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Los partidos políticos jamás serán democráticos


Nota

Pedro Sánchez y sus amigos del PSOE, tras quedar en minoría y ser derrotados en los órganos de gobierno, apelan ahora a los militantes y alaban la "democracia interna" para regresar y mandar de nuevo, olvidando que esa democracia interna no existe ni ha existido jamás en el PSOE, un partido que ha sido controlado de manera férrea y llevado al fracaso por sus secretarios generales y ejecutivas, sin participación alguna de la militancia.

Los partidos políticos jamás podrán ser democráticos. Su propia estructura y organización son oligárquicas e incompatibles con la verdadera democracia. El hecho de que la democracia dependa precisamente de esos partidos antidemocráticos, que se han apropiado del Estado expulsando al ciudadano, es una paradoja brutal.
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Los partidos políticos jamás serán democráticos
La democracia interna no existe en los partidos políticos, sean de derecha o de izquierda, a pesar de que la Constitución Española la exige. En la práctica, esos partidos sin democracia son contrarios a la Constitución, pero, a pesar de esa carencia fundamental, permitimos que controlen el Estado y nos gobiernen a todos.

Llevo casi veinte años investigando sobre la democracia y leyendo todo lo que cae en mis manos sobre ese tema y una de las conclusiones más sólidas que poseo es que los partidos políticos son incompatibles con la democracia. Robert Michels ya aseguró hace más de un siglo que la democracia en los partidos es imposible, ya que la ley de hierro de las oligarquías es inquebrantable. Toda organización de un partido de masas es oligárquica, forme parte de un sistema democrático o no.

Los socialistas, después de su trifulca vergonzosa del pasado fin de semana, de la que salieron casi destrozados y con heridas muy difíciles de curar, hablan ahora de democracia interna, cuando hace sólo unos días todos pugnaban por controlar ese partido desde la autoridad y la fuerza, sin un ápice de democracia interna. Todos eran tiranos en acción: el secretario general ocultando sus pactos a la militancia y a sus compañeros rebeldes de la dirección, consciente de que esos pactos eran contrarios a la voluntad de la mayoría, y los barones rebeldes conspirando para derrocar por la fuerza al líder elegido.

La democracia sólo puede ser externa a los partidos, pero en un país como España, donde tampoco existe la democracia fuera de los partidos, el sistema solo engendra abuso, corrupción y tiranía más o menos disimulada. Para que la población no exija un verdadero sistema representativo y una separación de poderes, los políticos nos quieren hacer creer la falsedad de que los partidos pueden ser democráticos.

Algunos creen que los partidos políticos nacieron con la democracia y son parte esencial del sistema. Se equivocan porque la historia refleja precisamente lo contrario, que los partidos, durante muchos siglos, fueron considerados como el principal obstáculo para la vigencia de la libertad y el funcionamiento del sistema democrático.

Reproduzco unos párrafos de mi libro “Políticos, los Nuevos Amos” (Editorial Almuzara, 2007), que analizan con claridad el conflicto entre partidos políticos y democracia:

“Los orígenes de los actuales partidos políticos se remontan a la Roma republicana. Entonces se denominaban “factio” y los autores lo describían como un grupo político perturbador y nocivo destinado a “facere” (hacer) “actos siniestros”. La palabra “partido” proviene también del término latino “partire”, que significa “dividir”, pero este término no adquiere significación en la política hasta el siglo XVII, aunque entonces su significado se acercaba más al concepto de “secta”. Refiriéndose a los partidos, Maquiavelo decía que esas “partes” llevan a la ciudad hasta su “ruina”. Montesquieu, en “El espíritu de las leyes”, condena lo que representan las “facciones”, por entonces todavía escasamente diferenciadas de los “partidos”. Bolinbroke afirma que “los partidos son un mal político y las facciones son los peores de todos los partidos” y “los partidos dividen a un pueblo por principios”. David Hume es todavía más duro en su juicio: “las facciones subvierten el gobierno, dejan impotentes a las leyes y engendran las mas feroces animadversidades entre los hombres de la misma nación”. Pero Hume ya utiliza el término “partido” cuando dice que “los partidos raras veces se encuentran puros, sin adulterar” y “los partidos basados en principios, especialmente en principios abstractos y especulativos, sólo se conocen en los tiempos modernos y quizá sean el fenómeno más extraordinario e inexplicable que se haya dado hasta ahora en los asuntos humanos”. Sin embargo, es Edmund Burke el primero en aventurar una definición de partido: “Un partido es un cuerpo de hombres unidos para promover, mediante su labor conjunta, el interés nacional sobre la base de algún principio particular acerca del cual todos están de acuerdo”. Burke comparte el desprecio filosófico por las facciones políticas, pero sitúa a los partidos en una dimensión superior cuando sostiene que “Esta generosa ambición de poder (la del partido) se distinguirá fácilmente de la lucha mezquina e interesada por obtener puestos y emolumentos (de las facciones)".

