El 29 de noviembre España votará en una campaña que ya se anuncia dramática y con actuaciones que avergonzarían al mismísimo Al Capone.
No viviremos un debate sobre cifras, plazos y responsabilidades, sino un choque entre lenguajes. Los políticos horteras van a gritar más que nunca porque se juegan el poder y el dinero. El riesgo es que el grito del mafioso sin escrúpulos, el insulto y la consigna repetida se impongan a la evidencia.
Cuando la campaña se convierte en ruido, gana quien mejor miente y quien mejor señala un culpable ajeno.
Ese es el terreno que el sanchismo ha elegido, porque es el fango mafioso que mejor domina.
La izquierda intentará convencer al votante de una enorme mentira: que el drama de la vivienda es culpa de la derecha.
Pero la secuencia de los hechos dice otra cosa. El Gobierno de Sánchez ha gobernado durante años sin producir el parque de vivienda social y asequible que el país necesitaba, mientras la demanda crecía y la oferta se quedaba corta. Al mismo tiempo ha animado la entrada de capital institucional y, en paralelo, ha asustado al propietario particular y al inversor de medio tamaño con impuestos, inseguridad jurídica, prórrogas forzadas y una protección reiterada al moroso y al ocupante de viviendas ajenas.
El resultado es menos pisos en el mercado, más miedo a alquilar y precios que suben sin parar. Esa política ha sido un desastre. Ahora pretenden culpar a quien no ha tenido el poder.
La estrategia es tramposa. Consiste en fabricar o agravar el problema y, cuando duele, presentarse como quien quiere resolverlo. A Sánchez le basta con señalar a la derecha, a los fondos y al mercado, y pedir el voto de quien ya no puede pagar un alquiler.
Es una estafa al elector y a la verdad que oculta la responsabilidad de quien ha gobernando. Es una sucia paradoja: el culpable convierte su propio fracaso en munición electoral.
Lo grave es que esa campaña sucia, que gira en torno a ese relato falso y mafioso, puede vencer, coronando a la mafia y al hedor como gobernantes de España.
Aunque parezca increíble, esa operación burda, indecente y antidemocrática, puede funcionar en un país destrozado por el adoctrinamiento, el odio de trinchera y la mentira permanente, quizás porque la izquierda grita como verdulera y la derecha habla de manera incomprensible, como un despacho de abogados.
Cuando el votante deja de preguntar quién gobernaba mientras no se construía, y se conforma con el enemigo que le ponen delante, la cordura pierde y el excremento gana.
La vivienda no se arregla con gritos, odio y culpables de cartón. Se arregla construyendo, devolviendo seguridad a quien arrienda y dejando de tratar al propietario como sospechoso de delitos contra el pueblo.
Ojalá los votantes se den cuenta de que no se puede votar a una mafia socialista que contacta con narcos para intimidar o eliminar a jueces.
Eso es demasiado sucio y repugnante para que la España digna lo tolere.
Francisco Rubiales
No viviremos un debate sobre cifras, plazos y responsabilidades, sino un choque entre lenguajes. Los políticos horteras van a gritar más que nunca porque se juegan el poder y el dinero. El riesgo es que el grito del mafioso sin escrúpulos, el insulto y la consigna repetida se impongan a la evidencia.
Cuando la campaña se convierte en ruido, gana quien mejor miente y quien mejor señala un culpable ajeno.
Ese es el terreno que el sanchismo ha elegido, porque es el fango mafioso que mejor domina.
La izquierda intentará convencer al votante de una enorme mentira: que el drama de la vivienda es culpa de la derecha.
Pero la secuencia de los hechos dice otra cosa. El Gobierno de Sánchez ha gobernado durante años sin producir el parque de vivienda social y asequible que el país necesitaba, mientras la demanda crecía y la oferta se quedaba corta. Al mismo tiempo ha animado la entrada de capital institucional y, en paralelo, ha asustado al propietario particular y al inversor de medio tamaño con impuestos, inseguridad jurídica, prórrogas forzadas y una protección reiterada al moroso y al ocupante de viviendas ajenas.
El resultado es menos pisos en el mercado, más miedo a alquilar y precios que suben sin parar. Esa política ha sido un desastre. Ahora pretenden culpar a quien no ha tenido el poder.
La estrategia es tramposa. Consiste en fabricar o agravar el problema y, cuando duele, presentarse como quien quiere resolverlo. A Sánchez le basta con señalar a la derecha, a los fondos y al mercado, y pedir el voto de quien ya no puede pagar un alquiler.
Es una estafa al elector y a la verdad que oculta la responsabilidad de quien ha gobernando. Es una sucia paradoja: el culpable convierte su propio fracaso en munición electoral.
Lo grave es que esa campaña sucia, que gira en torno a ese relato falso y mafioso, puede vencer, coronando a la mafia y al hedor como gobernantes de España.
Aunque parezca increíble, esa operación burda, indecente y antidemocrática, puede funcionar en un país destrozado por el adoctrinamiento, el odio de trinchera y la mentira permanente, quizás porque la izquierda grita como verdulera y la derecha habla de manera incomprensible, como un despacho de abogados.
Cuando el votante deja de preguntar quién gobernaba mientras no se construía, y se conforma con el enemigo que le ponen delante, la cordura pierde y el excremento gana.
La vivienda no se arregla con gritos, odio y culpables de cartón. Se arregla construyendo, devolviendo seguridad a quien arrienda y dejando de tratar al propietario como sospechoso de delitos contra el pueblo.
Ojalá los votantes se den cuenta de que no se puede votar a una mafia socialista que contacta con narcos para intimidar o eliminar a jueces.
Eso es demasiado sucio y repugnante para que la España digna lo tolere.
Francisco Rubiales