La alianza entre Washington y Rabat es cada día más sólida y los imbéciles de Moncloa no reaccionan
En paralelo, Marruecos estrecha sus alianzas con dos potencias a las que el sanchismo ha conseguido irritar o alejar: Estados Unidos e Israel.
El 16 de septiembre, en Nueva York, el ministro Nasser Bourita se reunió con Gideon Sa’ar y el embajador estadounidense ante la ONU, Mike Waltz. El comunicado no fue cosmética: embajadas plenas, seguridad, economía y, lo más político, el respaldo explícito de Washington y Jerusalén a la soberanía marroquí sobre el Sáhara.
Ese encuentro en territorio estadounidense, en plena resaca de Ceuta, no es un detalle de agenda. Es un mensaje de jerarquía. Marruecos se sienta con quien tiene aviones, misiles, veto e influencia, mientras España, bajo Sánchez, aparece como el socio incómodo de la OTAN, el Gobierno que llega tarde a sus propias crisis y que prefiere señalar “bulos” antes que admitir que la frontera sur se le fue de las manos.
Quien se siente ofendido por Moncloa no tiene por qué inventar una conspiración: le basta con premiar al vecino disciplinado y dejar solo al que improvisa. Rabat lo ha entendido. Por eso rearme y diplomacia avanzan juntos: el acero por un lado, el paraguas político por el otro.
La tesis de una guerra abierta no es unánime —hay militares que la consideran suicida a corto plazo—, pero eso no consuela a quien observa el método marroquí. La presión no necesita empezar con tanques en Algeciras.
Puede empezar, y de hecho ha empezado, como guerra híbrida: avalanchas presentadas como espontáneas, reivindicaciones sobre Ceuta y Melilla, ciberdefensa reforzada y un rearme pensado para que el sur de España deje de sentirse retaguardia segura.
Marruecos despliega la estrategia de un Estado que mide la debilidad ajena y acumula superioridad donde más duele.
El sanchismo responderá que alarmar es hacer el juego a Rabat. Al contrario: el juego a Rabat se lo hace quien ignora alertas, entrega buques con discreción en medio de la crisis y contempla cómo el vecino se arma y refuerza sus alianzas, mientras España se divide.
A Marruecos, para alcanzar la victoria, le basta con que Madrid siga gobernada por la confusión, el aislamiento y la cobardía diplomática.
En geopolítica, el país que se arma y refuerza alianzas en Nueva York no está pidiendo permiso. Está calculando sus opciones de victoria y reforzando su martillo, mientras la otra parte, idiotizada y engreída, sólo exhibe su estúpido y débil relato sanchista.
Francisco Rubiales
El 16 de septiembre, en Nueva York, el ministro Nasser Bourita se reunió con Gideon Sa’ar y el embajador estadounidense ante la ONU, Mike Waltz. El comunicado no fue cosmética: embajadas plenas, seguridad, economía y, lo más político, el respaldo explícito de Washington y Jerusalén a la soberanía marroquí sobre el Sáhara.
Ese encuentro en territorio estadounidense, en plena resaca de Ceuta, no es un detalle de agenda. Es un mensaje de jerarquía. Marruecos se sienta con quien tiene aviones, misiles, veto e influencia, mientras España, bajo Sánchez, aparece como el socio incómodo de la OTAN, el Gobierno que llega tarde a sus propias crisis y que prefiere señalar “bulos” antes que admitir que la frontera sur se le fue de las manos.
Quien se siente ofendido por Moncloa no tiene por qué inventar una conspiración: le basta con premiar al vecino disciplinado y dejar solo al que improvisa. Rabat lo ha entendido. Por eso rearme y diplomacia avanzan juntos: el acero por un lado, el paraguas político por el otro.
La tesis de una guerra abierta no es unánime —hay militares que la consideran suicida a corto plazo—, pero eso no consuela a quien observa el método marroquí. La presión no necesita empezar con tanques en Algeciras.
Puede empezar, y de hecho ha empezado, como guerra híbrida: avalanchas presentadas como espontáneas, reivindicaciones sobre Ceuta y Melilla, ciberdefensa reforzada y un rearme pensado para que el sur de España deje de sentirse retaguardia segura.
Marruecos despliega la estrategia de un Estado que mide la debilidad ajena y acumula superioridad donde más duele.
El sanchismo responderá que alarmar es hacer el juego a Rabat. Al contrario: el juego a Rabat se lo hace quien ignora alertas, entrega buques con discreción en medio de la crisis y contempla cómo el vecino se arma y refuerza sus alianzas, mientras España se divide.
A Marruecos, para alcanzar la victoria, le basta con que Madrid siga gobernada por la confusión, el aislamiento y la cobardía diplomática.
En geopolítica, el país que se arma y refuerza alianzas en Nueva York no está pidiendo permiso. Está calculando sus opciones de victoria y reforzando su martillo, mientras la otra parte, idiotizada y engreída, sólo exhibe su estúpido y débil relato sanchista.
Francisco Rubiales







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