La imagen de los partidos ni siquiera mejora durante la Revolución Francesa, cuyos líderes, siempre enfrentados y en lucha fratricida, fueron unánimes al condenar a los partidos políticos, hasta el punto de que la principal acusación que se “escupían” unos a otros era de la “chef de partí” (jefe de partido), un “delito” que, en aquellos tiempos, algunos pagaron con la cabeza guillotinada. Dantón advertía: “Si nos exasperamos los unos contra los otros acabaremos formando partidos, cuando no necesitamos más que uno, el de la razón”. El juicio de Saint Just es durísimo: “Todo partido es criminal” y “Al dividir a un pueblo, las facciones sustituyen a la libertad por la furia del partidismo”. En general, para los patriotas franceses, los partidos y facciones eran considerados como una conspiración contra la nación.

Los padres fundadores de la nación americana, la primera creada bajo los más exigentes cánones de la libertad y los derechos de la época, no tienen mejor concepto del partido político. Madison consideraba a las facciones “contraria a los derechos de otros ciudadanos o de los intereses permanentes y agregados de la comunidad”, mientras que George Washington, en su “Discurso de Adios” de 1796, afirma: “La libertad... es de hecho poco más que un nombre cuando el gobierno es demasiado débil para soportar los embates de las facciones... Permitidme... advertiros del modo más solemne en contra de los efectos nocivos del espíritu del partido”. El criterio de Thomas Jefferson se parece al de Bolingbroke y considera al partido como una “amenaza” para los “principios republicanos”.

En honor a la verdad, esa cautela y prevención frente a los partidos jamás ha dejado de existir en la cultura política occidental, aunque también hay que admitir que, desde mediados del siglo XIX hasta hoy, los partidos se han desarrollado mucho más en el terreno práctico, convirtiéndose en las piezas esenciales del sistema, que en el terreno teórico, donde siguen faltando análisis que expliquen su inesperado e invencible asalto del poder democrático. Ostrogorski, en 1902, para evitar los males de los partidos, proponía sustituirlos por ligas flotantes que se disolvieran después de cada elección, dejando libres y sin ataduras a los electos. Michels también se declara desalentado ante el carácter “antidemocrático” y “oligárquico” de los partidos. Casi con unanimidad, los autores siguen advirtiendo del peligro. Sartori, por ejemplo, dice que “Los impulsos de búsqueda del poder por parte de los partidos son constantes” y también que “el político de partido está motivado por el egoísmo más primario”. Sartori pretende cubrir algunos de los evidentes huecos teóricos al afirmar que los partidos son distintos de las facciones, que son parte de un todo político y que, como conductos de expresión, su misión fundamental en democracia es transmitir a las autoridades, con solvencia, los deseos del pueblo. Sin embargo, el autor admite que “más que expresar y reflejar la opinión pública, configuran, y de hecho manipulan, la opinión” y, en otro momento, que “la representación es perfectamente concebible y posible sin partidos”, criterios autorizados que dejan muy mal paradas a estas formaciones que se han convertido, gracias a su ambición y capacidad de maniobra, en la columna vertebral de las democracias.

