Torpeza, abandono, incapacidad, mentiras, relatos falsos, rechazo popular y fracaso del gobierno de Pedro Sánchez.
Tengo un amigo militar que afirma que una división marroquí que desembarque en Algeciras, ante el caos y la imbecilidad del gobierno de Sánchez, podría avanzar triunfante hasta llegar a Oviedo.
Un conflicto armado no lo gana el que más mitinea o quien cuenta más mentiras, sino el que manda. Y el Gobierno de Pedro Sánchez no manda: titubea, se contradice y pide crédito a un país que ya se lo ha retirado.
Ceuta lo dejó escrito con una claridad brutal. A finales de julio, decenas de miles de personas —hasta 80.000, según estimaciones— irrumpieron en una ciudad española mientras La Moncloa discutía cifras, avisos del CNI, competencias ministeriales y si aquello era una crisis migratoria o una violación de la integridad territorial.
El presidente pronunció la palabra grave "violación" y, acto seguido, el Estado se fragmentó en versiones.
Aquella frase que calificaba la invasión como "Violación de la integridad territorial de España" no fue un error de gabinete, sino una de las pocas verdades dichas por Sánchez en su historia política y la radiografía de un poder que llega tarde, habla con varias bocas y confunde el relato con el mando.
Quien sostenga que este Gobierno está “ampliamente respaldado” solo puede hacerlo mirando las falsedades del CIS de Tezanos, que aún coloca al PSOE por delante con un 31% frente al 25,5% del PP, dos puntos menos tras Ceuta. El resto del mapa dice otra cosa: sondeos privados con el PP por encima del 31-34%, el PSOE en el 25-27%, Vox al alza y, en algún barómetro, la suma de la derecha por encima del 50%.
Más decisivo que la papeleta es el veredicto sobre la gestión: apenas un 14% aprobó lo ocurrido en Ceuta; dos tercios lo vieron lento; una mayoría aplastante señaló a Marruecos; y en otros estudios la legislatura aparece descrita como desastre, corrupción o fraude, con una exigencia masiva de dimisión o urnas. Un Ejecutivo puede sobrevivir en minoría parlamentaria. No puede improvisar unidad nacional el día en que haga falta.
Porque lo que exige un conflicto —convencional, híbrido o de saturación fronteriza— no es un comunicado: es anticipación, mando único, estrategia nítida y autoridad moral.
Si hay aviso de asalto en redes y después se litiga si llegó, a quién y con qué rango, el sistema de alerta está herido. Si Defensa, Interior y Presidencia se pisan, y la Delegación entra en guerra consigo misma, no hay cadena de mando. Si Marruecos es socio indispensable un día e inductor “de momento” descartado al siguiente, no hay doctrina. Y si media España desconfía del presidente, no hay reserva moral que movilizar.
Ceuta no fue un ensayo de tanques; fue un ensayo de presión sobre la soberanía. Quien falla ese examen no está listo para decidir reglas de enfrentamiento, refuerzos o alianzas.
Conviene no insultar a España confundiendo nación con Gobierno. Hay soldados en Ceuta y Melilla, superioridad aérea y naval en varios análisis, bases, compromisos de gasto y una estructura profesional que no depende del humor de La Moncloa.
El material para defenderse y vencer existe. Lo que no existe es el director de orquesta.
España no es débil porque carezca de Legión, fragatas o Eurofighter; es vulnerable porque quien debería emplearlos ha exhibido torpeza, división y un déficit de legitimidad que ninguna rueda de prensa repara.
El liderazgo fuerte no se decreta cuando suenan las sirenas. Se acredita antes, cuando aún se puede elegir entre la verdad y el relato. Este Gobierno ya eligió. Y se le nota que la debilidad y el fracaso corre por sus venas.
Francisco Rubiales
Un conflicto armado no lo gana el que más mitinea o quien cuenta más mentiras, sino el que manda. Y el Gobierno de Pedro Sánchez no manda: titubea, se contradice y pide crédito a un país que ya se lo ha retirado.
Ceuta lo dejó escrito con una claridad brutal. A finales de julio, decenas de miles de personas —hasta 80.000, según estimaciones— irrumpieron en una ciudad española mientras La Moncloa discutía cifras, avisos del CNI, competencias ministeriales y si aquello era una crisis migratoria o una violación de la integridad territorial.
El presidente pronunció la palabra grave "violación" y, acto seguido, el Estado se fragmentó en versiones.
Aquella frase que calificaba la invasión como "Violación de la integridad territorial de España" no fue un error de gabinete, sino una de las pocas verdades dichas por Sánchez en su historia política y la radiografía de un poder que llega tarde, habla con varias bocas y confunde el relato con el mando.
Quien sostenga que este Gobierno está “ampliamente respaldado” solo puede hacerlo mirando las falsedades del CIS de Tezanos, que aún coloca al PSOE por delante con un 31% frente al 25,5% del PP, dos puntos menos tras Ceuta. El resto del mapa dice otra cosa: sondeos privados con el PP por encima del 31-34%, el PSOE en el 25-27%, Vox al alza y, en algún barómetro, la suma de la derecha por encima del 50%.
Más decisivo que la papeleta es el veredicto sobre la gestión: apenas un 14% aprobó lo ocurrido en Ceuta; dos tercios lo vieron lento; una mayoría aplastante señaló a Marruecos; y en otros estudios la legislatura aparece descrita como desastre, corrupción o fraude, con una exigencia masiva de dimisión o urnas. Un Ejecutivo puede sobrevivir en minoría parlamentaria. No puede improvisar unidad nacional el día en que haga falta.
Porque lo que exige un conflicto —convencional, híbrido o de saturación fronteriza— no es un comunicado: es anticipación, mando único, estrategia nítida y autoridad moral.
Si hay aviso de asalto en redes y después se litiga si llegó, a quién y con qué rango, el sistema de alerta está herido. Si Defensa, Interior y Presidencia se pisan, y la Delegación entra en guerra consigo misma, no hay cadena de mando. Si Marruecos es socio indispensable un día e inductor “de momento” descartado al siguiente, no hay doctrina. Y si media España desconfía del presidente, no hay reserva moral que movilizar.
Ceuta no fue un ensayo de tanques; fue un ensayo de presión sobre la soberanía. Quien falla ese examen no está listo para decidir reglas de enfrentamiento, refuerzos o alianzas.
Conviene no insultar a España confundiendo nación con Gobierno. Hay soldados en Ceuta y Melilla, superioridad aérea y naval en varios análisis, bases, compromisos de gasto y una estructura profesional que no depende del humor de La Moncloa.
El material para defenderse y vencer existe. Lo que no existe es el director de orquesta.
España no es débil porque carezca de Legión, fragatas o Eurofighter; es vulnerable porque quien debería emplearlos ha exhibido torpeza, división y un déficit de legitimidad que ninguna rueda de prensa repara.
El liderazgo fuerte no se decreta cuando suenan las sirenas. Se acredita antes, cuando aún se puede elegir entre la verdad y el relato. Este Gobierno ya eligió. Y se le nota que la debilidad y el fracaso corre por sus venas.
Francisco Rubiales







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