Hoy ha sido derribada la verja que separaba España de la vil colonia de Gibraltar, un acto simbólico que representa no un gesto de buena vecindad, sino una capitulación humillante ante el Reino Unido.
Durante décadas, esa barrera física encarnó la resistencia española a la ocupación ilegal de un territorio que, por historia, geografía y derecho, pertenece a la soberanía nacional.
Su eliminación no solo borra un recordatorio visible de la injusticia colonial, sino que normaliza la presencia británica en suelo ibérico, como si el expolio de 1713 fuera un hecho consumado e irreversible.
En lugar de aprovechar el contexto pos-Brexit para presionar con firmeza por la devolución, el Gobierno español de Sánchez, sin dignidad e interesado solo en los privilegios del poder y el dinero, opta por la vía de la concesión, debilitando cualquier argumento futuro de reclamación y enviando un mensaje de debilidad a la comunidad internacional.
El derribo de la verja constituye una vergonzosa rendición frente a Inglaterra, una aceptación oficial de la pertenencia a la corona británica de ese trozo de suelo español que nunca debió ser cedido.
Lejos de resolver tensiones, este gesto unilateral consolida el statu quo colonial y renuncia implícitamente a la reivindicación histórica que ha unido a generaciones de españoles.
Mientras otras naciones defienden con uñas y dientes sus territorios ultramarinos, España parece resignada a sacrificar su integridad territorial en aras de una supuesta cooperación económica que, en la práctica, beneficia más a los gibraltareños y a los intereses londinenses que al conjunto del pueblo español.
La verja, criticada por algunos como anacrónica, era en realidad un símbolo de dignidad y protesta permanente contra el latrocinio.
Había más dignidad, protesta y defensa de la soberanía en la verja que impuso el franquismo que en la actitud contemporánea de rendición.
Aquella barrera, erigida en un contexto de aislamiento internacional, mantenía viva la llama de la reclamación y recordaba diariamente a propios y extraños que Gibraltar es una herida abierta en el mapa de España.
Hoy, al derribarla, se legitima el colonialismo residual en pleno siglo XXI.
Los acuerdos de apertura de fronteras y colaboración se presentan como victorias, pero ocultan la realidad de una oportunidad perdida para exigir, con el respaldo de la Unión Europea y el derecho internacional, el fin de la anomalía gibraltareña.
Con este acto, España pierde una gran oportunidad histórica para recuperar la soberanía robada, postergando indefinidamente la aspiración nacional de reintegrar Gibraltar al territorio patrio.
En un momento en que el debilitamiento británico tras el Brexit abría una ventana propicia para negociaciones firmes, la política de concesiones y gestos simbólicos cierra esa puerta.
Las futuras generaciones contemplarán este derribo no como un avance, sino como un capítulo que perpetuó la anomalía colonial en la península.
Que asco y rabia produce tener que soportar la renuncia de políticos sin alma a un pedazo irrenunciable de la patria.
Francisco Rubiales
Durante décadas, esa barrera física encarnó la resistencia española a la ocupación ilegal de un territorio que, por historia, geografía y derecho, pertenece a la soberanía nacional.
Su eliminación no solo borra un recordatorio visible de la injusticia colonial, sino que normaliza la presencia británica en suelo ibérico, como si el expolio de 1713 fuera un hecho consumado e irreversible.
En lugar de aprovechar el contexto pos-Brexit para presionar con firmeza por la devolución, el Gobierno español de Sánchez, sin dignidad e interesado solo en los privilegios del poder y el dinero, opta por la vía de la concesión, debilitando cualquier argumento futuro de reclamación y enviando un mensaje de debilidad a la comunidad internacional.
El derribo de la verja constituye una vergonzosa rendición frente a Inglaterra, una aceptación oficial de la pertenencia a la corona británica de ese trozo de suelo español que nunca debió ser cedido.
Lejos de resolver tensiones, este gesto unilateral consolida el statu quo colonial y renuncia implícitamente a la reivindicación histórica que ha unido a generaciones de españoles.
Mientras otras naciones defienden con uñas y dientes sus territorios ultramarinos, España parece resignada a sacrificar su integridad territorial en aras de una supuesta cooperación económica que, en la práctica, beneficia más a los gibraltareños y a los intereses londinenses que al conjunto del pueblo español.
La verja, criticada por algunos como anacrónica, era en realidad un símbolo de dignidad y protesta permanente contra el latrocinio.
Había más dignidad, protesta y defensa de la soberanía en la verja que impuso el franquismo que en la actitud contemporánea de rendición.
Aquella barrera, erigida en un contexto de aislamiento internacional, mantenía viva la llama de la reclamación y recordaba diariamente a propios y extraños que Gibraltar es una herida abierta en el mapa de España.
Hoy, al derribarla, se legitima el colonialismo residual en pleno siglo XXI.
Los acuerdos de apertura de fronteras y colaboración se presentan como victorias, pero ocultan la realidad de una oportunidad perdida para exigir, con el respaldo de la Unión Europea y el derecho internacional, el fin de la anomalía gibraltareña.
Con este acto, España pierde una gran oportunidad histórica para recuperar la soberanía robada, postergando indefinidamente la aspiración nacional de reintegrar Gibraltar al territorio patrio.
En un momento en que el debilitamiento británico tras el Brexit abría una ventana propicia para negociaciones firmes, la política de concesiones y gestos simbólicos cierra esa puerta.
Las futuras generaciones contemplarán este derribo no como un avance, sino como un capítulo que perpetuó la anomalía colonial en la península.
Que asco y rabia produce tener que soportar la renuncia de políticos sin alma a un pedazo irrenunciable de la patria.
Francisco Rubiales







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