Una de las miles de imágenes que condenan a Pedro Sánchez en las redes, tras su terrible fracaso en Ceuta
La intervención de Marruecos en el asalto a Ceuta ya no es una sospecha de la oposición: es la tesis creíble y contrastada que la Policía Nacional ha puesto por escrito ante la Audiencia Nacional.
El informe del Centro Nacional de Inmigración y Fronteras remitido a la jueza María Tardón sostiene que gendarmes uniformados guiaron el flujo desde Castillejos y que agentes de paisano indicaron por dónde cruzar en El Tarajal, con un fin distinto del puramente migratorio: colapsar la frontera y cuestionar la soberanía sobre Ceuta.
Durante un mes, Pedro Sánchez y Fernando Grande-Marlaska vendieron otra película: mafias, «causas plurales», un socio «absolutamente fiable» y una crisis que «no vio nadie». El mismo ministro que elogiaba a Rabat pide ahora al director de la Policía que le aclare si existe el informe que desmonta su relato. No es transparencia. Es el reconocimiento tardío de que el Gobierno habló sin saber o, peor, sabiendo y callando.
Las mentiras no empiezan el 2 de septiembre. Empiezan el 28 y el 29 de julio. Un análisis de riesgo del CENIF, fechado dos días antes del asalto, advertía de un salto masivo o un cruce a nado a finales de mes. Al día siguiente, 29 de julio, llegó otra alerta a Interior y a la Secretaría de Estado de Seguridad: «riesgo extremo», entrada coordinada, miles de personas, fecha prevista el 30. Había más: avisos del CNI por el canal de alerta temprana, el incremento de nadadores que ya contaba la Guardia Civil y la preocupación que el presidente de Ceuta había trasladado días antes.
Marlaska sostuvo en el Congreso que nadie anticipó lo que ocurrió, que los avisos eran como los de otros años y que Marruecos contenía. O no leyó lo que tenía encima de la mesa o decidió que leerlo era inconveniente.
Conocida la amenaza, el refuerzo previo fue un adorno. Según la información difundida con esos mismos documentos, Interior respondió con un puñado de efectivos: buceadores de los GEAS, una patrulla mínima de la Guardia Civil y un furgón con cinco policías nacionales, tres de ellos en prácticas.
Otras crónicas coinciden en lo esencial: cinco buceadores y cinco agentes en tierra del Instituto Armado ante lo que acabó siendo una entrada de decenas de miles de personas.
Doce hombres no defienden una frontera soberana. Escenifican que se ha hecho algo. Cuando el 30 de julio la ciudad se desbordó, hubo que llamar al Ejército. Un ministro avisado que coloca un dispositivo de juguete no comete un error de cálculo. Elige no defender.
Eso es lo que queda al descubierto: no solo la mano de Marruecos, sino la dejación de un Gobierno que prefirió no enemistarse con Rabat antes que proteger Ceuta.
El PSOE de Sánchez quizás no sea «lo peor que le ha ocurrido a España en toda su historia». El país ha conocido guerras, dictaduras y desastres mayores. Sí es, en cambio, lo peor en décadas, quizás en siglos, y uno de los ejecutivos que más lejos ha llevado la humillación del Estado en tiempo de paz.
Negar los avisos, minimizar a un socio que según la Policía dirigió el asalto, dejar la frontera con un destacamento simbólico y, un mes después, hacerse el sorprendido es pura vileza.
Un partido que antepone la conveniencia diplomática y el relato a la integridad territorial no merece el beneficio de la duda. Ceuta no pide metáforas. Pide que el Gobierno deje de mentir sobre quién abrió la puerta y sobre quién, sabiéndolo, no la cerró.
Pedro Sánchez ha conseguido que el PSOE sea, con seguridad, lo peor que le ha ocurrido a España desde la muerte de Franco y quizás en siglos.
Sánchez está controlado por los intereses de los socios independentistas, los terroristas inconfesos, los populistas mamandurrios, los ministros y altos cargos bien pagados que no quieren dejar sus prebendas y, sobre todo, por una masa zombizada, apensante y dogmatizada que es hábilmente manejada.
Hitler hizo algo parecido en la Alemania que quedó destruida tras la II Guerra Mundial.