Los partidos políticos, tal como los conocemos ahora, ni siquiera tienen un siglo y medio de vida. Son un producto tardío de la revolución industrial que no llega a encontrar condiciones favorables hasta que se consagra el derecho al voto. Pero en ese corto espacio de tiempo han conquistado y pervertido la democracia y el Estado, convirtiéndose, de facto, en las instituciones más poderosas de nuestro tiempo.”



Francisco Rubiales

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Miércoles, 5 de Octubre 2016
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Comentarios:

1.Publicado por SALVADOR el 05/10/2016 08:31
Todo lo que no sea acabar con la Monarquía y con la forma parlamentaria no representativa del sistema proporcional de listas es minimalismo conformista y no merece más que indulgencia. No estamos en un juego reformista, en esa grotesca comedia de cornudos, sino en un drama colectivo de todo o nada.

De nada sirve ninguna reforma si no apunta al corazón del sistema.
El poder ejecutivo y la función de representación del Estado deben estar en unas solas manos y el cargo así unificado debe ser elegible por todos los españoles en una circunscripción única. El sistema o poder presidencial, separado del poder legislativo, es nuestra única posibilidad real de destruir en su mismo corazón a la partidocracia y a la fragmentación de los órganos de la soberanía que ésta ha tolerado para multiplicar su poder corrupto.

Ésta es la verdadera vía legal y legítimamente democrática para acabar con la supuesta "legitimidad" histórica o moral de los nacionalismos fracionarios y periféricos impuestos por la partidocracia, pues es este régimen criminal el que ha destruido la conciencia de unidad nacional en una población territorializada, feudalizada, como en los viejos señoríos jurisdiccionales de la Edad Media.

La población española está entregada en manos de autonomías ridículas, sometida a administraciones patrimonializadas, sin tener una úniCa voz que pueda expresar su unidad. Eso es lo que más temen los oligarcas y sus clientelas. Pero esos españoles son, afortunadamente, una minoría cobarde, miedosa y nada combativa. Son la gangrena que vota y acepta la corrupción como el aire que respira.

Es ya sólo una cuestión de tiempo la total implosión de este régimen. Puede todavía durar mucho y hacer mucho daño su mantenimiento, pero hay algo en la sociedad española, pese a su profundo analfabetismo político, que todavía no se ha sabido calibrar en sus potencialidades. No es tan evidente que no haya alternativa. Bastaría un mínimo de auténtica libertad de expresión pública de las propuestas más renovadoras, en incluso rupturistas, para que una parte, sin duda la mejor, de la población se inclinara abiertamente por ellas.

2.Publicado por SALVADOR el 05/10/2016 08:37
Para que haya un mínimo de democracia liberal no pueden existir los partidos politicos

Porque en la democracia liberal el estado se forma por el acuerdo de TODOS LOS CIUDADANOS DE FORMA INDIVIDUAL PARA DARSE UN GOBIERNO
NO DE CIUDADANOS POR UN LADO, Y POR OTRO DE ORGANIZACIONES QUE PERSIGUEN FINES COLECTIVOS, QUE DESVIRTÚAN LA DEMOCRACIA DE LOS CIUDADANOS,
PARA PASAR A SER LA ¿DEMOCRACIA? DE LAS ASOCIACIONES CON FINES ESPURIOS
NADA QUE VER CON LA DEMOCRACIA LIBERAL

3.Publicado por francisco.lopez.roma@gmail.com el 05/10/2016 09:28
En realidad es el Estado el causante de todo. Porque al existir un Estado que tiene poder sobre todos los miembros del territorio sobre el que domina pues entonces quien domine el Estado domina a la población, y los partidos políticos nacen como grupos para dominar el Estado.
Así que si no existiera un Estado dominante sobre la población, si viviéramos, como dice SALVADOR, "todos los ciudadanos de forma individual" en el que las organizaciones no tienen cabida. Me refiero no a vivir aislados cada uno de nosotros, sino que a la hora de poner orden y paz seamos nosotros mismos, sin intermediarios, los que fijemos las normas, que nacerían de forma espontánea, como surgen muchas cosas, sin necesidad de leyes prefabricadas que únicamente buscan defender ciertos intereses.
Una especie de anarquía consensuada, como dice SALVADOR, una democracia de ciudadanos. Aunque a mí, mas que de ciudadanos, me gusta de personas; porque un ciudadano es una persona libre que se somete a las normas de un Estado concreto.
Muy utópico, sí, pero por lo menos se piensa en esta posibilidad.

