Esta es la imagen de la polémica, calificada de blasfema por líderes religiosos en Estados Unidos.
Aunque la imagen fue eliminada rápidamente ante la oleada de reacciones negativas, el incidente ha mostrado una faceta cada vez más errática del mandatario, que muchos interpretan como un signo de desequilibrio profundo.
La respuesta no se hizo esperar y provino incluso de sus aliados más fieles en el espectro religioso conservador. Líderes evangélicos y católicos, que hasta ahora habían sido pilares incondicionales de su apoyo, lo acusaron abiertamente de blasfemia, calificando el gesto de “grotesco” y “ofensivo” para la fe cristiana.
Figuras como la comentarista Megan Basham o la activista Brilyn Hollyhand expresaron su indignación en redes sociales, afirmando que “la fe no es un accesorio” y que Trump parecía “desquiciado” al compararse, aunque fuera visualmente, con Jesucristo.
Este enfrentamiento directo con el pontífice y la posterior imagen mesiánica han generado un rechazo transversal que trasciende las líneas partidistas habituales. Como consecuencia directa, la popularidad de Trump cae en picado incluso entre su base más leal, según primeras encuestas y el eco en redes sociales.
El pilar evangélico y católico, clave en su reelección, comienza a resquebrajarse ante lo que muchos ven como un acto de arrogancia desmedida y falta total de mesura.
Este episodio no solo destroza su imagen de líder fuerte, sino que plantea también serias dudas sobre su estabilidad emocional, dejando al descubierto cómo un presidente que se creía invencible podría estar cavando su propia tumba política con decisiones cada vez más impredecibles y autodestructivas.
Todo indica que la resistencia de los ayatolás y las dificultades para obtener una victoria le están desquiciando y alterando su mente.
El mundo, con un Trump desquiciado y amenazante, que no sabe como ganar su guerra y rompiendo sus alianzas más sólidas, las de la OTAN y las del apoyo de los cristianos, es cada día más inseguro e impredecible.
Francisco Rubiales
La respuesta no se hizo esperar y provino incluso de sus aliados más fieles en el espectro religioso conservador. Líderes evangélicos y católicos, que hasta ahora habían sido pilares incondicionales de su apoyo, lo acusaron abiertamente de blasfemia, calificando el gesto de “grotesco” y “ofensivo” para la fe cristiana.
Figuras como la comentarista Megan Basham o la activista Brilyn Hollyhand expresaron su indignación en redes sociales, afirmando que “la fe no es un accesorio” y que Trump parecía “desquiciado” al compararse, aunque fuera visualmente, con Jesucristo.
Este enfrentamiento directo con el pontífice y la posterior imagen mesiánica han generado un rechazo transversal que trasciende las líneas partidistas habituales. Como consecuencia directa, la popularidad de Trump cae en picado incluso entre su base más leal, según primeras encuestas y el eco en redes sociales.
El pilar evangélico y católico, clave en su reelección, comienza a resquebrajarse ante lo que muchos ven como un acto de arrogancia desmedida y falta total de mesura.
Este episodio no solo destroza su imagen de líder fuerte, sino que plantea también serias dudas sobre su estabilidad emocional, dejando al descubierto cómo un presidente que se creía invencible podría estar cavando su propia tumba política con decisiones cada vez más impredecibles y autodestructivas.
Todo indica que la resistencia de los ayatolás y las dificultades para obtener una victoria le están desquiciando y alterando su mente.
El mundo, con un Trump desquiciado y amenazante, que no sabe como ganar su guerra y rompiendo sus alianzas más sólidas, las de la OTAN y las del apoyo de los cristianos, es cada día más inseguro e impredecible.
Francisco Rubiales







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