Muchos españoles, cansados de soportar errores, abusos y corrupciones, creen que, si pudiera, Sánchez se convertiría en dictador eterno.
Francisco Rubiales
El informe del Centro Nacional de Inmigración y Fronteras remitido a la jueza María Tardón sostiene que gendarmes uniformados guiaron el flujo desde Castillejos y que agentes de paisano indicaron por dónde cruzar en El Tarajal, con un fin distinto del puramente migratorio: colapsar la frontera y cuestionar la soberanía sobre Ceuta.
Durante un mes, Pedro Sánchez y Fernando Grande-Marlaska vendieron otra película: mafias, «causas plurales», un socio «absolutamente fiable» y una crisis que «no vio nadie». El mismo ministro que elogiaba a Rabat pide ahora al director de la Policía que le aclare si existe el informe que desmonta su relato. No es transparencia. Es el reconocimiento tardío de que el Gobierno habló sin saber o, peor, sabiendo y callando.
Las mentiras no empiezan el 2 de septiembre. Empiezan el 28 y el 29 de julio. Un análisis de riesgo del CENIF, fechado dos días antes del asalto, advertía de un salto masivo o un cruce a nado a finales de mes. Al día siguiente, 29 de julio, llegó otra alerta a Interior y a la Secretaría de Estado de Seguridad: «riesgo extremo», entrada coordinada, miles de personas, fecha prevista el 30. Había más: avisos del CNI por el canal de alerta temprana, el incremento de nadadores que ya contaba la Guardia Civil y la preocupación que el presidente de Ceuta había trasladado días antes.
Marlaska sostuvo en el Congreso que nadie anticipó lo que ocurrió, que los avisos eran como los de otros años y que Marruecos contenía. O no leyó lo que tenía encima de la mesa o decidió que leerlo era inconveniente.
Conocida la amenaza, el refuerzo previo fue un adorno. Según la información difundida con esos mismos documentos, Interior respondió con un puñado de efectivos: buceadores de los GEAS, una patrulla mínima de la Guardia Civil y un furgón con cinco policías nacionales, tres de ellos en prácticas.
Otras crónicas coinciden en lo esencial: cinco buceadores y cinco agentes en tierra del Instituto Armado ante lo que acabó siendo una entrada de decenas de miles de personas.
Doce hombres no defienden una frontera soberana. Escenifican que se ha hecho algo. Cuando el 30 de julio la ciudad se desbordó, hubo que llamar al Ejército. Un ministro avisado que coloca un dispositivo de juguete no comete un error de cálculo. Elige no defender.
Eso es lo que queda al descubierto: no solo la mano de Marruecos, sino la dejación de un Gobierno que prefirió no enemistarse con Rabat antes que proteger Ceuta.
El PSOE de Sánchez quizás no sea «lo peor que le ha ocurrido a España en toda su historia». El país ha conocido guerras, dictaduras y desastres mayores. Sí es, en cambio, lo peor en décadas, quizás en siglos, y uno de los ejecutivos que más lejos ha llevado la humillación del Estado en tiempo de paz.
Negar los avisos, minimizar a un socio que según la Policía dirigió el asalto, dejar la frontera con un destacamento simbólico y, un mes después, hacerse el sorprendido es pura vileza.
Un partido que antepone la conveniencia diplomática y el relato a la integridad territorial no merece el beneficio de la duda. Ceuta no pide metáforas. Pide que el Gobierno deje de mentir sobre quién abrió la puerta y sobre quién, sabiéndolo, no la cerró.
Pedro Sánchez ha conseguido que el PSOE sea, con seguridad, lo peor que le ha ocurrido a España desde la muerte de Franco y quizás en siglos.
Sánchez está controlado por los intereses de los socios independentistas, los terroristas inconfesos, los populistas mamandurrios, los ministros y altos cargos bien pagados que no quieren dejar sus prebendas y, sobre todo, por una masa zombizada, apensante y dogmatizada que es hábilmente manejada.
Hitler hizo algo parecido en la Alemania que quedó destruida tras la II Guerra Mundial.
Muchos españoles, cansados de soportar errores, abusos y corrupciones, creen que, si pudiera, Sánchez se convertiría en dictador eterno.
Francisco Rubiales







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