El poder real en Venezuela está en manos de tres venezolanos y los representantes del Imperio USA. El poder dominante es Trump, presidente de Estados Unidos, y los amos venezolanos son la vicepresidenta Delcy Rodríguez, el titular de Defensa del país caribeño, Vladimir Padrino López, y el ministro de Interior del régimen chavista, Diosdado Cabello, estos dos últimos acusados de narcotráfico y con una recompensa de 25 millones de dólares sobre sus cabezas.
Venezuela, una nación que anhela la libertad verdadera, permanece atrapada en las garras de la opresión. La supuesta liberación no es más que un cambio de rostro en la tiranía. En lugar de romper las cadenas del autoritarismo, el poder ha migrado de un déspota a un trío de figuras siniestras: Trump, con su influencia geopolítica manipuladora; Delcy Rodríguez, la arquitecta de la represión interna; y Diosdado Cabello, el guardián de los secretos oscuros del régimen.
Esta tríada no representa un avance democrático, sino una perpetuación de la corrupción y el control absoluto, donde las decisiones se toman en las sombras, lejos de la voluntad popular, confirmando que el país no ha sido rescatado, sino simplemente entregado a nuevos amos.
La injerencia de Trump en los asuntos venezolanos revela su faceta tiránica, al descartar a María Corina Machado, la líder opositora que arrasó en las primarias con un mandato popular abrumador. En un acto de arrogancia antidemocrática, Trump ignora el veredicto electoral de los venezolanos, priorizando sus agendas personales y alianzas estratégicas por encima de la soberanía nacional.
Esta exclusión no es un error táctico, sino una declaración de poder absoluto, donde un extranjero autoritario, sin otro argumento que su poderío militar, se erige como árbitro de destinos ajenos, perpetuando el ciclo de sumisión y deslegitimando cualquier atisbo de verdadera democracia en una nación ya exhausta por décadas de manipulación.
Finalmente, la permanencia de Rodríguez y Cabello en las esferas de influencia subraya la farsa de cualquier "cambio" en Venezuela, donde los personajes sucios del pasado se reinventan como guardianes del presente. Estos individuos, manchados por acusaciones de corrupción y violaciones a los derechos humanos, continúan tejiendo redes de control que sofocan la disidencia y enriquecen sus bolsillos.
Venezuela no ha sido liberada, sino que ha intercambiado un tirano por una coalición de ellos, condenando al pueblo y a los demócratas de todo el mundo a una ilusión de progreso que solo enmascara la perpetua dominación.
Francisco Rubiales
Venezuela, una nación que anhela la libertad verdadera, permanece atrapada en las garras de la opresión. La supuesta liberación no es más que un cambio de rostro en la tiranía. En lugar de romper las cadenas del autoritarismo, el poder ha migrado de un déspota a un trío de figuras siniestras: Trump, con su influencia geopolítica manipuladora; Delcy Rodríguez, la arquitecta de la represión interna; y Diosdado Cabello, el guardián de los secretos oscuros del régimen.
Esta tríada no representa un avance democrático, sino una perpetuación de la corrupción y el control absoluto, donde las decisiones se toman en las sombras, lejos de la voluntad popular, confirmando que el país no ha sido rescatado, sino simplemente entregado a nuevos amos.
La injerencia de Trump en los asuntos venezolanos revela su faceta tiránica, al descartar a María Corina Machado, la líder opositora que arrasó en las primarias con un mandato popular abrumador. En un acto de arrogancia antidemocrática, Trump ignora el veredicto electoral de los venezolanos, priorizando sus agendas personales y alianzas estratégicas por encima de la soberanía nacional.
Esta exclusión no es un error táctico, sino una declaración de poder absoluto, donde un extranjero autoritario, sin otro argumento que su poderío militar, se erige como árbitro de destinos ajenos, perpetuando el ciclo de sumisión y deslegitimando cualquier atisbo de verdadera democracia en una nación ya exhausta por décadas de manipulación.
Finalmente, la permanencia de Rodríguez y Cabello en las esferas de influencia subraya la farsa de cualquier "cambio" en Venezuela, donde los personajes sucios del pasado se reinventan como guardianes del presente. Estos individuos, manchados por acusaciones de corrupción y violaciones a los derechos humanos, continúan tejiendo redes de control que sofocan la disidencia y enriquecen sus bolsillos.
Venezuela no ha sido liberada, sino que ha intercambiado un tirano por una coalición de ellos, condenando al pueblo y a los demócratas de todo el mundo a una ilusión de progreso que solo enmascara la perpetua dominación.
Francisco Rubiales








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