Mientras el presidente de la ciudad de Ceuta avisaba, el CNI señalaba convocatorias masivas y miles de personas se acumulaban al otro lado, el Gobierno restó importancia, tardó días en coger el teléfono y acabó discutiendo si las alertas eran “rutinarias”.
Eso no es un error, sino la fotografía de un Estado que ha perdido el instinto de supervivencia. Marruecos ha comprobado que la cobardía y el desconcierto han hecho de España un país de gelatina.
Rabat ha visto cómo el sanchismo antepone el relato, el pacto y la comodidad política a la integridad territorial. La podredumbre no se limita a la frontera sur. El Gobierno ha sembrado confusión institucional, ha convertido la lealtad partidaria en criterio de mando y ha sustituido la autoridad por el cálculo electoral.
Numerosos estrategas de Marruecos creen que este es el momento oportuno para recuperar Ceuta, Melilla y hasta Canarias porque enfrente sólo hay un gobierno español inepto, sometido a los deseos de Rabat, incapaz y únicamente obsesionado con el relato, la supervivencia y la compra de votos y voluntades.
Las Fuerzas Armadas españolas no quedan al margen del desconcierto y la debilidad. Quedan subordinadas a un poder que premia la docilidad y castiga la incomodidad. Un ejército no se derrumba solo por falta de presupuestos; se pudre cuando sus mandos perciben que la iniciativa, el honor y la responsabilidad operativa no encajan en el discurso oficial.
La desmoralización no es una metáfora de café, sino la consecuencia de ver como crisis sucesivas —Covid, DANA, apagón, Adamuz, Ceuta— se han gestionado con imbecilidad, tardanza, negación y búsqueda de culpables ajenos.
Por eso en Rabat circula una idea que debería estremecer a cualquier español que aún recuerde lo que es un Estado: que una fuerza motorizada marroquí, desembarcada en Algeciras, podría llegar hasta Oviedo sin encontrar, en este momento de la historia, la resistencia política ni la cohesión militar que una nación soberana debería oponer.
Es una tesis exagerada, casi un chiste, pero refleja la realidad de una España destruida por el mal gobierno.
No hace falta dibujar mapas ni enumerar unidades para entender el mensaje. El aviso no habla de invencibilidad marroquí; habla de una España que se ha acostumbrado a no reaccionar a tiempo, a no creerse amenazada y a no exigir de sus mandos otra cosa que alineamiento.
Un país que duda de sí mismo invita a que otros dejen de dudar y lo miren con desprecio.
El sanchismo responderá que todo es alarmismo, desinformación o “internacional ultraderechista”.
Es su muletilla favorita cuando la realidad le golpea. Pero la debilidad no se rebate con ruedas de prensa. Se rebate con frontera defendida, con alertas atendidas, con un mando militar que no tema ejercer su oficio y con un Gobierno que no convierta cada drama en un problema de imagen.
Mientras Sánchez siga gobernando a golpe de relato y de huida, Marruecos —y no solo Marruecos— seguirá viendo en España no a un adversario serio, sino a un país desconcertado, dividido y dispuesto a pagar con territorio, prestigio y vidas la indolencia de quien lo dirige.
Francisco Rubiales
Eso no es un error, sino la fotografía de un Estado que ha perdido el instinto de supervivencia. Marruecos ha comprobado que la cobardía y el desconcierto han hecho de España un país de gelatina.
Rabat ha visto cómo el sanchismo antepone el relato, el pacto y la comodidad política a la integridad territorial. La podredumbre no se limita a la frontera sur. El Gobierno ha sembrado confusión institucional, ha convertido la lealtad partidaria en criterio de mando y ha sustituido la autoridad por el cálculo electoral.
Numerosos estrategas de Marruecos creen que este es el momento oportuno para recuperar Ceuta, Melilla y hasta Canarias porque enfrente sólo hay un gobierno español inepto, sometido a los deseos de Rabat, incapaz y únicamente obsesionado con el relato, la supervivencia y la compra de votos y voluntades.
Las Fuerzas Armadas españolas no quedan al margen del desconcierto y la debilidad. Quedan subordinadas a un poder que premia la docilidad y castiga la incomodidad. Un ejército no se derrumba solo por falta de presupuestos; se pudre cuando sus mandos perciben que la iniciativa, el honor y la responsabilidad operativa no encajan en el discurso oficial.
La desmoralización no es una metáfora de café, sino la consecuencia de ver como crisis sucesivas —Covid, DANA, apagón, Adamuz, Ceuta— se han gestionado con imbecilidad, tardanza, negación y búsqueda de culpables ajenos.
Por eso en Rabat circula una idea que debería estremecer a cualquier español que aún recuerde lo que es un Estado: que una fuerza motorizada marroquí, desembarcada en Algeciras, podría llegar hasta Oviedo sin encontrar, en este momento de la historia, la resistencia política ni la cohesión militar que una nación soberana debería oponer.
Es una tesis exagerada, casi un chiste, pero refleja la realidad de una España destruida por el mal gobierno.
No hace falta dibujar mapas ni enumerar unidades para entender el mensaje. El aviso no habla de invencibilidad marroquí; habla de una España que se ha acostumbrado a no reaccionar a tiempo, a no creerse amenazada y a no exigir de sus mandos otra cosa que alineamiento.
Un país que duda de sí mismo invita a que otros dejen de dudar y lo miren con desprecio.
El sanchismo responderá que todo es alarmismo, desinformación o “internacional ultraderechista”.
Es su muletilla favorita cuando la realidad le golpea. Pero la debilidad no se rebate con ruedas de prensa. Se rebate con frontera defendida, con alertas atendidas, con un mando militar que no tema ejercer su oficio y con un Gobierno que no convierta cada drama en un problema de imagen.
Mientras Sánchez siga gobernando a golpe de relato y de huida, Marruecos —y no solo Marruecos— seguirá viendo en España no a un adversario serio, sino a un país desconcertado, dividido y dispuesto a pagar con territorio, prestigio y vidas la indolencia de quien lo dirige.
Francisco Rubiales







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