Cuando las reglas se encuentran con quien no las respeta, un sistema como el español no funciona porque no tiene armas para luchar contra un loco.
La Constitución del 78 se escribió para un país que salía del miedo y quería normas, no milagros. Imaginó presidentes discutibles, incluso tozudos, pero no imaginó, ni quiso imaginar a alguien tan desquiciado y osado, dispuesto a convertir cada resquicio legal en trinchera y cada realidad en mentira.
Sánchez gobierna en minoría, con presupuestos prorrogados, con socios que le afean la gestión y con el Congreso capaz de reprobarle sin poder echarle. El descarado sabe que la cuestión de confianza la plantea él, que la moción de censura exige un recambio que nadie se atreve a pactar, y que el calendario electoral sigue siendo suyo.
Esa es la perversión política del presente español: las instituciones funcionan lo bastante como para no salte el Golpe de Estado y lo bastante mal como para no corregir el abuso. La justicia merodea el entorno familiar y orgánico, pero el presidente no está condenado. La oposición suma votos de escándalo, pero no presenta un candidato. El partido se resquebraja, pero no se parte.
Cada poder hace su papel y ninguno cierra el círculo. Lo que el votante percibe como arrogancia es, en gran medida, el descubrimiento de que el deficiente sistema español premia a quien resiste más que a quien convence, al sinvergüenza más que al servidor público.
Los constituyentes pensaron en algunos contrapoderes, pero no en un presidente que convierte el contrapoder en ruido. Abucheos, mociones no vinculantes, barones críticos, socios que se desmarcan por Ceuta y luego vuelven al cálculo: todo eso cabe en la letra y la música de la ópera bufa sanchista.
Sánchez es sagaz, como dice la Biblia que son los hijos de las tinieblas.
Ha hecho de la polarización un método y del agotamiento ajeno una estrategia. No hace falta retratarlo como un malvado de folletín para ver el daño que causa. Cuando el jefe del Ejecutivo trata la Constitución como un reglamento de supervivencia, el reglamento sobrevive y la política se pudre.
"Nadie puede con él” hoy porque tumbarle exige lo que sus rivales no ofrecen: una alternativa. No cae porque está rodeado de mediocres y porque el pueblo que le odia le tiene miedo y seguirá estando castrado mientras su descaro sea más fuerte que el asco que produce su corrupción.
Pedro es el flagelo de España y si le dan tiempo suficiente lo será también de Europa.
Francisco Rubiales
La Constitución del 78 se escribió para un país que salía del miedo y quería normas, no milagros. Imaginó presidentes discutibles, incluso tozudos, pero no imaginó, ni quiso imaginar a alguien tan desquiciado y osado, dispuesto a convertir cada resquicio legal en trinchera y cada realidad en mentira.
Sánchez gobierna en minoría, con presupuestos prorrogados, con socios que le afean la gestión y con el Congreso capaz de reprobarle sin poder echarle. El descarado sabe que la cuestión de confianza la plantea él, que la moción de censura exige un recambio que nadie se atreve a pactar, y que el calendario electoral sigue siendo suyo.
Esa es la perversión política del presente español: las instituciones funcionan lo bastante como para no salte el Golpe de Estado y lo bastante mal como para no corregir el abuso. La justicia merodea el entorno familiar y orgánico, pero el presidente no está condenado. La oposición suma votos de escándalo, pero no presenta un candidato. El partido se resquebraja, pero no se parte.
Cada poder hace su papel y ninguno cierra el círculo. Lo que el votante percibe como arrogancia es, en gran medida, el descubrimiento de que el deficiente sistema español premia a quien resiste más que a quien convence, al sinvergüenza más que al servidor público.
Los constituyentes pensaron en algunos contrapoderes, pero no en un presidente que convierte el contrapoder en ruido. Abucheos, mociones no vinculantes, barones críticos, socios que se desmarcan por Ceuta y luego vuelven al cálculo: todo eso cabe en la letra y la música de la ópera bufa sanchista.
Sánchez es sagaz, como dice la Biblia que son los hijos de las tinieblas.
Ha hecho de la polarización un método y del agotamiento ajeno una estrategia. No hace falta retratarlo como un malvado de folletín para ver el daño que causa. Cuando el jefe del Ejecutivo trata la Constitución como un reglamento de supervivencia, el reglamento sobrevive y la política se pudre.
"Nadie puede con él” hoy porque tumbarle exige lo que sus rivales no ofrecen: una alternativa. No cae porque está rodeado de mediocres y porque el pueblo que le odia le tiene miedo y seguirá estando castrado mientras su descaro sea más fuerte que el asco que produce su corrupción.
Pedro es el flagelo de España y si le dan tiempo suficiente lo será también de Europa.
Francisco Rubiales







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