempo esta lucha por la libertad. Donald Trump, el único líder internacional que ha reaccionado con brío, ha advertido directamente a los ayatolás con amenazas de intervención si la matanza continúa, mientras Reza Pahlavi, el heredero del viejo monarca, desde el exilio, coordina llamadas a la resistencia y propone una transición democrática.
Si esta revolución triunfa, Irán podría abandonar el yugo islámico radical, cortar el financiamiento al terrorismo global y abrir una era de paz en Oriente Medio. El precio ya es altísimo en sangre —especialmente de mujeres que pagan con su vida la dignidad—, pero el pueblo iraní ha decidido que 2026 será el año del fin de los ayatolás.
La historia juzgará a los muchos países y políticos cobardes y miserables de todo el mundo que miran para otro lado y guardan silencio ante la masacre sólo porque los ayatolás criminales son sus aliados, mientras se escribe el capítulo más sangriento y esperanzador de la nación persa.
Feministas de izquierda, como las españolas, guardan un asqueroso silencio mientras las mujeres iraníes luchan por la libertad y mueren a chorros.
¡Irán libre o mártir, pero nunca más esclavo!
Francisco Rubiales








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