La política del gobierno liderado por Pedro Sánchez y el PSOE ha desatado una creciente preocupación por su deriva hacia prácticas que evocan rasgos autoritarios propios de regímenes fascistas.
Los ciudadanos se están librando ya de la gran mentira de la izquierda marxista, que logró vincular el fascismo a la derecha, cuando la realidad histórica es que el fascismo tiene raíces y rasgos socialistas.
Esta percepción se fundamenta en comportamientos autoritarios y populistas que generan alarma en la sociedad española. Los más destacados son límites a las libertades y derechos individuales y un progresivo control sobre los medios de comunicación, con intentos de influir en la prensa libre mediante presiones institucionales, subvenciones selectivas y el cuestionamiento de aquellos periodistas o medios que ejercen una crítica independiente.
La estrategia que obsesiona al sanchismo no es arreglar las carreteras, que funcionen los trenes o que la sanidad y la educación sean eficaces, sino moldear la narrativa pública y engañar al pueblo para que vea blanco lo que es negro y limpio lo que es sucio y corrupto. El sanchismo es una mezcla de mentiras y control férreo del relato, vicios contrarios a toda democracia saludable.
La hostilidad del fascismo socialista hacia quienes disienten del discurso oficial es ya obsesiva, hasta el punto de estigmatizar las voces críticas, tanto de ciudadanos como de figuras públicas, que son frecuentemente tildadas de desleales o desestabilizadoras.
Esta actitud, genuinamente fascista, que rechaza el debate abierto y constructivo, se ve agravada por una inflación de desinformación y narrativas manipuladas que buscan consolidar el poder a través de la confusión y el enfrentamiento social.
Otro aspecto que evidencia el fascismo sanchista es la intervención en instituciones que en democracia deben ser independientes y en empresas estratégicas de carácter nacional, como INDRA, Telefónica y otras compañías claves para la economía y la seguridad del país.
La creciente influencia del gobierno en estas entidades, ya sea mediante nombramientos afines o participaciones accionariales, despierta temores sobre una apropiación indebida del sector privado y un ansia de poder desmesurada.
Hay una limitación progresiva de derechos individuales con medidas que, bajo el pretexto de garantizar el bienestar colectivo, restringen libertades fundamentales como la de expresión, asociación o movimiento. Estas políticas reflejan un desprecio por los principios democráticos, priorizando el control estatal sobre la autonomía individual.
El discurso oficial alimenta un clima de confrontación que socava los valores de convivencia y respeto inherentes a una democracia plural y crea el ambiente que los fascismos necesitan para actuar con impunidad.
La deriva del sanchismo, cruelmente derrotado ayer en Aragón, dibuja un panorama inquietante y siniestro que se desliza hacia un peligroso modelo político autoritario, alejado de los ideales de libertad y transparencia que deberían caracterizar al socialismo democrático y que chirría en Europa y en el mundo de las libertades y derechos.
Con seguridad plena, la mejor definición del sanchismo es que se trata de un "socialismo fascista" experto en mentir, esparcir odio, dividir, limitar derechos, controlar férreamente el poder y fortalecer peligrosamente el Estado.
Francisco Rubiales
Los ciudadanos se están librando ya de la gran mentira de la izquierda marxista, que logró vincular el fascismo a la derecha, cuando la realidad histórica es que el fascismo tiene raíces y rasgos socialistas.
Esta percepción se fundamenta en comportamientos autoritarios y populistas que generan alarma en la sociedad española. Los más destacados son límites a las libertades y derechos individuales y un progresivo control sobre los medios de comunicación, con intentos de influir en la prensa libre mediante presiones institucionales, subvenciones selectivas y el cuestionamiento de aquellos periodistas o medios que ejercen una crítica independiente.
La estrategia que obsesiona al sanchismo no es arreglar las carreteras, que funcionen los trenes o que la sanidad y la educación sean eficaces, sino moldear la narrativa pública y engañar al pueblo para que vea blanco lo que es negro y limpio lo que es sucio y corrupto. El sanchismo es una mezcla de mentiras y control férreo del relato, vicios contrarios a toda democracia saludable.
La hostilidad del fascismo socialista hacia quienes disienten del discurso oficial es ya obsesiva, hasta el punto de estigmatizar las voces críticas, tanto de ciudadanos como de figuras públicas, que son frecuentemente tildadas de desleales o desestabilizadoras.
Esta actitud, genuinamente fascista, que rechaza el debate abierto y constructivo, se ve agravada por una inflación de desinformación y narrativas manipuladas que buscan consolidar el poder a través de la confusión y el enfrentamiento social.
Otro aspecto que evidencia el fascismo sanchista es la intervención en instituciones que en democracia deben ser independientes y en empresas estratégicas de carácter nacional, como INDRA, Telefónica y otras compañías claves para la economía y la seguridad del país.
La creciente influencia del gobierno en estas entidades, ya sea mediante nombramientos afines o participaciones accionariales, despierta temores sobre una apropiación indebida del sector privado y un ansia de poder desmesurada.
Hay una limitación progresiva de derechos individuales con medidas que, bajo el pretexto de garantizar el bienestar colectivo, restringen libertades fundamentales como la de expresión, asociación o movimiento. Estas políticas reflejan un desprecio por los principios democráticos, priorizando el control estatal sobre la autonomía individual.
El discurso oficial alimenta un clima de confrontación que socava los valores de convivencia y respeto inherentes a una democracia plural y crea el ambiente que los fascismos necesitan para actuar con impunidad.
La deriva del sanchismo, cruelmente derrotado ayer en Aragón, dibuja un panorama inquietante y siniestro que se desliza hacia un peligroso modelo político autoritario, alejado de los ideales de libertad y transparencia que deberían caracterizar al socialismo democrático y que chirría en Europa y en el mundo de las libertades y derechos.
Con seguridad plena, la mejor definición del sanchismo es que se trata de un "socialismo fascista" experto en mentir, esparcir odio, dividir, limitar derechos, controlar férreamente el poder y fortalecer peligrosamente el Estado.
Francisco Rubiales








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