Desde la Moncloa hasta las instituciones más sensibles del Estado, Sánchez las ha colocado bajo personajes cuya principal cualificación no es la competencia, sino la disposición a cruzar líneas rojas que antes se consideraban intocables.
El resultado es un gobierno y un aparato estatal colonizado por oportunistas dispuestos a todo con tal de mantener el poder.
Los sinvergüenzas se están haciendo dolorosamente visibles gracias a los jueces limpios que aún resisten en España.
Están en la Moncloa, en el entorno familiar del presidente, en el Consejo de Ministros, en las instituciones y empresas públicas, en la Fiscalía, en la Justicia, en las Fuerzas Armadas, en la Policía, en la Guardia Civil y también en el mundo profesional y empresarial que gira alrededor del poder.
El gobierno ha querido colonizar la guardia civil colocando al frente de esa institución a nueve generales afines al socialismo.
Cada nueva investigación judicial destapa otro rostro de esta red: favores a cambio de contratos, colocaciones a dedo de familiares y amigos, manipulación de instituciones y un desprecio descarado por las normas básicas de integridad.
Lo más preocupante es la amplitud del fenómeno: no se limita a un ministerio o a un partido territorial, es un patrón que recorre todo el Estado.
No es fácil encontrar, seleccionar y promocionar a tantos sinvergüenzas para convertirlos en altos cargos del Estado. Hay que reconocer el gran mérito de Sánchez como seleccionador de chorizos, canallas y delincuentes.
Su olfato para detectar a quienes están dispuestos a vender su dignidad a cambio de un cargo, un sueldo público o una cuota de poder es indiscutible.
Mientras otros buscan talento, Sánchez busca complicidad. El resultado es un equipo a su imagen y semejanza: un gobierno donde la mediocridad moral se ha convertido en requisito indispensable.
España paga caro este “talento” del presidente: instituciones degradadas, confianza pública destruida y un Estado que cada día se parece más a una empresa familiar de aquellas que se hicieron famosas en el hampa de Chicago años treinta.
Francisco Rubiales
El resultado es un gobierno y un aparato estatal colonizado por oportunistas dispuestos a todo con tal de mantener el poder.
Los sinvergüenzas se están haciendo dolorosamente visibles gracias a los jueces limpios que aún resisten en España.
Están en la Moncloa, en el entorno familiar del presidente, en el Consejo de Ministros, en las instituciones y empresas públicas, en la Fiscalía, en la Justicia, en las Fuerzas Armadas, en la Policía, en la Guardia Civil y también en el mundo profesional y empresarial que gira alrededor del poder.
El gobierno ha querido colonizar la guardia civil colocando al frente de esa institución a nueve generales afines al socialismo.
Cada nueva investigación judicial destapa otro rostro de esta red: favores a cambio de contratos, colocaciones a dedo de familiares y amigos, manipulación de instituciones y un desprecio descarado por las normas básicas de integridad.
Lo más preocupante es la amplitud del fenómeno: no se limita a un ministerio o a un partido territorial, es un patrón que recorre todo el Estado.
No es fácil encontrar, seleccionar y promocionar a tantos sinvergüenzas para convertirlos en altos cargos del Estado. Hay que reconocer el gran mérito de Sánchez como seleccionador de chorizos, canallas y delincuentes.
Su olfato para detectar a quienes están dispuestos a vender su dignidad a cambio de un cargo, un sueldo público o una cuota de poder es indiscutible.
Mientras otros buscan talento, Sánchez busca complicidad. El resultado es un equipo a su imagen y semejanza: un gobierno donde la mediocridad moral se ha convertido en requisito indispensable.
España paga caro este “talento” del presidente: instituciones degradadas, confianza pública destruida y un Estado que cada día se parece más a una empresa familiar de aquellas que se hicieron famosas en el hampa de Chicago años treinta.
Francisco Rubiales







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