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La izquierda española es más fascista que VOX



No es VOX sino el sanchismo quien de verdad merece la etiqueta de "fascista" en España. Aquel grito de "Vosotros los socialistas sois los verdaderos fascistas" que se oyó en algunas manifestaciones del pasado ha resultado ser profético y certero.

El sanchismo ha logrado un truco formidable: colgar el sambenito de “fascista” sobre quien le disputa el poder y reservarse a sí mismo el monopolio de la virtud democrática, aunque su práctica sea genuinamente facha: la polarización amigo-enemigo, el culto al líder, la captura de contrapoderes y el desprecio por la verdad.

Este país no saldrá del drama y de la crisis política mientras una parte de la ciudadanía siga apoyando a aprendices de tirano y votando contra un fantasma, no contra los hechos.

Si la España actual fuera lúcida en lugar de imbécil, llamaría "duce" a Pedro Sánchez.
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Quien observa el deterioro de España —fronteras desguarnecidas, servicios de baja calidad, desprestigio, instituciones colonizadas, impuestos abusivos, corrupción— y aun así considera impensable votar a la derecha de la derecha por miedo al vocablo "facha", ha aceptado el chantaje del sanchismo mentiroso.

La salvación de una nación no consiste en canonizar a un partido; consiste en que el pueblo deje de temblar ante una palabra usada como porra.

Mientras ese miedo dure, el que manda seguirá presentándose como dique contra el fascismo y gobernando como si el país fuera un botín.

Acabo de releer "La toma del poder por los nazis", de William Sheridan Allen, y me han impresionado las numerosas coincidencias entre aquel incipiente partido nazi de Adolf y el PSOE de Pedro. Compartían la mentira, los presupuestos enormes en propaganda, la siembra de división y odio, el reclutamiento de gente baja y viciosa para entregarles cargos públicos, el acoso a los jueces independientes, a periodistas críticos y a disidentes y otros muchos rasgos y tendencias.

Pocas cosas son tan fascistas como la mentira, la siembra de odio, la división, el acoso al que piensa diferente y el culto a la personalidad del líder supremo, vicios genuinos del sanchismo.

Llamar fascista a Sánchez no es una ocurrencia de taberna si se examinan los rasgos de un poder que no soporta límites. Hay rasgos fascistas como un líder indispensable, un relato único y un enemigo interior al que hay que aniquilar moralmente .

Hay colonización de órganos que deberían ser independientes, uso del BOE como arma y conversión de cada crisis en combustible de un bando. Hay propaganda que no informa: inmuniza. Hay criminalización preventiva de la oposición y de la prensa díscola. Hay clientelismo de Estado, reescritura de la memoria y una idea implícita de que la legalidad es flexible cuando estorba al proyecto.

El fascismo clásico no se plasma en camisas y desfiles; empieza cuando el partido se identifica con la nación, cuando el disenso se vuelve traición y cuando el gobernante se cree inamovible.

El sanchismo no es como la Italia de 1922 ni la Alemania de 1933, pero sí es una versión blanda y burocrática de aquellos impulsos: menos milicia y más aparato, menos balcón y más televisión, pero la misma tentación de eternidad.

La tesis de que el fascismo nació en la izquierda hegeliana no es un capricho de panfleto. Mussolini fue director de Avanti!, socialista revolucionario, lector de Sorel y del sindicalismo que soñaba la violencia como partera de la historia; su ruptura no fue hacia el liberalismo manchesteriano, sino hacia un estatismo nacional que conservaba la liturgia de masas, el desprecio al parlamento burgués y la fe en el Estado ético. Giovanni Gentile, filósofo del actualismo de raíz hegeliana, dio al fascismo su metafísica: el individuo realizado solo en el Estado.

El nacionalsocialismo no surgió de Burke ni de Constant; surgió de un partido obrero alemán, con programa de nacionalizaciones, anticapitalismo demagógico y culto a la comunidad total.

Hegel había dejado una herencia ambigua —el Estado como realización de la libertad— que las izquierdas revolucionarias y las derechas revolucionarias saquearon por igual.

El siglo XX demostró que la tiranía rara vez nace del tendero que quiere que le dejen en paz. Nace del que quiere refundar al hombre desde el poder.

España está enferma de etiquetas y corta de evidencias. El verdadero riesgo no es que alguien vote a VOX sin pedirle permiso a la cultura oficial; el riesgo es que millones sigan creyendo que el fascismo solo existe a la derecha, mientras un Gobierno de vocación hegemónica concentra poder, divide al país y señala al vecino o al opositor como único peligro.

Una democracia adulta no pide fe en un partido. Pide que se juzgue al poder por lo que hace. Y lo que hace el sanchismo —eternizarse, polarizar, colonizar y negar— se parece bastante más al manual del caudillo de aparato que al de una democracia.

El día en que el miedo a una sigla (VOX) pese menos que el miedo a perder el país bajo Sánchez, España habrá empezado a curarse. No por magia de un voto, sino porque habrá recuperado el juicio.

Francisco Rubiales


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Miércoles, 23 de Septiembre 2026
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