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El PSOE puede estar ya destruido


Nota

Felipe González afirma que piensa "votar en blanco" y que hay que echar a Pedro Sánchez antes de que destruya por completo al PSOE. Pero quizás el expresidente del Gobierno llegue demasiado tarde y la demolición del socialismo español esté ya consumada.

El PSOE se derrumba en España abrumado por el fracaso, la corrupción, el abuso de poder y el despilfarro. Millones de españoles le preguntan: ¿Qué habéis hecho con nuestro dinero? porque ningún gobierno disfrutó como el actual de Pedro Sánchez de tanto dinero, procedente de los impuestos injustos que esquilma y de las ayudas europeas.

Paco Vázquez, histórico socialista, acaba de afirmar que el problema de España no es la extrema derecha, que es constitucional, sino el PSOE.

Millones de españoles, entre ellos miles de socialistas, piensan lo mismo, que el PSOE ha dejado de ser un partido socialdemócrata y que ha quedado transformado por Pedro Sánchez y sus secuaces en un partido de corruptos, psicópatas y depredadores, dedicados a destruir España.

El reciente accidente de los trenes de alta velocidad, con 69 muertos de balance provisional, culpa evidente de un gobierno de Sánchez que no ha mantenido las vías ni actualizado los sistemas de seguridad, han dado la puntilla a un PSOE que ya aparece ante los ojos de decenas de millones de españoles como el peor enemigo de España.
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Una de las miles de imágenes que circulan por las redes en España denunciando la corrupción y delincuencia socialista.
Una de las miles de imágenes que circulan por las redes en España denunciando la corrupción y delincuencia socialista.
Porque un partido no se destruye únicamente cuando pierde elecciones, sino cuando pierde su honor, su credibilidad, sus principios y su razón de existir. Y eso es precisamente lo que amenaza al socialismo español, convertido bajo el sanchismo en un contubernio de psicópatas y corruptos que retozan en una maquinaria de poder que parece haber sacrificado la decencia, la coherencia y el interés nacional en el altar de la supervivencia política de su jefe.

González, que conoce bien el partido que dirigió y que contribuyó a construir, debería preguntarse si todavía queda algo de aquel PSOE que aspiraba a modernizar España o si solo sobrevive una estructura sometida a la voluntad de un dirigente dispuesto a casi cualquier cosa con tal de permanecer en La Moncloa.

La lista de escándalos, sospechas y comportamientos indignos que rodean al sanchismo constituye un corrosivo que amenaza con contaminar toda la vida pública española: investigaciones por presunta corrupción, sospechas sobre comisiones ilegales, abuso de poder, utilización partidista de las instituciones, endeudamiento creciente y alianzas parlamentarias que muchos ciudadanos consideran incompatibles con la defensa de la unidad nacional.

A ello se añaden las polémicas relacionadas con el entorno personal y familiar del presidente, las investigaciones judiciales que afectan a personas próximas y el descrédito que determinados episodios han proyectado sobre España dentro y fuera de sus fronteras.

El conjunto del sanchismo dibuja una crisis política y moral de enorme gravedad. Lo insoportable no es solamente que aparezcan sospechas, sino que el poder parezca más preocupado por resistir, controlar el relato y desacreditar a sus críticos que por rectificar, ofrecer explicaciones convincentes y asumir responsabilidades.

El sanchismo ha levantado, además, una política de pactos, concesiones e indultos que alimenta la percepción de que la conveniencia personal del gobernante pesa más que la igualdad ante la ley y el interés general.

Mientras miles de españoles trabajan para pagar sus impuestos, sostener a sus familias y cumplir sus obligaciones, demasiados ciudadanos contemplan con indignación cómo la política se convierte en un mercado de apoyos, privilegios y concesiones negociadas a cambio de votos.

La inseguridad jurídica, el problema de la ocupación ilegal de viviendas, el deterioro de la confianza institucional y la imagen de una España enfrentada consigo misma agravan esa sensación de decadencia.

Un Gobierno puede equivocarse, endeudarse o tomar decisiones impopulares sin convertirse por ello en una organización corrupta. Lo que destruye la confianza democrática es la acumulación de escándalos, la ausencia de autocrítica y la impresión de que el poder pretende situarse por encima de los ciudadanos a los que debe servir.

Por eso, la advertencia de Felipe González tiene una importancia que trasciende las luchas internas del PSOE: lo que está en juego no es solo el futuro de unas siglas, sino la salud de la democracia española.

Si el socialismo quiere sobrevivir con dignidad, tendrá que romper con las prácticas, los pactos y los comportamientos que han erosionado su credibilidad, exigir explicaciones, respetar la independencia judicial y recuperar una cultura de responsabilidad pública.

Pero conviene no engañarse: echar a Sánchez no bastará. Las organizaciones políticas no se regeneran cambiando únicamente de jefe, sino recuperando principios y aceptando límites.

Cuando un partido sacrifica la decencia para conservar el poder, corre el riesgo de conservar las siglas y perder para siempre el alma.

Ese es el drama del PSOE y la amenaza que el sanchismo, lastrado ya por el fracaso, la corrupción y demasiados cadáveres, proyecta sobre España.

