No se levantan contra él, ni lo echan porque, en el fondo, se sienten cómodos en esta violación continua de la confianza pública. Es la única explicación racional para que un político que está en minoría y en contra de las leyes, acusado de corrupción y abucheado en las calles, siga gobernando, alardeando, premiando a los desleales, destrozando la democracia, desprestigiando a España en el mundo, sembrando odio, mintiendo y, según sus detractores, destruyendo España, paso a paso.
Desde que Sánchez asumió el poder en 2018, tras una moción de censura contra Mariano Rajoy, prometiendo limpiar la política de corruptelas, su mandato ha estado plagado de controversias y corrupciones. Hoy, en 2026, el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) enfrenta múltiples investigaciones por corrupción y acoso sexual, que han sacudido sus cimientos.
Estos escándalos involucran a la esposa del presidente, a su hermano y a sus principales colaboradores, bajo investigación judicial por presuntos delitos de corrupción, tráfico de influencias y malversación.
La lista de escándalos es extensa: desde el caso Koldo, relacionado con máscaras defectuosas durante la pandemia, hasta investigaciones sobre contratos irregulares, expolio fiscal y redes de corrupción política.
Los más recientes: (1) Europa le recrimina su abandono de la energía nuclear, segura, barata y ahora necesaria; (2) Se niega a bajar impuestos, como hacen otros países, para ayudar al consumidor, y no controla el abuso de las gasolineras, que suben de manera enloquecida el precio de los combustibles.
Miles de personas han salido a las calles exigiendo elecciones anticipadas y la dimisión de Sánchez, acusándolo de liderar un gobierno corrupto, pero son pocas comparado con lo que el sujeto merece: que sean muchos millones los que exijan su expulsión del poder.
Sánchez sigue aparentemente firme, alardeando de su poder, minimizando la corrupción y el abuso, insistiendo con descaro en que su gobierno es progresista y rentable para los españoles.
En apariencia está acosado y sin apoyos, pero su poder sigue intacto. Sánchez mantiene el control, a pesar de que las encuestas muestran un declive notable, que está en minoría, que le abandonan hasta los socialistas y que el rechazo crece como la espuma.
Muchos analistas han resaltado la cobardía de los españoles, pero esa explicación no es suficiente para explicar la sumisión al corrupto. Los nuevos críticos argumentan que en España existe un sucio masoquismo colectivo, propio de gilipollas.
No les falta razón porque resulta inexplicable que un pueblo que demostró ser bravo y temible en el pasado sea ahora una piltrafa llena de imbéciles sometidos a la estupidez.
Sólo algunos jueces valientes y honrados y algunos periodistas veraces y capaces de jugarse el pellejo siguen luchando contra el maltratador de España.
El masoquismo, una plaga tan voraz como el COVI, ha debido penetrar hasta en los cuarteles y en la familia real. Ni siquiera ellos, guardianes de España, según la Constitución, perciben la evidente traición, ni levantan la mano contra el horrendo cacique.
Si los españoles sólo fueran cobardes, huirían del dolor; pero el masoquismo implica un placer perverso en el sufrimiento. Sánchez sigue en la Moncloa porque una porción significativa del electorado quizás hasta disfrute del castigo.
Quizás sea hora de despertar de este trance colectivo.
Francisco Rubiales
Desde que Sánchez asumió el poder en 2018, tras una moción de censura contra Mariano Rajoy, prometiendo limpiar la política de corruptelas, su mandato ha estado plagado de controversias y corrupciones. Hoy, en 2026, el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) enfrenta múltiples investigaciones por corrupción y acoso sexual, que han sacudido sus cimientos.
Estos escándalos involucran a la esposa del presidente, a su hermano y a sus principales colaboradores, bajo investigación judicial por presuntos delitos de corrupción, tráfico de influencias y malversación.
La lista de escándalos es extensa: desde el caso Koldo, relacionado con máscaras defectuosas durante la pandemia, hasta investigaciones sobre contratos irregulares, expolio fiscal y redes de corrupción política.
Los más recientes: (1) Europa le recrimina su abandono de la energía nuclear, segura, barata y ahora necesaria; (2) Se niega a bajar impuestos, como hacen otros países, para ayudar al consumidor, y no controla el abuso de las gasolineras, que suben de manera enloquecida el precio de los combustibles.
Miles de personas han salido a las calles exigiendo elecciones anticipadas y la dimisión de Sánchez, acusándolo de liderar un gobierno corrupto, pero son pocas comparado con lo que el sujeto merece: que sean muchos millones los que exijan su expulsión del poder.
Sánchez sigue aparentemente firme, alardeando de su poder, minimizando la corrupción y el abuso, insistiendo con descaro en que su gobierno es progresista y rentable para los españoles.
En apariencia está acosado y sin apoyos, pero su poder sigue intacto. Sánchez mantiene el control, a pesar de que las encuestas muestran un declive notable, que está en minoría, que le abandonan hasta los socialistas y que el rechazo crece como la espuma.
Muchos analistas han resaltado la cobardía de los españoles, pero esa explicación no es suficiente para explicar la sumisión al corrupto. Los nuevos críticos argumentan que en España existe un sucio masoquismo colectivo, propio de gilipollas.
No les falta razón porque resulta inexplicable que un pueblo que demostró ser bravo y temible en el pasado sea ahora una piltrafa llena de imbéciles sometidos a la estupidez.
Sólo algunos jueces valientes y honrados y algunos periodistas veraces y capaces de jugarse el pellejo siguen luchando contra el maltratador de España.
El masoquismo, una plaga tan voraz como el COVI, ha debido penetrar hasta en los cuarteles y en la familia real. Ni siquiera ellos, guardianes de España, según la Constitución, perciben la evidente traición, ni levantan la mano contra el horrendo cacique.
Si los españoles sólo fueran cobardes, huirían del dolor; pero el masoquismo implica un placer perverso en el sufrimiento. Sánchez sigue en la Moncloa porque una porción significativa del electorado quizás hasta disfrute del castigo.
Quizás sea hora de despertar de este trance colectivo.
Francisco Rubiales








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