Esos perros del poder sanchista no debaten, ni argumentan y sólo mienten, descalifican y amenazan. Su función no es defender ideas, ni servir a España, sino blindar a un hombre y al sistema de poder que les alimenta.
Su última presa es el juez Peinado, por haberse atrevido a procesar a la esposa del líder. Los canes pretorianos le están mordiendo los tobillos al juez, sin piedad.
Este comportamiento es profundamente antidemocrático. En una democracia sana, el poder se somete al escrutinio, la crítica y la alternancia, pero los pretorianos de Sánchez consideran cualquier oposición como una amenaza existencial que debe ser triturada.
Fanatizados y corruptos, han convertido la política en una guerra tribal donde el adversario no es un rival legítimo, sino un enemigo al que hay que demonizar.
Censuran, persiguen y linchan mediáticamente a periodistas, jueces, empresarios o ciudadanos comunes que se atreven a señalar la corrupción, los pactos con separatistas o la degradación institucional.
Su lealtad no es a España ni a la Constitución, sino a Sánchez y a las prebendas que este reparte.
La corrupción es el pegamento que une a esta guardia pretoriana. Muchos de sus miembros viven del presupuesto público, de chiringuitos, de contratos sospechosos o de cargos inflados que solo existen mientras Sánchez siga en Moncloa.
Defienden con uñas y dientes al líder porque su supervivencia personal depende de la perpetuación del régimen. Saben que un cambio de gobierno podría acabar con sus privilegios, sus investigaciones judiciales aparcadas y sus fuentes de financiación opaca.
Por eso mienten con descaro, ocultan escándalos y atacan a cualquiera que ponga el foco en las cloacas del sanchismo.
España no puede avanzar mientras este ejército de pretorianos corruptos siga controlando el relato y amedrentando a la disidencia. Su existencia demuestra la degradación del sistema. Ya no hay debate democrático, sino una corte que protege al caudillo.
Mientras ellos sigan operando con impunidad, la regeneración será imposible.
La verdadera democracia exige desmantelar esta guardia pretoriana de perros de prensa y devolver el poder al pueblo, no a los sicarios mediáticos y políticos que viven del engaño y la corrupción.
Francisco Rubiales
Su última presa es el juez Peinado, por haberse atrevido a procesar a la esposa del líder. Los canes pretorianos le están mordiendo los tobillos al juez, sin piedad.
Este comportamiento es profundamente antidemocrático. En una democracia sana, el poder se somete al escrutinio, la crítica y la alternancia, pero los pretorianos de Sánchez consideran cualquier oposición como una amenaza existencial que debe ser triturada.
Fanatizados y corruptos, han convertido la política en una guerra tribal donde el adversario no es un rival legítimo, sino un enemigo al que hay que demonizar.
Censuran, persiguen y linchan mediáticamente a periodistas, jueces, empresarios o ciudadanos comunes que se atreven a señalar la corrupción, los pactos con separatistas o la degradación institucional.
Su lealtad no es a España ni a la Constitución, sino a Sánchez y a las prebendas que este reparte.
La corrupción es el pegamento que une a esta guardia pretoriana. Muchos de sus miembros viven del presupuesto público, de chiringuitos, de contratos sospechosos o de cargos inflados que solo existen mientras Sánchez siga en Moncloa.
Defienden con uñas y dientes al líder porque su supervivencia personal depende de la perpetuación del régimen. Saben que un cambio de gobierno podría acabar con sus privilegios, sus investigaciones judiciales aparcadas y sus fuentes de financiación opaca.
Por eso mienten con descaro, ocultan escándalos y atacan a cualquiera que ponga el foco en las cloacas del sanchismo.
España no puede avanzar mientras este ejército de pretorianos corruptos siga controlando el relato y amedrentando a la disidencia. Su existencia demuestra la degradación del sistema. Ya no hay debate democrático, sino una corte que protege al caudillo.
Mientras ellos sigan operando con impunidad, la regeneración será imposible.
La verdadera democracia exige desmantelar esta guardia pretoriana de perros de prensa y devolver el poder al pueblo, no a los sicarios mediáticos y políticos que viven del engaño y la corrupción.
Francisco Rubiales







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