No promueven la paz. La odian. No defienden valores. Los prostituyen. No persiguen el bien común. Lo saquean.
Miren la realidad sin filtros. Estos individuos no resuelven conflictos: los fabrican o los prolongan porque la guerra es negocio, distracción y coartada perfecta para el autoritarismo.
Enviaron y envían a jóvenes a morir por intereses geopolíticos, por gasoductos, por minerales raros o simplemente por alimentar su ego megalómano.
Mientras tanto, ellos firman las órdenes desde bunkers climatizados, posan en cumbres de lujo y luego lloran lágrimas de cocodrilo ante las cámaras.
Son los auténticos criminales de lesa humanidad de nuestro tiempo, pero con corbata, protocolo y custodiados por la policía. La sangre de millones no les quita el sueño; solo les genera más poder.
La polarización no es un accidente. Es su estrategia maestra. Dividir para reinar es el único principio que practican con rigor. Enfrentan a pobres contra pobres, a regiones contra regiones, a identidades contra identidades, mientras ellos, los de arriba, siguen cobrando sus sueldos millonarios, sus dietas, sus pensiones vitalicias y sus comisiones ocultas.
Siembran odio porque un pueblo que se odia a sí mismo nunca se volverá contra sus verdaderos opresores. La mentira es su idioma oficial. Prometen lo que saben que no cumplirán, distorsionan cifras, compran periodistas, financian campañas de desinformación y, cuando los pillan, mienten otra vez con más descaro. El engaño es su método de gobierno.
La corrupción no es un cáncer que hay que extirpar. Es el sistema mismo.
Estos parásitos han convertido el Estado en una máquina de transferencia de riqueza desde los bolsillos de los ciudadanos hacia sus cuentas, sus familias y sus redes de favores.
Desvían fondos públicos, adjudican contratos a dedo, venden países enteros a corporaciones extranjeras y luego tienen la cara de pedir “austeridad” a los de abajo. Mientras un niño muere por falta de medicinas o un anciano se congela en su casa, ellos inauguran aeropuertos fantasma, trenes de alta velocidad para nadie y palacios de verano.
Esto no es política. Es pillaje a escala planetaria.
Para ellos no existe el bien común. Solo existen el poder, el dinero y la impunidad.
Han degradado la democracia hasta convertirla en una farsa. Han degradado las instituciones hasta hacerlas cómplices. Han degradado el lenguaje hasta hacer imposible el debate honesto.
Son los peores de entre nosotros los que ascienden, porque el sistema premia la ambición sin límites, la falta de escrúpulos y la capacidad de traicionar.
Imaginemos, aunque duela, el mundo que podría existir si los líderes fueran los mejores y no los peores. Si en lugar de ambiciosos sin alma tuviéramos servidores públicos de verdad: personas íntegras, competentes, con visión de largo plazo y genuina preocupación por los demás.
Ese mundo no sería una utopía ridícula. Sería simplemente normal. Habría paz real porque se negociaría de buena fe. Habría prosperidad compartida porque los recursos no se robarían. Habría educación y salud universales porque no se desviarían fondos. Habría futuro y no angustia.
Los mejores no nos llevarían a la guerra. Los mejores no nos mentirían. Los mejores no nos robarían.
Pero no. Tenemos a los más cínicos y canallas. Los honestos son apartados, ridiculizados o comprados.
La gente está harta y furiosa.
Esto es una infamia. No podemos seguir creyendo que “todos los políticos son iguales” como excusa. No todos son iguales. Hay una diferencia abismal entre el que roba y el que no, entre el que miente y el que dice la verdad, entre el que siembra odio y el que intenta unir.
Queremos servidores, no amos. Queremos honor, no impunidad.
El problema son ellos. Y mientras no los señalemos, los juzguemos y los apartemos sin piedad, seguiremos siendo cómplices de nuestra propia ruina.
Francisco Rubiales
Miren la realidad sin filtros. Estos individuos no resuelven conflictos: los fabrican o los prolongan porque la guerra es negocio, distracción y coartada perfecta para el autoritarismo.
Enviaron y envían a jóvenes a morir por intereses geopolíticos, por gasoductos, por minerales raros o simplemente por alimentar su ego megalómano.
Mientras tanto, ellos firman las órdenes desde bunkers climatizados, posan en cumbres de lujo y luego lloran lágrimas de cocodrilo ante las cámaras.
Son los auténticos criminales de lesa humanidad de nuestro tiempo, pero con corbata, protocolo y custodiados por la policía. La sangre de millones no les quita el sueño; solo les genera más poder.
La polarización no es un accidente. Es su estrategia maestra. Dividir para reinar es el único principio que practican con rigor. Enfrentan a pobres contra pobres, a regiones contra regiones, a identidades contra identidades, mientras ellos, los de arriba, siguen cobrando sus sueldos millonarios, sus dietas, sus pensiones vitalicias y sus comisiones ocultas.
Siembran odio porque un pueblo que se odia a sí mismo nunca se volverá contra sus verdaderos opresores. La mentira es su idioma oficial. Prometen lo que saben que no cumplirán, distorsionan cifras, compran periodistas, financian campañas de desinformación y, cuando los pillan, mienten otra vez con más descaro. El engaño es su método de gobierno.
La corrupción no es un cáncer que hay que extirpar. Es el sistema mismo.
Estos parásitos han convertido el Estado en una máquina de transferencia de riqueza desde los bolsillos de los ciudadanos hacia sus cuentas, sus familias y sus redes de favores.
Desvían fondos públicos, adjudican contratos a dedo, venden países enteros a corporaciones extranjeras y luego tienen la cara de pedir “austeridad” a los de abajo. Mientras un niño muere por falta de medicinas o un anciano se congela en su casa, ellos inauguran aeropuertos fantasma, trenes de alta velocidad para nadie y palacios de verano.
Esto no es política. Es pillaje a escala planetaria.
Para ellos no existe el bien común. Solo existen el poder, el dinero y la impunidad.
Han degradado la democracia hasta convertirla en una farsa. Han degradado las instituciones hasta hacerlas cómplices. Han degradado el lenguaje hasta hacer imposible el debate honesto.
Son los peores de entre nosotros los que ascienden, porque el sistema premia la ambición sin límites, la falta de escrúpulos y la capacidad de traicionar.
Imaginemos, aunque duela, el mundo que podría existir si los líderes fueran los mejores y no los peores. Si en lugar de ambiciosos sin alma tuviéramos servidores públicos de verdad: personas íntegras, competentes, con visión de largo plazo y genuina preocupación por los demás.
Ese mundo no sería una utopía ridícula. Sería simplemente normal. Habría paz real porque se negociaría de buena fe. Habría prosperidad compartida porque los recursos no se robarían. Habría educación y salud universales porque no se desviarían fondos. Habría futuro y no angustia.
Los mejores no nos llevarían a la guerra. Los mejores no nos mentirían. Los mejores no nos robarían.
Pero no. Tenemos a los más cínicos y canallas. Los honestos son apartados, ridiculizados o comprados.
La gente está harta y furiosa.
Esto es una infamia. No podemos seguir creyendo que “todos los políticos son iguales” como excusa. No todos son iguales. Hay una diferencia abismal entre el que roba y el que no, entre el que miente y el que dice la verdad, entre el que siembra odio y el que intenta unir.
Queremos servidores, no amos. Queremos honor, no impunidad.
El problema son ellos. Y mientras no los señalemos, los juzguemos y los apartemos sin piedad, seguiremos siendo cómplices de nuestra propia ruina.
Francisco Rubiales








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