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Sánchez le tiene pánico al pueblo español



Sánchez le tiene pánico al pueblo español y después de su miserable actuación en Ceuta, muchos más.

Es consciente de que muchos ciudadanos, maltratados por él, le pitan, la abuchean, le insultan, no le votan y buscan venganza.

Por eso utiliza a la policía como guardia pretoriana y por eso se mueve rodeado de guardaespaldas, en caravanas interminables de coches.

Tiene en sus manos demasiado poder, más del que es recomendable en democracia, casi tanto como el que tuvieron dictadores como Stalin y Fidel Castro.
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Pedro Sánchez no se comporta como un presidente que confía en su pueblo. Se comporta como alguien que lo teme.

Tras años de crisis, de un entorno judicial que le quema y de una opinión pública que le rechaza en las encuestas y le pide que abra las urnas, su relación con España ha dejado de ser de liderazgo para ser de sospecha y recelo.

El ciudadano, para Sánchez, no es el titular de la soberanía, sino una amenaza. De ahí el lenguaje de trinchera, la manía de presentar cada crítica como un golpe y cada derrota como una conspiración.

Quien maltrata a un país —con desprecio, con relato y con impunidad selectiva— termina imaginando que ese país le devolverá el golpe. El pánico no nace de la grandeza. Nace de la culpa política y del aislamiento.

Ese miedo se ve en la escenografía del poder. Sánchez se desplaza como si España fuera territorio hostil: cordones policiales, escoltas, caravanas que cortan calles y convierten cada trayecto en un dispositivo de guerra menor.

La policía democrática existe para proteger a todos, no para servir de guardia pretoriana de un hombre. Cuando el presidente necesita tanto acero y tanto coche para atravesar su propio país, el mensaje no es de autoridad: es de desconfianza y miedo.

Un gobernante seguro camina entre los suyos. Un gobernante asustado se blinda contra ellos y llama a eso «seguridad del Estado».

Dentro del PSOE ha concentrado un poder personal que no se parece al de un secretario general ordinario. Ha vaciado contrapoderes internos, ha hecho del aparato una correa de transmisión y ha convertido la lealtad en el único criterio de supervivencia política.

Compararlo con Stalin o con Castro es una hipérbole porque España sigue teniendo prensa, jueces y oposición. Pero la analogía señala un rasgo real y peligroso: el partido como feudo, el disenso como traición y el líder como único centro. Esa concentración no es fuerza. Es fragilidad disfrazada, pánico en las venas.

Los autócratas de partido de todo el mundo también empezaron por sentir pánico y asfixiar a los suyos antes de enfrentarse a su pueblo.

El paralelo con Ceaucescu sirve como advertencia, no como deseo de sangre. El rumano no cayó solo por ser un tirano comunista, sino porque gobernó de espaldas a una sociedad a la que ya no escuchaba y a la que terminó temiendo más que a sus enemigos exteriores.

España no es la Rumanía de 1989, y ninguna democracia seria se repara con venganza física. Se repara con urnas, con ley y con relevo. El riesgo está en otro sitio: en un presidente que, viendo el rechazo, se aferra al cargo, rodea el poder de escoltas y trata al pueblo como un enemigo a contener.

Quien llega a ese punto no está a un paso de la grandeza. Está a un paso del desastre y de convertir su miedo en destrucción y en problema de todos.

Francisco Rubiales

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Sábado, 5 de Septiembre 2026
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