Una de las medidas que se contemplan para hacer frente al aguerrido desafío de Marruecos es restablecer en España algún tipo de servicio militar obligatorio que prepare a los jóvenes para un combate que podría estar cerca
España se niega a mirar de frente lo que ya no es una fricción diplomática con Marruecos, sino un drama altamente peligroso. Los españoles, sorprendidos, piensan que algo muy grave está alterando las relaciones España-Marruecos, convirtiendo a nuestra nación es un vasallo sin dignidad.
Contrariamente a lo que afirma el gobierno del PSOE, Rabat es una amenaza real que reivindica Ceuta y Melilla como ciudades propias y está dispuesto a usar la fuerza para conseguirlas.
Quien todavía hable de “buena vecindad” como si fuera un conjuro está mintiendo o está muy asustado.
Un Estado que no se rearme con urgencia —no con comunicados, sino con capacidad real de disuasión, vigilancia y respuesta— está invitando al siguiente golpe.
El rearme no es un capricho de cuartel. Es la única forma de que la soberanía deje de ser un eslogan.
El segundo debate es igual de incómodo y igual de inevitable. El suelo español no puede seguir siendo corredor, mercado y rehén al mismo tiempo. Bloquear el tránsito y el acceso preferente de productos marroquíes no es un capricho comercial: es la respuesta mínima a quien utiliza como armas de guerra la migración, la aduana y la presión diplomática.
Mientras España compre, deje pasar y sonría, Marruecos entenderá —con razón— que el chantaje funciona.
Un país que no usa su mercado, sus puertos y su frontera como poder propio no tiene política exterior, sino súplica.
El tercer debate es el que la clase política no quiere ni nombrar. Hay casi un millón de marroquíes en España. No es un ejército, pero en un conflicto Marruecos puede utilizarlos para sabotajes y desordenes.
Fingir que la nacionalidad de origen, las reivindicaciones territoriales de Rabat y la densidad demográfica no importan a los marroquíes que residen en España en un escenario de crisis es otra mentira, todavía más cobarde.
El debate no es el linchamiento colectivo, sino ser conscientes de que muchos de los marroquíes que viven en España no serían leales a España, sino a Marruecos, en caso de conflicto armado.
Se trata de saber qué Estado es tan débil que ni siquiera se atreve a plantear la lealtad como condición de permanencia.
Quien cierre esos tres debates por miedo a parecer duro no evitará el conflicto: lo recibirá desarmado, desabastecido y dividido.
Por ahora, la España de Sánchez se comporta como una pocilga estúpida y alienada que cree que cerrando los ojos los problemas se esfuman.
Media España cree, como acaba de expresar el máximo dirigente del nacionalismo vasco, que Marruecos posee secretos sobre Sánchez que convierten al presidente español en un indecente y traidor sometido a Rabat.
Francisco Rubiales
Contrariamente a lo que afirma el gobierno del PSOE, Rabat es una amenaza real que reivindica Ceuta y Melilla como ciudades propias y está dispuesto a usar la fuerza para conseguirlas.
Quien todavía hable de “buena vecindad” como si fuera un conjuro está mintiendo o está muy asustado.
Un Estado que no se rearme con urgencia —no con comunicados, sino con capacidad real de disuasión, vigilancia y respuesta— está invitando al siguiente golpe.
El rearme no es un capricho de cuartel. Es la única forma de que la soberanía deje de ser un eslogan.
El segundo debate es igual de incómodo y igual de inevitable. El suelo español no puede seguir siendo corredor, mercado y rehén al mismo tiempo. Bloquear el tránsito y el acceso preferente de productos marroquíes no es un capricho comercial: es la respuesta mínima a quien utiliza como armas de guerra la migración, la aduana y la presión diplomática.
Mientras España compre, deje pasar y sonría, Marruecos entenderá —con razón— que el chantaje funciona.
Un país que no usa su mercado, sus puertos y su frontera como poder propio no tiene política exterior, sino súplica.
El tercer debate es el que la clase política no quiere ni nombrar. Hay casi un millón de marroquíes en España. No es un ejército, pero en un conflicto Marruecos puede utilizarlos para sabotajes y desordenes.
Fingir que la nacionalidad de origen, las reivindicaciones territoriales de Rabat y la densidad demográfica no importan a los marroquíes que residen en España en un escenario de crisis es otra mentira, todavía más cobarde.
El debate no es el linchamiento colectivo, sino ser conscientes de que muchos de los marroquíes que viven en España no serían leales a España, sino a Marruecos, en caso de conflicto armado.
Se trata de saber qué Estado es tan débil que ni siquiera se atreve a plantear la lealtad como condición de permanencia.
Quien cierre esos tres debates por miedo a parecer duro no evitará el conflicto: lo recibirá desarmado, desabastecido y dividido.
Por ahora, la España de Sánchez se comporta como una pocilga estúpida y alienada que cree que cerrando los ojos los problemas se esfuman.
Media España cree, como acaba de expresar el máximo dirigente del nacionalismo vasco, que Marruecos posee secretos sobre Sánchez que convierten al presidente español en un indecente y traidor sometido a Rabat.
Francisco Rubiales







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