Alberto Núñez Feijóo, aunque más contundente en el discurso que Rajoy, arrastra el mismo riesgo de moderación excesiva cuando las encuestas aprietan o Bruselas llama a la puerta. Por eso VOX se ha consolidado como una necesidad en la España actual. Su irrupción ha acabado con el cómodo bipartidismo, ha roto el monopolio del centro-derecha y ha obligado al PP a endurecer posiciones que antes suavizaba por miedo al riesgo y a la prensa.
En las coaliciones autonómicas de Valencia, Castilla y León, Aragón o Murcia, VOX ha actuado como contrapeso real, presionando por medidas concretas contra la ideología de género en las aulas, por un control más estricto de la inmigración ilegal y por la derogación de leyes que atacan la igualdad de los españoles. Sin esa presión externa, el PP tiende a volver a su zona de confort centrista y sumisa, sin combatir de frente las injusticias y abusos socialistas.
Lejos de ser un riesgo, VOX ha demostrado en su ascenso una capacidad de aprendizaje: ha estudiado los fallos de sus adversarios —corrupción, abuso de poder, incumplimiento sistemático de promesas y anteposición de intereses partidistas al bien común— y ha intentado blindarse contra ellos.
Su discurso sin complejos sobre la prioridad para los españoles, la soberanía nacional, la ley y el orden, y la defensa de la familia tradicional responde a una demanda real de millones de españoles que se sentían huérfanos.
En un momento en que Sánchez erosiona las instituciones desde el Gobierno, una derecha fuerte y vigilada por VOX es la mejor garantía de que las promesas electorales no se queden en papel mojado.
España no necesita una derecha cómoda que gestione la decadencia con elegancia. Necesita una derecha que cumpla. Y mientras el PP no demuestre que puede hacerlo por sí solo, VOX seguirá siendo un actor indispensable para obligarlo a ser coherente con lo que dice cuando está en la oposición.
El votante conservador no pide perfección, pero sí resultados. VOX está ahí para recordárselo.
Francisco Rubiales
En las coaliciones autonómicas de Valencia, Castilla y León, Aragón o Murcia, VOX ha actuado como contrapeso real, presionando por medidas concretas contra la ideología de género en las aulas, por un control más estricto de la inmigración ilegal y por la derogación de leyes que atacan la igualdad de los españoles. Sin esa presión externa, el PP tiende a volver a su zona de confort centrista y sumisa, sin combatir de frente las injusticias y abusos socialistas.
Lejos de ser un riesgo, VOX ha demostrado en su ascenso una capacidad de aprendizaje: ha estudiado los fallos de sus adversarios —corrupción, abuso de poder, incumplimiento sistemático de promesas y anteposición de intereses partidistas al bien común— y ha intentado blindarse contra ellos.
Su discurso sin complejos sobre la prioridad para los españoles, la soberanía nacional, la ley y el orden, y la defensa de la familia tradicional responde a una demanda real de millones de españoles que se sentían huérfanos.
En un momento en que Sánchez erosiona las instituciones desde el Gobierno, una derecha fuerte y vigilada por VOX es la mejor garantía de que las promesas electorales no se queden en papel mojado.
España no necesita una derecha cómoda que gestione la decadencia con elegancia. Necesita una derecha que cumpla. Y mientras el PP no demuestre que puede hacerlo por sí solo, VOX seguirá siendo un actor indispensable para obligarlo a ser coherente con lo que dice cuando está en la oposición.
El votante conservador no pide perfección, pero sí resultados. VOX está ahí para recordárselo.
Francisco Rubiales