4.Publicado por vanlop el 05/10/2016 10:24

Estoy de acuerdo con lo dicho, sin embargo no me atrevo a más porque para ello tendría que aportar una forma de organizar la sociedad distinta y no soy capaz de encontrar ninguna que pueda sustituir con ventaja lo que tenemos.

Nos encontramos con un proceso evolutivo. Podemos considerar que nuestra forma de ver la política parte, con matices, de la revolución. Si la revolución abominaba de los partidos, nos encontramos con una aparente contradicción. Pero debemos considerar que la política ha ido evolucionando desde entonces hasta llegar a las formas actuales.

Y como en toda evolución, sobreviven los mejor dotados. Es decir, si tenemos los partidos, es porque la sociedad ha considerado que es la mejor forma y esto se ha hecho durante dos siglos durante los que se han ido ensayando diversas posibilidades hasta alcanzar la situación actual.

Sin embargo la evolución no se detiene y cuando se llega a una forma inviable, la propia evolución, la dinámica de las cosas, conduce a la extinción. De modo que si bien es cierto que en un mo9mento determinado los partidos fueron la mejor solución, no significa que ahora lo sean y la misma dinámica que los puso en la cima del poder, se encargará de eliminarlos. Y de hecho se observan detalles que auguran una pronta desaparición.

Pero como cualquier sistema, especialmente en política, todo tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Por ejemplo, la forma del Estado. Tenemos una monarquía porque se pensó que debería haber una institución no dependiente de los partidos. Es cierto que la propia idea de hereditaria contradice plenamente la democracia, pero imaginen que tuviéramos una república, tipo Italia o Francia o incluso España, en la que el presidente era elegido por el parlamento. Imaginen a quienes pondrían de presidentes, Podríamos tener a Felipe o a Aznar o incluso a ese que ustedes saben.

Por supuesto, eso queda solventado con una república tipo useño, pero observen que en nuestro entorno no se dan y de hecho no sé que nadie la haya propuesto para España. Que seguramente la hayan propuesto, sólo que no me he enterado.

El sistema uninominal se contempló en la transición pero se consideró y pienso que con cierta razón, pero se pueden alegar argumentos en contra en la misma medida, que impedía la representación a los partidos pequeños y es cierto, varios millones de ciudadanos se quedan sin voz. Con este sistema provincial, también. Recuerdo una vez que el pce había sacado más de dos millones y medio de votos, muchos más que los nacionalistas y quedó con muchos menos escaños. Prácticamente se había privado de representación a dos millones de personas por el mero hecho de vivir dispersas por toda España.

Vemos que la democracia, cuando supera los límites de la ciudad, se vuelve más compleja y los inconvenientes se hacen cada vez mayores, hasta llegar a una situación que la hace inviable. Tal y como ya señalaron los clásicos.

Para ellos la democracia es la evolución a peor de otros sistemas mucho mejores y un paso evolutivo intermedio a la degeneración total.

No entro en si los clásicos tienen razón, pero estamos presenciando la degradación de las democracias en todo el mundo y la tendencia imparable a las tiranías. Y es imparable porque a la sociedad, mantenedora de la democracia, por definición, no parece importarles lo que ocurra.

Cierto que a la sociedad la mueve una minoría concienciada, pero aunque los concienciados supongan una minoría cualificada, falta lo más importante, que es una mínima unión y coordinación de estas personas.

