La visita a España de León XIV está generando más preguntas que respuestas.
La visita apostólica ha sido recibida con un entusiasmo inusitado por sectores que, hasta hace poco, veían en la Iglesia católica un adversario histórico.
Medios públicos, televisiones y radios alineadas con la izquierda más radical, junto a voces habitualmente anticatólicas, han dedicado cobertura masiva y elogiosa al Pontífice.
Este apoyo coral invita a una reflexión incómoda: ¿no resulta sospechoso que quienes han promovido la secularización agresiva, las leyes contra la libertad religiosa y un laicismo militante ahora se sumen al coro de alabanzas? ¿No es esto un indicio claro de que comparten el mismo proyecto globalista?
El Papa ha insistido en sus intervenciones en la “cultura del encuentro”, la reconciliación y la necesidad de superar la polarización y el odio. Mensajes universales y loables en principio. Sin embargo, en un país como España —donde un gobierno de izquierdas arrastra escándalos de corrupción, mentiras institucionales y un rechazo mayoritario en amplios sectores de la población—, brilla por su ausencia cualquier referencia concreta a los gobernantes que se enriquecen en el poder, que son investigados por la Justicia independiente y que dividen a la sociedad con políticas identitarias y clientelismo.
El silencio del papa sobre estos asuntos de primordial importancia es ensordecedor.
León XIV ha hablado de abandonar narrativas divisivas y de promover la paz social. Pero en España la polarización tiene nombres y apellidos. Tiene que ver con indultos a golpistas, leyes de memoria que reescriben la historia, alianzas con separatistas y populistas, y una gestión de la inmigración que genera tensiones reales en barrios y ciudades. Tiene que ver con casos de corrupción que salpican a altos cargos y que, lejos de ser combatidos con transparencia, se intentan tapar con distracciones culturales o morales.
Mientras el Papa condena genéricamente el “odio”, los medios que ahora lo aplauden han pasado años demonizando a media España: llamando fascistas a votantes del centro-derecha, persiguiendo a la Iglesia por sus valores en educación o familia, y justificando un activismo judicial selectivo.
El apoyo unánime de estas voces sincronizadas sugiere que ven en esta visita papal una oportunidad perfecta de blanqueo político. Un Pontífice que critica la “ultraderecha” o la crispación sin señalar con igual claridad los abusos e iniquidades del Ejecutivo resulta sospechoso.
En España, hay un globalismo con sotana. Parte de la Iglesia, bajo influencia de corrientes progresistas, ha abrazado causas que encajan como anillo al dedo con el globalismo contemporáneo: migración sin límites, ecologismo alarmista, multilateralismo que erosiona soberanías nacionales y un discurso sobre la “fraternidad universal” que diluye las identidades culturales y religiosas concretas.
Las mismas élites que promueven el Foro de Davos encuentran en ciertos mensajes papales un aliado retórico inesperado.
En España, esto se traduce en un Gobierno que instrumentaliza la visita para aparentar normalidad institucional mientras sus ministros acumulan causas judiciales y hasta el mismo partido y el número "UNO" están al borde de ser procesados.
La izquierda mediática, que hace unos años exigía “expropiar” bienes de la Iglesia o reducir su presencia pública, ahora celebra al Papa como baluarte de la “convivencia”. Es obvio que lo hace porque beneficia al que gobierna.
¿Dónde quedan las denuncias proféticas que la tradición católica ha exigido históricamente ante el abuso de poder?
España vive una crisis de confianza profunda. Millones de españoles se sienten huérfanos de representación, hartos de mentiras, de impuestos confiscatorios y de una justicia que parece más rápida contra la disidencia que contra los corruptos. Una visita papal que omite estas realidades —centrándose en abstracciones morales— corre el riesgo de ser percibida no como mensaje evangélico puro, sino como intervención política indirecta.
La fe católica ha sido siempre consuelo de los oprimidos y freno al tirano, no cortina de humo para quienes ostentan el poder.
No se trata de exigir al Papa que se convierta en líder de oposición, sino de que no sea neutral ante la injusticia flagrante. Hablar contra la polarización es fácil; señalar a los poderosos que la alimentan con sus actos es mucho más incómodo.
Esta visita deja una sensación agridulce. Los españoles, en especial los que siguen a Cristo, esperan que la luz de la verdad ilumine también los rincones oscuros del poder.
Sospechosamente, todos los políticos, de derecha, izquierda, nacionalistas y hasta herederos del terrorismo asesino, se sienten a gusto con los discursos del papa. Hasta el Rufián se siente cómodo. ¿No será porque el meollo del drama español no se está atacando? ¿No será porque el papa León no se atreve a entrar en la pocilga?
