La política, no el clima, es lo que más está arruinando el planeta.
Sospechosamente, están ardiendo espacios previamente destinados a acoger instalaciones fotovoltaicas.
Los gobernantes actuales han convertido el discurso climático en una cortina de humo perfecta: mientras se multiplica la retórica sobre emisiones y temperaturas, se desatienden las tareas básicas de mantenimiento forestal, se tolera el abandono rural y se priorizan intereses partidistas o clientelares.
El verdadero “cambio” que necesita el planeta y los países no es otro ciclo de cumbres internacionales y normativas simbólicas, sino un cambio político profundo que sustituya a ladrones, ineptos, sinvergüenzas y delincuentes por personas honestas, competentes y que sirvan al interés general en lugar de servirse del poder.
Muchos estamos convencidos de que si se expulsan del poder a los corruptos y delincuentes, el bosque dejaría de arder.
El clima siempre ha variado. A lo largo de la historia de la Tierra ha habido periodos más cálidos y más fríos, veranos abrasadores e inviernos más duros que los actuales.
El error grave consiste en convertir esos cambios cíclicos en una religión política que absuelve a los gobernantes de su negligencia diaria.
El clima no limpia ni deja de limpiar un monte; los políticos sí deciden si se hace o no.
Lo que sí es históricamente excepcional es el nivel de indecencia y corrupción que se ha instalado en demasiadas élites políticas. Nunca antes tantos cargos públicos habían mostrado tan poco respeto por el bien común, tanta impunidad y tanto desprecio por la responsabilidad.
El planeta y los pueblos necesitan menos grandilocuencia climática y más cambio político real: líderes que limpien los montes, gestionen con rigor, rindan cuentas y antepongan el servicio a la ciudadanía a su propia supervivencia.
Mientras eso no ocurra, los incendios seguirán siendo el síntoma visible de una enfermedad mucho más profunda: la degradación de la política.
Francisco Rubiales
Sospechosamente, están ardiendo espacios previamente destinados a acoger instalaciones fotovoltaicas.
Los gobernantes actuales han convertido el discurso climático en una cortina de humo perfecta: mientras se multiplica la retórica sobre emisiones y temperaturas, se desatienden las tareas básicas de mantenimiento forestal, se tolera el abandono rural y se priorizan intereses partidistas o clientelares.
El verdadero “cambio” que necesita el planeta y los países no es otro ciclo de cumbres internacionales y normativas simbólicas, sino un cambio político profundo que sustituya a ladrones, ineptos, sinvergüenzas y delincuentes por personas honestas, competentes y que sirvan al interés general en lugar de servirse del poder.
Muchos estamos convencidos de que si se expulsan del poder a los corruptos y delincuentes, el bosque dejaría de arder.
El clima siempre ha variado. A lo largo de la historia de la Tierra ha habido periodos más cálidos y más fríos, veranos abrasadores e inviernos más duros que los actuales.
El error grave consiste en convertir esos cambios cíclicos en una religión política que absuelve a los gobernantes de su negligencia diaria.
El clima no limpia ni deja de limpiar un monte; los políticos sí deciden si se hace o no.
Lo que sí es históricamente excepcional es el nivel de indecencia y corrupción que se ha instalado en demasiadas élites políticas. Nunca antes tantos cargos públicos habían mostrado tan poco respeto por el bien común, tanta impunidad y tanto desprecio por la responsabilidad.
El planeta y los pueblos necesitan menos grandilocuencia climática y más cambio político real: líderes que limpien los montes, gestionen con rigor, rindan cuentas y antepongan el servicio a la ciudadanía a su propia supervivencia.
Mientras eso no ocurra, los incendios seguirán siendo el síntoma visible de una enfermedad mucho más profunda: la degradación de la política.
Francisco Rubiales







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