Francisco Rubiales


English version

The PSOE May Already Be Destroyed

Felipe González says he is considering casting a blank ballot and that Pedro Sánchez must be removed before he completely destroys the PSOE. But perhaps the former prime minister is already too late, and the demolition of Spanish socialism has already been completed.

The PSOE is collapsing in Spain, overwhelmed by failure, corruption, abuse of power and wasteful spending. Millions of Spaniards are asking the party: What have you done with our money? No government has ever enjoyed as much money as Pedro Sánchez's current administration, drawn from the unfair taxes it imposes on citizens and from European aid.

Paco Vázquez, a veteran Socialist politician, has just stated that Spain's problem is not the far right, which operates within the constitutional framework, but the PSOE.

Millions of Spaniards, including thousands of Socialists, share that view. They believe that the PSOE has ceased to be a social-democratic party and has been transformed by Pedro Sánchez and his accomplices into a party of corrupt individuals, psychopaths and predators devoted to destroying Spain.

The recent high-speed train accident, with a provisional death toll of 69, which I consider to be clearly the responsibility of a Sánchez government that has failed to maintain the tracks or modernise safety systems, has dealt the final blow to a PSOE that is now seen by tens of millions of Spaniards as Spain's worst enemy.

One of the thousands of images circulating on Spanish social media denouncing what their creators describe as Socialist corruption and criminal wrongdoing.

A political party is not destroyed merely when it loses elections, but when it loses its honour, credibility, principles and reason for existing. And that is precisely what threatens Spanish socialism, which under Sanchismo — the political movement associated with Pedro Sánchez — has become a cabal of psychopaths and corrupt individuals revelling in a machinery of power that appears to have sacrificed decency, consistency and the national interest on the altar of its leader's political survival.

González, who knows the party he once led and helped build, should ask himself whether anything remains of the PSOE that aspired to modernise Spain, or whether all that survives is an organisation subjected to the will of a leader prepared to do almost anything to remain in La Moncloa, the Spanish prime minister's official residence.

The list of scandals, suspicions and disgraceful conduct surrounding Sanchismo constitutes a corrosive force threatening to contaminate the whole of Spanish public life: investigations into alleged corruption, suspicions of illegal commissions, abuse of power, partisan use of institutions, mounting debt and parliamentary alliances that many citizens consider incompatible with defending national unity.

Added to this are the controversies involving the prime minister's personal and family circle, judicial investigations affecting people close to him, and the damage that certain episodes have inflicted on Spain's reputation both at home and abroad.

Taken together, Sanchismo presents a political and moral crisis of enormous gravity. What is intolerable is not merely the emergence of suspicions, but the impression that those in power are more concerned with holding on, controlling the narrative and discrediting their critics than with correcting their mistakes, providing convincing explanations and accepting responsibility.

Sanchismo has also established a policy of agreements, concessions and pardons that fuels the perception that the ruler's personal convenience matters more than equality before the law and the common good.

While thousands of Spaniards work to pay their taxes, support their families and fulfil their obligations, far too many citizens watch with indignation as politics becomes a marketplace of support, privileges and concessions negotiated in exchange for votes.

Legal uncertainty, the problem of illegal occupation of homes, deteriorating trust in institutions and the image of a Spain at war with itself all deepen this sense of decline.

A government can make mistakes, accumulate debt or take unpopular decisions without thereby becoming a corrupt organisation. What destroys democratic trust is the accumulation of scandals, the absence of self-criticism and the impression that those in power seek to place themselves above the citizens they are supposed to serve.

That is why Felipe González's warning is important beyond the internal struggles of the PSOE: what is at stake is not merely the future of a political party, but the health of Spanish democracy.

If socialism wishes to survive with dignity, it will have to break with the practices, agreements and behaviour that have eroded its credibility, demand explanations, respect judicial independence and recover a culture of public accountability.

But we should not deceive ourselves: removing Sánchez will not be enough. Political organisations do not regenerate themselves merely by changing their leader, but by recovering their principles and accepting limits on their power.

When a party sacrifices decency to remain in power, it runs the risk of keeping its name while losing its soul forever.

That is the tragedy of the PSOE and the threat that Sanchismo, already burdened by failure, corruption and far too many dead bodies, casts over Spain.

Francisco Rubiales


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Viernes, 30 de Octubre 2026
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Este blog no es una plataforma de promoción del Voto en Blanco, sino un medio de castigo al mal gobierno y a la política antidemocrática que utiliza el termino “Voto en Blanco” por lo que conlleva de protesta y castigo al poder inicuo.

El voto en blanco es una bofetada democrática a los poderes políticos ineptos y expresa la protesta ciudadana en las urnas cuando padece gobiernos insoportables, injustos y corruptos. Es un gesto democrático de rechazo a los políticos, partidos y programas, no al sistema. Conscientes del riesgo que representaría un voto en blanco masivo, los gestores de las actuales democracias no lo valoran, ni lo contabilizan, ni le otorgan plasmación alguna en las estructuras del poder. El voto en blanco es una censura casi inútil que sólo podemos realizar en las escasas ocasiones que se abren las urnas. Esta bitácora abraza dos objetivos principales: Valorar el peso del voto en blanco en las democracias avanzadas y permitir a los ciudadanos libres ejercer el derecho a la bofetada democrática de manera permanente, a través de la difusión de información, opinión y análisis.




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