Esa Roja es la cara opuesta de una política que vive del enfrentamiento, la división y el cálculo partidista.
Los futbolistas han recordado a una nación exhausta de polarización que, cuando los españoles remamos en la misma dirección, somos imbatibles.
Su triunfo no es solo deportivo: es moral y cívico.
Los políticos que nos gobiernan representan exactamente lo contrario. En lugar de unir, dividen; en lugar de esforzarse por el bien común, se afanan en perpetuar sus privilegios y destruir al adversario. Mientras los jugadores se sacrificaban en cada entrenamiento y partido, los dirigentes dilapidan el patrimonio nacional en pactos contra natura, amnistías vergonzosas y clientelismo descarado.
La selección ha demostrado que el liderazgo verdadero consiste en motivar, no en desalentar; en sumar voluntades, no en aplastar al adversario.
España entera ha vibrado con la Roja porque ha visto en ella lo que le niega su clase política: orgullo compartido, excelencia y hermandad.
Pedro Sánchez, como principal piedra de división y escándalo, debería aprender urgentemente del seleccionador y de sus jugadores. En vez de dinamitar la unidad nacional con su ejemplo de polarización constante, tendría que imitar esa capacidad de aglutinar esfuerzos hacia una meta superior. La nación necesita un presidente que practique la piedad, la honradez y el esfuerzo real, no la demagogia barata. Un líder que una a los españoles en lugar de enfrentarlos por bloques electorales.
La Roja ha mostrado el camino que tantas veces ha demostrado la Historia de España: el talento y la voluntad pueden superar cualquier obstáculo cuando se antepone el equipo a las vanidades personales.
España debe tomar nota de esta lección histórica. Si los futbolistas han sido capaces de dejar atrás diferencias para conquistar el mundo, los ciudadanos también pueden exigir a sus representantes que hagan lo mismo.
Basta ya de divisiones artificiales, de odios cultivados, de corrupciones, vilezas y fracasos programados.
La victoria de la selección no solo llena de orgullo; obliga a reflexionar. O aprendemos de nuestros jugadores o seguiremos condenados al retroceso mientras otros avanzan unidos.
La Roja ha ganado un título mundial; España necesita ganar su futuro.
Francisco Rubiales
Los futbolistas han recordado a una nación exhausta de polarización que, cuando los españoles remamos en la misma dirección, somos imbatibles.
Su triunfo no es solo deportivo: es moral y cívico.
Los políticos que nos gobiernan representan exactamente lo contrario. En lugar de unir, dividen; en lugar de esforzarse por el bien común, se afanan en perpetuar sus privilegios y destruir al adversario. Mientras los jugadores se sacrificaban en cada entrenamiento y partido, los dirigentes dilapidan el patrimonio nacional en pactos contra natura, amnistías vergonzosas y clientelismo descarado.
La selección ha demostrado que el liderazgo verdadero consiste en motivar, no en desalentar; en sumar voluntades, no en aplastar al adversario.
España entera ha vibrado con la Roja porque ha visto en ella lo que le niega su clase política: orgullo compartido, excelencia y hermandad.
Pedro Sánchez, como principal piedra de división y escándalo, debería aprender urgentemente del seleccionador y de sus jugadores. En vez de dinamitar la unidad nacional con su ejemplo de polarización constante, tendría que imitar esa capacidad de aglutinar esfuerzos hacia una meta superior. La nación necesita un presidente que practique la piedad, la honradez y el esfuerzo real, no la demagogia barata. Un líder que una a los españoles en lugar de enfrentarlos por bloques electorales.
La Roja ha mostrado el camino que tantas veces ha demostrado la Historia de España: el talento y la voluntad pueden superar cualquier obstáculo cuando se antepone el equipo a las vanidades personales.
España debe tomar nota de esta lección histórica. Si los futbolistas han sido capaces de dejar atrás diferencias para conquistar el mundo, los ciudadanos también pueden exigir a sus representantes que hagan lo mismo.
Basta ya de divisiones artificiales, de odios cultivados, de corrupciones, vilezas y fracasos programados.
La victoria de la selección no solo llena de orgullo; obliga a reflexionar. O aprendemos de nuestros jugadores o seguiremos condenados al retroceso mientras otros avanzan unidos.
La Roja ha ganado un título mundial; España necesita ganar su futuro.
Francisco Rubiales







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