Francisco Rubiales
La visita apostólica ha sido recibida con un entusiasmo inusitado por sectores que, hasta hace poco, veían en la Iglesia católica un adversario histórico.
Medios públicos, televisiones y radios alineadas con la izquierda más radical, junto a voces habitualmente anticatólicas, han dedicado cobertura masiva y elogiosa al Pontífice.
Este apoyo coral invita a una reflexión incómoda: ¿no resulta sospechoso que quienes han promovido la secularización agresiva, las leyes contra la libertad religiosa y un laicismo militante ahora se sumen al coro de alabanzas? ¿No es esto un indicio claro de que comparten el mismo proyecto globalista?
El Papa ha insistido en sus intervenciones en la “cultura del encuentro”, la reconciliación y la necesidad de superar la polarización y el odio. Mensajes universales y loables en principio. Sin embargo, en un país como España —donde un gobierno de izquierdas arrastra escándalos de corrupción, mentiras institucionales y un rechazo mayoritario en amplios sectores de la población—, brilla por su ausencia cualquier referencia concreta a los gobernantes que se enriquecen en el poder, que son investigados por la Justicia independiente y que dividen a la sociedad con políticas identitarias y clientelismo.
El silencio del papa sobre estos asuntos de primordial importancia es ensordecedor.
León XIV ha hablado de abandonar narrativas divisivas y de promover la paz social. Pero en España la polarización tiene nombres y apellidos. Tiene que ver con indultos a golpistas, leyes de memoria que reescriben la historia, alianzas con separatistas y populistas, y una gestión de la inmigración que genera tensiones reales en barrios y ciudades. Tiene que ver con casos de corrupción que salpican a altos cargos y que, lejos de ser combatidos con transparencia, se intentan tapar con distracciones culturales o morales.
Mientras el Papa condena genéricamente el “odio”, los medios que ahora lo aplauden han pasado años demonizando a media España: llamando fascistas a votantes del centro-derecha, persiguiendo a la Iglesia por sus valores en educación o familia, y justificando un activismo judicial selectivo.
El apoyo unánime de estas voces sincronizadas sugiere que ven en esta visita papal una oportunidad perfecta de blanqueo político. Un Pontífice que critica la “ultraderecha” o la crispación sin señalar con igual claridad los abusos e iniquidades del Ejecutivo resulta sospechoso.
En España, hay un globalismo con sotana. Parte de la Iglesia, bajo influencia de corrientes progresistas, ha abrazado causas que encajan como anillo al dedo con el globalismo contemporáneo: migración sin límites, ecologismo alarmista, multilateralismo que erosiona soberanías nacionales y un discurso sobre la “fraternidad universal” que diluye las identidades culturales y religiosas concretas.
Las mismas élites que promueven el Foro de Davos encuentran en ciertos mensajes papales un aliado retórico inesperado.
En España, esto se traduce en un Gobierno que instrumentaliza la visita para aparentar normalidad institucional mientras sus ministros acumulan causas judiciales y hasta el mismo partido y el número "UNO" están al borde de ser procesados.
La izquierda mediática, que hace unos años exigía “expropiar” bienes de la Iglesia o reducir su presencia pública, ahora celebra al Papa como baluarte de la “convivencia”. Es obvio que lo hace porque beneficia al que gobierna.
¿Dónde quedan las denuncias proféticas que la tradición católica ha exigido históricamente ante el abuso de poder?
España vive una crisis de confianza profunda. Millones de españoles se sienten huérfanos de representación, hartos de mentiras, de impuestos confiscatorios y de una justicia que parece más rápida contra la disidencia que contra los corruptos. Una visita papal que omite estas realidades —centrándose en abstracciones morales— corre el riesgo de ser percibida no como mensaje evangélico puro, sino como intervención política indirecta.
La fe católica ha sido siempre consuelo de los oprimidos y freno al tirano, no cortina de humo para quienes ostentan el poder.
No se trata de exigir al Papa que se convierta en líder de oposición, sino de que no sea neutral ante la injusticia flagrante. Hablar contra la polarización es fácil; señalar a los poderosos que la alimentan con sus actos es mucho más incómodo.
Esta visita deja una sensación agridulce. Los españoles, en especial los que siguen a Cristo, esperan que la luz de la verdad ilumine también los rincones oscuros del poder.
Sospechosamente, todos los políticos, de derecha, izquierda, nacionalistas y hasta herederos del terrorismo asesino, se sienten a gusto con los discursos del papa. Hasta el Rufián se siente cómodo. ¿No será porque el meollo del drama español no se está atacando? ¿No será porque el papa León no se atreve a entrar en la pocilga?
Francisco Rubiales








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