Lejos de reforzar su figura, el evento papal ha puesto en evidencia, ante millones de españoles el abismo existente entre el mensaje noble, limpio y elevado del Pontífice y la basura ideológica y moral del socialismo gobernante.
El contraste entre el baño de espiritualidad y valores del Papa y la bajeza del poder político español ha sido tan brutal que ningún artificio comunicativo ha podido ocultarlo.
Los españoles han visto con claridad la diferencia entre una visión de concordia, verdad, respeto a la vida y servicio al bien común frente a la política del odio, la polarización artificial, las mentiras constantes y la corrupción institucionalizada que caracteriza al sanchismo.
El Papa habla de dignidad humana, unidad y ética, pero el Gobierno y su partido esparcen odio, nadan en lo corrupto y han convertido España en un campo de batalla permanente, donde el adversario es tratado como enemigo y la verdad se subordina al interés de poder.
Ese choque frontal ha quedado grabado en la retina de la ciudadanía.
Cuando el Papa abandone España y el PSOE regrese a su rutina de fango —con sus pactos con separatistas, su agenda contra la vida, sus bulos y su división sistemática—, la indignación de la gente no hará sino crecer.
Lejos de olvidar el contraste, los españoles lo recordarán cada vez que el presidente, sus ministros y también la oposición vuelvan a sus prácticas habituales.
La imagen de Sánchez, ya seriamente dañada, se hundirá aún más en el pozo de lodo que él mismo ha cavado.
Los españoles no contaminados por la política del odio y el enfrentamiento han percibido con nitidez la diferencia entre la nobleza y la podredumbre. Ese contraste fortalecerá su rechazo al sanchismo, alimentará las protestas, multiplicará las pitadas y endurecerá la determinación ciudadana diaria a denunciar y oponerse a lo que muchos consideran una maldad organizada contra el país.
La visita papal no ha blanqueado a Sánchez, sino que lo ha desnudado. Y lo que se ve al quedarse sin ropajes produce nauseas.
Francisco Rubiales
El contraste entre el baño de espiritualidad y valores del Papa y la bajeza del poder político español ha sido tan brutal que ningún artificio comunicativo ha podido ocultarlo.
Los españoles han visto con claridad la diferencia entre una visión de concordia, verdad, respeto a la vida y servicio al bien común frente a la política del odio, la polarización artificial, las mentiras constantes y la corrupción institucionalizada que caracteriza al sanchismo.
El Papa habla de dignidad humana, unidad y ética, pero el Gobierno y su partido esparcen odio, nadan en lo corrupto y han convertido España en un campo de batalla permanente, donde el adversario es tratado como enemigo y la verdad se subordina al interés de poder.
Ese choque frontal ha quedado grabado en la retina de la ciudadanía.
Cuando el Papa abandone España y el PSOE regrese a su rutina de fango —con sus pactos con separatistas, su agenda contra la vida, sus bulos y su división sistemática—, la indignación de la gente no hará sino crecer.
Lejos de olvidar el contraste, los españoles lo recordarán cada vez que el presidente, sus ministros y también la oposición vuelvan a sus prácticas habituales.
La imagen de Sánchez, ya seriamente dañada, se hundirá aún más en el pozo de lodo que él mismo ha cavado.
Los españoles no contaminados por la política del odio y el enfrentamiento han percibido con nitidez la diferencia entre la nobleza y la podredumbre. Ese contraste fortalecerá su rechazo al sanchismo, alimentará las protestas, multiplicará las pitadas y endurecerá la determinación ciudadana diaria a denunciar y oponerse a lo que muchos consideran una maldad organizada contra el país.
La visita papal no ha blanqueado a Sánchez, sino que lo ha desnudado. Y lo que se ve al quedarse sin ropajes produce nauseas.
Francisco Rubiales








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