España: la oligocracia en funcionamiento
Las encuestas reflejan en España un deterioro creciente de la política, que no sólo afecta a la imagen de los políticos, sino también al prestigio de la democracia como sistema. Los políticos aparecen ya en la lista de los "problemas" que más preocupan a los españoles y la consecuencias más directa del deterioro es un preocupante divorcio entre los ciudadanos y sus dirigentes, que deslegitima y degrada el liderazgo.
Implicar a una nación en una guerra contra la opinión mayoritaria de sus ciudadanos, como hizo José María Aznar, o sancionar un Estatuto Catalán que embiste contra la Constitución y dinamita conceptos constitucionales, también en contra de la opinión mayoritaria de los españoles, como ha hecho Zapatero, o negociar con ETA en secreto, sin informar a la opinión pública por miedo a que los ciudadanos no aceptaran las generosas concesiones que se hacían a los asesinos, son estilos de gobierno impropios de una democracia y genuinos de una oligocracia sin ciudadanos. Pero no son estos los únicos "síntomas" del desprestigio del sistema y del desprecio a la ciudadanía por parte de las "castas" que controlan el poder. El ocultamiento reiterado de la verdad, la mentira institucionalizada, el incumplimiento de los programas electorales y la corrrupción son otros reflejos procupantes del deterioro. La democracia no es una "patente de corso" para que los que han sido elegidos como representantes hagan lo que quieran, incluso en contra de la voluntad del pueblo, sino un acuerdo para vivir en común, en armonía y libertad, donde los representantes gobiernan porque los ciudadanos han depositado su confianza en ellos. Esa confianza no es un cheque en blanco sino que debe ser revalidada cada día con el comportamiento de los políticos ante unos ciudadanos que en el momento en que dejan de confiar en ellos, les retiran automáticamente el mandato y la legitimidad. La degradación de la democracia no es un fenómeno genuino de España porque se produce en otros muchos países, aunque en ninguno con la misma intensidad y desfachatez. Es un drama de consecuencias imprevisibles que parece imparable ante la pasividad cobarde de los ciudadanos, que asisten sin mover un dedo al despojo. Los partidos políticos monopolizan la política, gobiernan sin participación de los ciudadanos y se atreven a tomar decisiones en contra de la voluntad popular soberana, en teoría sagrada. y, al imponer listas cerradas y bloqueadas, ni siquiera permiten a los ciudadanos ejercer su derecho a elegir, sancionado por las constituciones democráticas occidentales, porque son las élites de los partidos políticos las que en realidad eligen al confeccionar esas listas que los ciudadanos no pueden alterar, sino aceptar o rechazar en bloque. Sábado 3 Noviembre 2007
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