El discurso del amor, pronunciado desde el poder, suena a impostura cuando proviene de quienes han demostrado, una y otra vez, que solo conocen la lealtad al interés propio y el desprecio hacia quien no se somete.
Es difícil que esa gente sepa qué es el amor, porque sus trayectorias y sus entornos están marcados por la cercanía al delito, por la impunidad y por la ausencia de cualquier freno ético.
Algunos de sus colaboradores más estrechos han sido imputados; otros han acabado en prisión. La misma esposa besada en público está imputada y en espera de ser juzgada.
La piedad, la mesura y el respeto al adversario les resultan ajenos. En su lugar practican el odio selectivo, la difamación sistemática y la polarización calculada, adictos a un estilo de confrontación que les permite ocultar sus propios escándalos y mantener cohesionada a su base.
El amor no cabe en ese repertorio.
Por eso el recurso al “amor” no es más que un truco de marketing electoral, diseñado para seducir a quienes no han seguido de cerca la cadena de casos de corrupción, las amnistías a medida y las alianzas con quienes justifican o practican la violencia política.
Se trata de un eslogan vacío, una fachada sentimental que pretende borrar la memoria reciente de una gestión marcada por el sectarismo, el clientelismo, la corrupción, la voracidad y el uso del Estado en beneficio propio.
Quien conoce los hechos no se deja engañar por la retórica; quien no los conoce corre el riesgo de confundir el disfraz con la sustancia.
La operación es tan burda como reveladora: se apela al amor precisamente porque se carece de él, y se necesita una coartada emocional para distraer de la bajeza real.
No hay transformación ni reconciliación detrás de esas palabras, solo la continuidad de un proyecto que ha convertido la política en un ejercicio de poder sin escrúpulos.
El “amor” de Sánchez y los suyos es, en definitiva, la última capa de pintura sobre un edificio de mentiras, y solo puede convencer a quienes prefieren el consuelo del eslogan a la evidencia de los hechos.
Francisco Rubiales
Es difícil que esa gente sepa qué es el amor, porque sus trayectorias y sus entornos están marcados por la cercanía al delito, por la impunidad y por la ausencia de cualquier freno ético.
Algunos de sus colaboradores más estrechos han sido imputados; otros han acabado en prisión. La misma esposa besada en público está imputada y en espera de ser juzgada.
La piedad, la mesura y el respeto al adversario les resultan ajenos. En su lugar practican el odio selectivo, la difamación sistemática y la polarización calculada, adictos a un estilo de confrontación que les permite ocultar sus propios escándalos y mantener cohesionada a su base.
El amor no cabe en ese repertorio.
Por eso el recurso al “amor” no es más que un truco de marketing electoral, diseñado para seducir a quienes no han seguido de cerca la cadena de casos de corrupción, las amnistías a medida y las alianzas con quienes justifican o practican la violencia política.
Se trata de un eslogan vacío, una fachada sentimental que pretende borrar la memoria reciente de una gestión marcada por el sectarismo, el clientelismo, la corrupción, la voracidad y el uso del Estado en beneficio propio.
Quien conoce los hechos no se deja engañar por la retórica; quien no los conoce corre el riesgo de confundir el disfraz con la sustancia.
La operación es tan burda como reveladora: se apela al amor precisamente porque se carece de él, y se necesita una coartada emocional para distraer de la bajeza real.
No hay transformación ni reconciliación detrás de esas palabras, solo la continuidad de un proyecto que ha convertido la política en un ejercicio de poder sin escrúpulos.
El “amor” de Sánchez y los suyos es, en definitiva, la última capa de pintura sobre un edificio de mentiras, y solo puede convencer a quienes prefieren el consuelo del eslogan a la evidencia de los hechos.
Francisco Rubiales








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