El 2026 no será un año fácil, pero puede ser decisivo.
Es cierto que los corruptos y los tiranos en el poder parecen fuertes y seguros, pero también es verdad que hay signos importantes de esperanza en todo el mundo: los pueblos se cansan de los oligarcas y rechazan a los corruptos que se apoderan de los estados para aplastar a sus semejantes y enriquecerse.
Los ciudadanos, cada día más asqueados del poder corrupto que los gobierna, están más dispuestos a salir a las calles en rebeldía contra la decadencia y el abuso de los canallas.
No soportan que los impuestos, muchas veces injustos y desproporcionados, los cobren sinvergüenzas, que los emplean en enriquecerse y comprar votos, en lugar de utilizarlos para mejorar servicios públicos vitales, como la salud, la educación, los transportes y la investigación.
En los cuarteles, aquellos altos oficiales amigos del poder político que han sido ascendidos gracias a la sumisión pierden prestigio y sienten el rechazo de los soldados patriotas y militares con honor.
Los medios de comunicación sometidos a la corrupción retroceden y sólo los libres y adversarios de la corrupción y el abuso ganan audiencia.
Las izquierdas retroceden, el marxismo está en bancarrota y los dictadores sufren el rechazo y el desprecio de sus ciudadanos, mientras las masas se rebelan y muestran su admiración por los disidentes, los jueces valientes y los periodistas libres y críticos.
Los amigos del poder corrupto están desanimados al ver como la Historia y el pueblo les rechazan y les escupen por ser portadores de opresión, maldad, vicio y abuso.
Todos estos signos disparan la esperanza y el optimismo ante un futuro que parece traer consigo la regeneración de la política y el despertar de la ética.
En dictaduras comunistas como Cuba y Venezuela los pueblos están al borde de la rebelión contra sus tiranos rojos, en Irán las multitudes salen a la calle para protestar por la dictadura de los ayatolás degenerados y en países con sus democracias secuestradas y prostituidas, como España, el presidente Sánchez, impregnado de corrupción, no puede salir a las calles sin escoltas potentes porque teme al pueblo que le abuchea y le pita.
Millones de españoles desean el fin del sanchismo y del PSOE, el arrinconamiento de la izquierda, la ruina de los corruptos, un Estado sin mafias y la recuperación de la unidad, la libertad y el orgullo de ser españoles.
Las esperanzas y los buenos deseos chocan con la realidad de una España secuestrada por una banda de corruptos, capitaneada por Pedro Sánchez y aliada con lo peor de la política nacional: separatistas, golpistas, ex terroristas, partidos mercenarios y totalitarios, todos unidos en torno al deseo de destruir España.
La esperanza también crece al comenzar el año nuevo, una esperanza basada en indicios de gran solvencia como el retroceso de las izquierdas, el asco a las mentiras del poder, la voluntad de derrotar a los corruptos, codiciosos y saqueadores que se amparan en el Estado, el retorno a la fe y la religiosidad y el crecimiento poderoso de las nuevas derechas, esas a las que llaman "ultraderechas", partidos con una fuerte carga regeneradora y voluntad de limpieza.
Francisco Rubiales
Es cierto que los corruptos y los tiranos en el poder parecen fuertes y seguros, pero también es verdad que hay signos importantes de esperanza en todo el mundo: los pueblos se cansan de los oligarcas y rechazan a los corruptos que se apoderan de los estados para aplastar a sus semejantes y enriquecerse.
Los ciudadanos, cada día más asqueados del poder corrupto que los gobierna, están más dispuestos a salir a las calles en rebeldía contra la decadencia y el abuso de los canallas.
No soportan que los impuestos, muchas veces injustos y desproporcionados, los cobren sinvergüenzas, que los emplean en enriquecerse y comprar votos, en lugar de utilizarlos para mejorar servicios públicos vitales, como la salud, la educación, los transportes y la investigación.
En los cuarteles, aquellos altos oficiales amigos del poder político que han sido ascendidos gracias a la sumisión pierden prestigio y sienten el rechazo de los soldados patriotas y militares con honor.
Los medios de comunicación sometidos a la corrupción retroceden y sólo los libres y adversarios de la corrupción y el abuso ganan audiencia.
Las izquierdas retroceden, el marxismo está en bancarrota y los dictadores sufren el rechazo y el desprecio de sus ciudadanos, mientras las masas se rebelan y muestran su admiración por los disidentes, los jueces valientes y los periodistas libres y críticos.
Los amigos del poder corrupto están desanimados al ver como la Historia y el pueblo les rechazan y les escupen por ser portadores de opresión, maldad, vicio y abuso.
Todos estos signos disparan la esperanza y el optimismo ante un futuro que parece traer consigo la regeneración de la política y el despertar de la ética.
En dictaduras comunistas como Cuba y Venezuela los pueblos están al borde de la rebelión contra sus tiranos rojos, en Irán las multitudes salen a la calle para protestar por la dictadura de los ayatolás degenerados y en países con sus democracias secuestradas y prostituidas, como España, el presidente Sánchez, impregnado de corrupción, no puede salir a las calles sin escoltas potentes porque teme al pueblo que le abuchea y le pita.
Millones de españoles desean el fin del sanchismo y del PSOE, el arrinconamiento de la izquierda, la ruina de los corruptos, un Estado sin mafias y la recuperación de la unidad, la libertad y el orgullo de ser españoles.
Las esperanzas y los buenos deseos chocan con la realidad de una España secuestrada por una banda de corruptos, capitaneada por Pedro Sánchez y aliada con lo peor de la política nacional: separatistas, golpistas, ex terroristas, partidos mercenarios y totalitarios, todos unidos en torno al deseo de destruir España.
La esperanza también crece al comenzar el año nuevo, una esperanza basada en indicios de gran solvencia como el retroceso de las izquierdas, el asco a las mentiras del poder, la voluntad de derrotar a los corruptos, codiciosos y saqueadores que se amparan en el Estado, el retorno a la fe y la religiosidad y el crecimiento poderoso de las nuevas derechas, esas a las que llaman "ultraderechas", partidos con una fuerte carga regeneradora y voluntad de limpieza.
Francisco Rubiales








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