El franquismo fue una dictadura austera, pero también una de las administraciones más eficaces y menos depredadoras que ha conocido España en siglos.
Con una presión fiscal que apenas superaba el 10 % del PIB en sus peores años y que se mantenía muy por debajo de los niveles actuales, el régimen levantó pantanos que todavía riegan el país, carreteras que conectaron el territorio y millones de viviendas que permitieron a obreros y empleados acceder a un piso propio, un coche y, en muchos casos, una casita en la playa.
No se trataba de milagros: se trataba de un Estado pequeño que gastaba poco en sí mismo, no mantenía una maquinaria clientelar desbocada y destinaba lo recaudado a obras visibles. El resultado fue un país de propietarios, prosperidad creciente y el desarrollismo de los años sesenta: crecimiento real, empleo y una movilidad social que hoy parece ciencia ficción.
Con Franco, España llegó a ser la octava o novena potencia mundial; con Pedro Sánchez, España no para de retroceder y de perder peso en el mundo.
La explicación no es mística ni misteriosa o milagrosa. Había dinero porque el gobierno no lo robaba y lo derrochaba. No había redes de contratas millonarias a cambio de favores, ni una burocracia hipertrofiada que se come la mitad de cada euro antes de llegar a la obra, ni un gasto corriente que se hincha con cada legislatura.
Los pantanos, las urbanizaciones y las infraestructuras se pagaban con una fiscalidad baja y con el superávit que genera una administración que no se considera dueña del bolsillo de los ciudadanos.
Comparado con el presente, resulta casi indecente lo mucho que se podía hacer con tan poco.
Bajo Pedro Sánchez ocurre exactamente lo contrario. La presión fiscal ha escalado hasta el 37 % del PIB, la recaudación conjunta de impuestos y cotizaciones ha subido casi un 40 % desde 2018 y los españoles pagan más que nunca. Sin embargo, el déficit de vivienda se cifra en torno a 750.000 unidades solo entre 2021 y 2025, las carreteras y los trenes se degradan, la calidad de la enseñanza se resiente y los servicios públicos que antaño funcionaban con dignidad se convierten en promesas eternamente incumplidas.
El dinero desaparece en subvenciones a clientelas, en ministerios de nueva creación, en deuda que ya superan los 1,7 billones y en un aparato administrativo que parece diseñado para consumir recursos en lugar de producir resultados.
Se saquea al contribuyente y, a cambio, se le entrega escasez.
La diferencia no es ideológica ni de “modelo social”. Es de honestidad y de escala.
Un régimen austero y limpio, por imperfecto y autoritario que fuera, construía porque no se quedaba con el dinero. Un gobierno como el de Sánchez, en teoría democrático pero con perfiles dictatoriales evidentes, que eleva los impuestos a niveles abusivos y, sin embargo, no tiene para viviendas, mantenimiento de infraestructuras ni preservación de la calidad de los servicios básicos, solo demuestra que ha convertido el Estado en un instrumento de extracción y rapiña.
Cuando el gobierno no roba, sobra dinero para pensiones, pantanos y pisos. Cuando roba, no hay dinero ni para lo elemental.
Pero, según Sánchez y su tribu de paniaguados y vagos, Franco era el malo y él bueno.
¡Que venga Dios y lo juzgue!
Francisco Rubiales
Con una presión fiscal que apenas superaba el 10 % del PIB en sus peores años y que se mantenía muy por debajo de los niveles actuales, el régimen levantó pantanos que todavía riegan el país, carreteras que conectaron el territorio y millones de viviendas que permitieron a obreros y empleados acceder a un piso propio, un coche y, en muchos casos, una casita en la playa.
No se trataba de milagros: se trataba de un Estado pequeño que gastaba poco en sí mismo, no mantenía una maquinaria clientelar desbocada y destinaba lo recaudado a obras visibles. El resultado fue un país de propietarios, prosperidad creciente y el desarrollismo de los años sesenta: crecimiento real, empleo y una movilidad social que hoy parece ciencia ficción.
Con Franco, España llegó a ser la octava o novena potencia mundial; con Pedro Sánchez, España no para de retroceder y de perder peso en el mundo.
La explicación no es mística ni misteriosa o milagrosa. Había dinero porque el gobierno no lo robaba y lo derrochaba. No había redes de contratas millonarias a cambio de favores, ni una burocracia hipertrofiada que se come la mitad de cada euro antes de llegar a la obra, ni un gasto corriente que se hincha con cada legislatura.
Los pantanos, las urbanizaciones y las infraestructuras se pagaban con una fiscalidad baja y con el superávit que genera una administración que no se considera dueña del bolsillo de los ciudadanos.
Comparado con el presente, resulta casi indecente lo mucho que se podía hacer con tan poco.
Bajo Pedro Sánchez ocurre exactamente lo contrario. La presión fiscal ha escalado hasta el 37 % del PIB, la recaudación conjunta de impuestos y cotizaciones ha subido casi un 40 % desde 2018 y los españoles pagan más que nunca. Sin embargo, el déficit de vivienda se cifra en torno a 750.000 unidades solo entre 2021 y 2025, las carreteras y los trenes se degradan, la calidad de la enseñanza se resiente y los servicios públicos que antaño funcionaban con dignidad se convierten en promesas eternamente incumplidas.
El dinero desaparece en subvenciones a clientelas, en ministerios de nueva creación, en deuda que ya superan los 1,7 billones y en un aparato administrativo que parece diseñado para consumir recursos en lugar de producir resultados.
Se saquea al contribuyente y, a cambio, se le entrega escasez.
La diferencia no es ideológica ni de “modelo social”. Es de honestidad y de escala.
Un régimen austero y limpio, por imperfecto y autoritario que fuera, construía porque no se quedaba con el dinero. Un gobierno como el de Sánchez, en teoría democrático pero con perfiles dictatoriales evidentes, que eleva los impuestos a niveles abusivos y, sin embargo, no tiene para viviendas, mantenimiento de infraestructuras ni preservación de la calidad de los servicios básicos, solo demuestra que ha convertido el Estado en un instrumento de extracción y rapiña.
Cuando el gobierno no roba, sobra dinero para pensiones, pantanos y pisos. Cuando roba, no hay dinero ni para lo elemental.
Pero, según Sánchez y su tribu de paniaguados y vagos, Franco era el malo y él bueno.
¡Que venga Dios y lo juzgue!
Francisco Rubiales








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