Pedro Sánchez no entra en el Congreso como un presidente de una democracia europea, sino como un dictador que teme a su pueblo.
Cada vez que acude a la Cámara exige más policías, más cortes de calles y más derivaciones de peatones hacia itinerarios alejados, hasta el punto de que los propios agentes de la UIP califican el dispositivo de «absolutamente desproporcionado».
Se trata de vaciar el espacio público alrededor del poder para que el presidente no tenga que cruzar la mirada con quienes le pagan el sueldo. Esa exigencia de blindaje revela algo más profundo que una simple precaución: el miedo.
¿Por qué teme tanto a los españoles? Es cierto que una mayoría le rechaza, le abuchea y le odia. El hartazgo se ha hecho visible en las calles, en las encuestas y en el silencio incómodo de quienes un día le votaron.
Pero el pueblo español no es un pueblo asesino. No sale a linchar a sus gobernantes ni a colgarlos de un poste. Sale a protestar, a gritar, a votar en contra y, cuando puede, a echarlos por las urnas. Confundir ese rechazo con una amenaza de muerte es el síntoma de quien ya no se siente legitimado por quienes dice representar.
Ese pánico coincide con el de la mayoría de los tiranos.
Quien se rodea de un cordón policial desmesurado para circular por la capital de su propio país no está defendiéndose de una conspiración armada, sino demostrando la evidencia de su aislamiento.
En la mente asustada de Sánchez debe resonar el destino de Gadafi y de Nicolae Ceaușescu: el momento en que el aparato de seguridad ya no basta y el pueblo, hasta entonces contenido, deja de temer. No hace falta que España se convierta en Libia o en Rumanía de 1989 para que el paralelismo resulte inquietante. Basta con que el presidente actúe como si ese desenlace fuera posible.
Un gobernante que necesita convertir las calles en zona de exclusión cada vez que se acerca al Parlamento o se desplaza por el país se protege en lugar de gobernar.
Y un país que acepta esa teatralización del miedo como normalidad democrática está permitiendo que el poder se separe, poco a poco, de quienes lo sostienen.
El pueblo español no es el peligro. El peligro es el que, histérico de miedo, ya no se atreve a caminar entre sus ciudadanos.
Francisco Rubiales
Cada vez que acude a la Cámara exige más policías, más cortes de calles y más derivaciones de peatones hacia itinerarios alejados, hasta el punto de que los propios agentes de la UIP califican el dispositivo de «absolutamente desproporcionado».
Se trata de vaciar el espacio público alrededor del poder para que el presidente no tenga que cruzar la mirada con quienes le pagan el sueldo. Esa exigencia de blindaje revela algo más profundo que una simple precaución: el miedo.
¿Por qué teme tanto a los españoles? Es cierto que una mayoría le rechaza, le abuchea y le odia. El hartazgo se ha hecho visible en las calles, en las encuestas y en el silencio incómodo de quienes un día le votaron.
Pero el pueblo español no es un pueblo asesino. No sale a linchar a sus gobernantes ni a colgarlos de un poste. Sale a protestar, a gritar, a votar en contra y, cuando puede, a echarlos por las urnas. Confundir ese rechazo con una amenaza de muerte es el síntoma de quien ya no se siente legitimado por quienes dice representar.
Ese pánico coincide con el de la mayoría de los tiranos.
Quien se rodea de un cordón policial desmesurado para circular por la capital de su propio país no está defendiéndose de una conspiración armada, sino demostrando la evidencia de su aislamiento.
En la mente asustada de Sánchez debe resonar el destino de Gadafi y de Nicolae Ceaușescu: el momento en que el aparato de seguridad ya no basta y el pueblo, hasta entonces contenido, deja de temer. No hace falta que España se convierta en Libia o en Rumanía de 1989 para que el paralelismo resulte inquietante. Basta con que el presidente actúe como si ese desenlace fuera posible.
Un gobernante que necesita convertir las calles en zona de exclusión cada vez que se acerca al Parlamento o se desplaza por el país se protege en lugar de gobernar.
Y un país que acepta esa teatralización del miedo como normalidad democrática está permitiendo que el poder se separe, poco a poco, de quienes lo sostienen.
El pueblo español no es el peligro. El peligro es el que, histérico de miedo, ya no se atreve a caminar entre sus ciudadanos.
Francisco Rubiales








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