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El voto en blanco es una bofetada democrática a los poderes políticos ineptos y expresa la protesta ciudadana en las urnas cuando padece gobiernos insoportables, injustos y corruptos. Es un gesto democrático de rechazo a los políticos, partidos y programas, no al sistema. Conscientes del riesgo que representaría un voto en blanco masivo, los gestores de las actuales democracias no lo valoran, ni lo contabilizan, ni le otorgan plasmación alguna en las estructuras del poder. El voto en blanco es una censura casi inútil que sólo podemos realizar en las escasas ocasiones que se abren las urnas. Esta bitácora abraza dos objetivos principales: Valorar el peso del voto en blanco en las democracias avanzadas y permitir a los ciudadanos libres ejercer el derecho a la bofetada democrática de manera permanente, a través de la difusión de información, opinión y análisis.


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DEMOCRACIA SEVERA. MÁS ALLÁ DE LA INDIGNACIÓN

Lo que hoy llamamos "democracia" es un triste remedo de lo que fue ese sistema en sus orígenes. Los políticos han aprendido a violarla y la han desnaturalizado y desarmado. "Democracia Severa, mas allá de la indignación" (Tecnos 2015), de Francisco Rubiales Moreno y Juan Jesús Mora Molina, es un libro que denuncia la degradación de la democracia y señala las reformas que el sistema necesita para que sea justo y decente y para que los políticos estén bajo control.
A la democracia le faltan piezas de gran importancia: exigencias éticas, controles a los políticos, que deben ser examinados, psiquica y moralmente, por comisiones independientes, auténtica separación de los poderes y otorgar un papel preponderante a la sociedad civil y al ciudadano, que deben influir y, sobre todo, supervisar la labor de los gobernantes, pudiendo, incluso, destituirlos. La impunidad debe acabar, como también la tolerancia frente a la corrupción y esos cheques en blanco que permiten a los políticos gobernar como les da la gana, ignorando la opinión de los ciudadanos, que son sus jefes y los soberanos del sistema.
Democracia Severa, que ya está en las librerías, aporta lucidez, libertad y solvencia ciudadana. Es una reflexión de denuncia que señala los puntos débiles de nuestro sistema y ayuda a la regeneración y a construir un mundo mejor.
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Las revelaciones de Onakra el escriba de Dios

Este libro, publicado por Francisco Rubiales Moreno, Las Revelaciones de Onakra, el escriba de Dios, no es, como los tres anteriores del mismo autor (Democracia Secuestrada, Políticos, los Nuevos Amos y Periodistas sometidos), un ensayo de pensamiento político, sino una original narración que recoge misteriosas revelaciones sobre la llegada de los primeros ángeles a la Tierra, sus relaciones con las especies vivientes del planeta, el nacimiento de la inteligencia humana y el inicio de esa lucha a muerte entre el bien y el mal que domina la existencia humana, desde el principio hasta el final de los tiempos.
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Periodistas Sometidos. Los perros del poder (Editorial Almuzara, 2009), el último libro publicado por Francisco Rubiales, ha sido acogido con gran interés por políticos, periodistas y ciudadanos interesados en conocer con detalle la profunda crisis del periodismo en España, el sometimiento al poder de miles de periodistas y de redacciones completas, la agonía del periodismo libre, independiente y crítico y la rotura de la vieja alianza entre periodistas y ciudadanos, sin la cual la democracia deja de existir.
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Políticos, los nuevos amos es el nuevo libro de Francisco Rubiales, publicado tras el éxito de Democracia secuestrada.

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La rebelión ya ha comenzado. Los ciudadanos quieren regresar del exilio y revitalizar una democracia que está postrada y secuestrada. El ciudadano será de nuevo el protagonista en una democracia auténtica y regenerada. El ser humano está dispuesto a construir a cualquier precio la catedral del futuro. Hay una fuerza desconocida que le impulsa a hacerlo, a pesar de sus cobardías, dudas y fracasos Pero, hasta conseguirlo, tendrá que atravesar desiertos y desfiladeros poblados de peligros y de alimañas dispuestas a defender con sangre y fuego sus privilegios.
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