El sanchismo es el segundo gran intento del marxismo por conquistar España, después del que fracasó en la Guerra Civil de 1936. Ahora, con métodos nuevos y con un líder sagaz y experto en mentiras y argucias, quiere la revancha.
Muchos luchamos contra Sánchez por el mundo sucio e injusto que encarna.
Quien ha visto de cerca el comunismo sabe que no es una idea benévola mal aplicada: es la maldad organizada, el poder que se come al individuo y llama a eso justicia.
Sánchez es la versión moderna y sofisticada de ese monstruo. No necesita el gulag ni el paredón. Le basta liquidar al adversario por la vía civil, destruir su imagen, cerrarle el paso profesional, ejecutarlo en la prensa comprada, denigrarlo, hundirlo en causas bastardas, aislarlo en el relato y convertirlo en enemigo del pueblo.
El líder se perpetúa, el aparato se blinda y la ciudadanía queda reducida a escoria manipulable, a rebaño sometido, engañado, confundido y agradecido por las migajas.
A Sánchez no hace le falta torturar como en la URSS porque ahora el miedo, la mentira y la dependencia bastan para mantener el mando.
Las mentiras de Sánchez son el mas sucio y humillante frente de guerra para demócratas y personas decentes: "No amnistiaré a Puigdemont", "No habrá más desahucios", "No pactaré con Podemos", "No subiré los impuestos", "La corrupción no tiene cabida en el PSOE" y un larguisimo rosario de estafas y engaños al pueblo.
Nos repugna la corrupción sanchista y el amparo a delincuentes, corruptos, ladrones de pisos y morosos. Nos repugna la arrogancia, el desprecio por la Constitución, el uso del odio y la división como herramienta de dominio, el abuso del poder, la falta de respeto a la Justicia y las alianzas con la escoria de la nación.
El de Pedro Sánchez no es un estilo. Es un proyecto: controlar el Estado, vaciar las reglas que lo limitan y presentar cada abuso como un avance social.
Quien protege al que no paga y al que ocupa, mientras asusta al que ahorró y construyó, no busca igualdad. Busca clientela. Quien señala siempre un culpable exterior y nunca asume el desastre que ha gobernado, no quiere verdad. Quiere obediencia.
España ya conoció a este monstruo bastardo. En 1936 el marxismo intentó imponer su orden y el país se levantó y lo derrotó.
Aquella victoria se pagó con sangre, con ruina y con una herida que todavía duele, pero el fondo del conflicto no ha desaparecido porque el poder sanchista quiere reeditar sus bajezas: niega la propiedad, la ley igual para todos, la verdad y la alternancia, tratando al disidente como obstáculo a eliminar.
Hoy el mismo impulso marxista de 1936 vuelve con disfraz democrático, con decretos, con subsidios y campañas sucias. No hace falta el fusil para reconocer la estirpe. Basta ver quién se perpetúa, quién miente para afianzarse, quién vacía la Constitución y quién convierte al pueblo en masa a la que se engaña.
Por eso la respuesta tiene que ser la urna de la regeneración y la verdad. España derrotó al marxismo con las armas cuando no quedó otro camino. Ahora tiene que enfrentarse otra vez a ese monstruo, pero sin fusiles, en las elecciones.
Votar el 29 de noviembre no es un trámite. Es negarle al sanchismo lo único que de verdad ambiciona: seguir mandando, colocar su bota roja sobre nuestro cuello.
Quien no quiera ese mundo de la mentira, el adversario civilmente liquidado, el líder inamovible y el pueblo tratado como escoria, tiene que acudir a las urnas para derrotar de nuevo lo abominable, la fábrica de esclavos sanchista.
Francisco Rubiales
Muchos luchamos contra Sánchez por el mundo sucio e injusto que encarna.
Quien ha visto de cerca el comunismo sabe que no es una idea benévola mal aplicada: es la maldad organizada, el poder que se come al individuo y llama a eso justicia.
Sánchez es la versión moderna y sofisticada de ese monstruo. No necesita el gulag ni el paredón. Le basta liquidar al adversario por la vía civil, destruir su imagen, cerrarle el paso profesional, ejecutarlo en la prensa comprada, denigrarlo, hundirlo en causas bastardas, aislarlo en el relato y convertirlo en enemigo del pueblo.
El líder se perpetúa, el aparato se blinda y la ciudadanía queda reducida a escoria manipulable, a rebaño sometido, engañado, confundido y agradecido por las migajas.
A Sánchez no hace le falta torturar como en la URSS porque ahora el miedo, la mentira y la dependencia bastan para mantener el mando.
Las mentiras de Sánchez son el mas sucio y humillante frente de guerra para demócratas y personas decentes: "No amnistiaré a Puigdemont", "No habrá más desahucios", "No pactaré con Podemos", "No subiré los impuestos", "La corrupción no tiene cabida en el PSOE" y un larguisimo rosario de estafas y engaños al pueblo.
Nos repugna la corrupción sanchista y el amparo a delincuentes, corruptos, ladrones de pisos y morosos. Nos repugna la arrogancia, el desprecio por la Constitución, el uso del odio y la división como herramienta de dominio, el abuso del poder, la falta de respeto a la Justicia y las alianzas con la escoria de la nación.
El de Pedro Sánchez no es un estilo. Es un proyecto: controlar el Estado, vaciar las reglas que lo limitan y presentar cada abuso como un avance social.
Quien protege al que no paga y al que ocupa, mientras asusta al que ahorró y construyó, no busca igualdad. Busca clientela. Quien señala siempre un culpable exterior y nunca asume el desastre que ha gobernado, no quiere verdad. Quiere obediencia.
España ya conoció a este monstruo bastardo. En 1936 el marxismo intentó imponer su orden y el país se levantó y lo derrotó.
Aquella victoria se pagó con sangre, con ruina y con una herida que todavía duele, pero el fondo del conflicto no ha desaparecido porque el poder sanchista quiere reeditar sus bajezas: niega la propiedad, la ley igual para todos, la verdad y la alternancia, tratando al disidente como obstáculo a eliminar.
Hoy el mismo impulso marxista de 1936 vuelve con disfraz democrático, con decretos, con subsidios y campañas sucias. No hace falta el fusil para reconocer la estirpe. Basta ver quién se perpetúa, quién miente para afianzarse, quién vacía la Constitución y quién convierte al pueblo en masa a la que se engaña.
Por eso la respuesta tiene que ser la urna de la regeneración y la verdad. España derrotó al marxismo con las armas cuando no quedó otro camino. Ahora tiene que enfrentarse otra vez a ese monstruo, pero sin fusiles, en las elecciones.
Votar el 29 de noviembre no es un trámite. Es negarle al sanchismo lo único que de verdad ambiciona: seguir mandando, colocar su bota roja sobre nuestro cuello.
Quien no quiera ese mundo de la mentira, el adversario civilmente liquidado, el líder inamovible y el pueblo tratado como escoria, tiene que acudir a las urnas para derrotar de nuevo lo abominable, la fábrica de esclavos sanchista.
Francisco Rubiales








Inicio
Enviar
Versión para Imprimir












