Donald Trump encarna el colapso definitivo del orden angloamericano que ha regido el destino del mundo durante más de un siglo.
Surgido de las cenizas de las dos guerras mundiales y consolidado tras la victoria en la Guerra Fría, este sistema se basaba en la supremacía económica, militar y cultural de Estados Unidos y Gran Bretaña.
Trump, incomprensiblemente, ha acelerado la desintegración de esa arquitectura global e iniciado el fin de esa hegemonía mundial, victima de un agotamiento profundo. Estamos en el final de la era en la que Washington y Londres dictaban las reglas del juego internacional.
En el corazón de este orden se encontraba la OTAN, el pilar militar que garantizaba la hegemonía angloamericana. Trump ha roto ese pilar. Sus exigencias brutales de que los aliados europeos aumenten drásticamente su gasto en defensa, sus amenazas de abandonar la alianza y su desprecio público hacia los líderes europeos han fracturado la cohesión transatlántica. Lo que antes era una relación de confianza mutua y dependencia estratégica se ha convertido en recelo y resentimiento.
La OTAN, como instrumento de proyección de poder estadounidense, ya no funciona. Trump ha destruido los lazos, sutiles pero esenciales, de confianza que unían al llamado “mundo libre”.
Los viejos aliados ya no ven en Washington un socio confiable, sino un actor impredecible y caprichoso, exigente y dispuesto a la traición.
Sin esa red invisible de lealtades, el imperio informal angloamericano pierde su principal fuente de legitimidad y poder. Países como China, Rusia, India y Brasil aprovechan el vacío para construir órdenes paralelos.
Lo que Trump representa no es una reforma, sino el epitafio de una era que creyó ser eterna.
El drama fue terrible para los antiguos aliados de la entente angloamericana. Muchas cosas se rompieron para siempre cuando Trump amenazó con conquistar Groenlandia por la fuerza y con abandonar a sus aliados europeos si Rusia los atacaba. La confianza saltó por los aires y abrió heridas que nunca se cierran.
Ahora Trump amenaza con expulsar a España de la OTAN y de castigar también a Gran Bretaña, Alemania e Italia por no haber ayudado a Washington en la guerra de Irán, pero la OTAN ya no existe y las amenazas del amo americano ya no asustan.
Cuando desaparece la confianza entre aliados, incluso la mayor potencia pierde capacidad para liderar, persuadir y coordinar respuestas comunes frente a desafíos globales.
Trump ha olvidado algo elemental: Ningún imperio se sostiene solo por la fuerza. Todos necesitan aliados, legitimidad, cooperación y una visión común con sus socios.
Trump corre el riesgo de pasar a la Historia como el idiota que destrozó la mas eficaz y sólida alianza militar de todos los tiempos, la que derrotó a la URSS y dominó el mundo durante décadas.
Francisco Rubiales
Surgido de las cenizas de las dos guerras mundiales y consolidado tras la victoria en la Guerra Fría, este sistema se basaba en la supremacía económica, militar y cultural de Estados Unidos y Gran Bretaña.
Trump, incomprensiblemente, ha acelerado la desintegración de esa arquitectura global e iniciado el fin de esa hegemonía mundial, victima de un agotamiento profundo. Estamos en el final de la era en la que Washington y Londres dictaban las reglas del juego internacional.
En el corazón de este orden se encontraba la OTAN, el pilar militar que garantizaba la hegemonía angloamericana. Trump ha roto ese pilar. Sus exigencias brutales de que los aliados europeos aumenten drásticamente su gasto en defensa, sus amenazas de abandonar la alianza y su desprecio público hacia los líderes europeos han fracturado la cohesión transatlántica. Lo que antes era una relación de confianza mutua y dependencia estratégica se ha convertido en recelo y resentimiento.
La OTAN, como instrumento de proyección de poder estadounidense, ya no funciona. Trump ha destruido los lazos, sutiles pero esenciales, de confianza que unían al llamado “mundo libre”.
Los viejos aliados ya no ven en Washington un socio confiable, sino un actor impredecible y caprichoso, exigente y dispuesto a la traición.
Sin esa red invisible de lealtades, el imperio informal angloamericano pierde su principal fuente de legitimidad y poder. Países como China, Rusia, India y Brasil aprovechan el vacío para construir órdenes paralelos.
Lo que Trump representa no es una reforma, sino el epitafio de una era que creyó ser eterna.
El drama fue terrible para los antiguos aliados de la entente angloamericana. Muchas cosas se rompieron para siempre cuando Trump amenazó con conquistar Groenlandia por la fuerza y con abandonar a sus aliados europeos si Rusia los atacaba. La confianza saltó por los aires y abrió heridas que nunca se cierran.
Ahora Trump amenaza con expulsar a España de la OTAN y de castigar también a Gran Bretaña, Alemania e Italia por no haber ayudado a Washington en la guerra de Irán, pero la OTAN ya no existe y las amenazas del amo americano ya no asustan.
Cuando desaparece la confianza entre aliados, incluso la mayor potencia pierde capacidad para liderar, persuadir y coordinar respuestas comunes frente a desafíos globales.
Trump ha olvidado algo elemental: Ningún imperio se sostiene solo por la fuerza. Todos necesitan aliados, legitimidad, cooperación y una visión común con sus socios.
Trump corre el riesgo de pasar a la Historia como el idiota que destrozó la mas eficaz y sólida alianza militar de todos los tiempos, la que derrotó a la URSS y dominó el mundo durante décadas.
Francisco Rubiales








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