Tenía pinta de idiota, pero era el más grande de los chorizos
Los indicios acumulados, las pruebas, el potente auto judicial y los informes de la UDEF pintan un cuadro demoledor de tráfico de influencias, favores millonarios y corrupción sistemática. Zapatero, que durante años se presentó como referente moral de la izquierda, emerge como un operador de negocios sucios que utilizó su influencia para enriquecerse y proteger intereses oscuros. Su hundimiento arrastra consigo todo el edificio sanchista.
La responsabilidad de Zapatero es grave, pero la de Pedro Sánchez y su Gobierno es aún mayor. Zapatero solo influía y presionaba, pero quien decidía, autorizaba y otorgaba los rescates, contratos y favores era el Ejecutivo de Sánchez. Cada operación sospechosa que salpica al expresidente requirió la colaboración activa, consciente y decisiva del Gobierno actual.
Los ministros, los altos cargos y el propio Sánchez no fueron meros espectadores: fueron cómplices necesarios. Por eso, la condena de Zapatero será la prueba irrefutable de que el sanchismo es un sistema corrupto de arriba abajo.
Cuando el juez dicte sentencia contra Zapatero, el golpe será mortal para Sánchez. Ya no podrá parapetarse en la “herencia recibida” ni en excusas temporales. Quedará demostrado que las suciedades del anterior presidente socialista solo fueron posibles gracias a la protección, el aval y la ejecución directa del actual Gobierno.
El sanchismo, ya herido de muerte por sus propios escándalos, quedará destrozado, moral y judicialmente. Su discurso de regeneración, progreso y ética se revelará como la mayor estafa política de la democracia española.
El entierro del sanchismo será doble: el de Zapatero primero y el de Sánchez después. Un partido que presume de superioridad moral quedará expuesto como una máquina de poder dedicada al saqueo y al reparto de favores.
España, la principal víctima de ese "dúo de la muerte" Sánchez-Zapatero, necesita urgentemente pasar página a esta etapa oscura de corrupción institucionalizada y abrir la puerta a la exigencia de responsabilidades masivas que el sanchismo tanto teme.
El final se acerca y será tan indigno como merecido.
Francisco Rubiales
La responsabilidad de Zapatero es grave, pero la de Pedro Sánchez y su Gobierno es aún mayor. Zapatero solo influía y presionaba, pero quien decidía, autorizaba y otorgaba los rescates, contratos y favores era el Ejecutivo de Sánchez. Cada operación sospechosa que salpica al expresidente requirió la colaboración activa, consciente y decisiva del Gobierno actual.
Los ministros, los altos cargos y el propio Sánchez no fueron meros espectadores: fueron cómplices necesarios. Por eso, la condena de Zapatero será la prueba irrefutable de que el sanchismo es un sistema corrupto de arriba abajo.
Cuando el juez dicte sentencia contra Zapatero, el golpe será mortal para Sánchez. Ya no podrá parapetarse en la “herencia recibida” ni en excusas temporales. Quedará demostrado que las suciedades del anterior presidente socialista solo fueron posibles gracias a la protección, el aval y la ejecución directa del actual Gobierno.
El sanchismo, ya herido de muerte por sus propios escándalos, quedará destrozado, moral y judicialmente. Su discurso de regeneración, progreso y ética se revelará como la mayor estafa política de la democracia española.
El entierro del sanchismo será doble: el de Zapatero primero y el de Sánchez después. Un partido que presume de superioridad moral quedará expuesto como una máquina de poder dedicada al saqueo y al reparto de favores.
España, la principal víctima de ese "dúo de la muerte" Sánchez-Zapatero, necesita urgentemente pasar página a esta etapa oscura de corrupción institucionalizada y abrir la puerta a la exigencia de responsabilidades masivas que el sanchismo tanto teme.
El final se acerca y será tan indigno como merecido.
Francisco Rubiales