El reciente revuelo sobre la supuesta dolencia cardiovascular de Pedro Sánchez, filtrada con todo lujo de detalles —hospital Ramón y Cajal, doctor Zamorano, riesgo de trombosis o infarto— ha puesto el foco en su corazón, pero el verdadero drama no late bajo la camisa, sino en la cabeza que toma decisiones.
Mientras unos especulan con anginas de pecho o arritmias, lo que realmente parece desbocado es el mecanismo que le permite seguir resistiendo a los escándalos, fraguar pactos imposibles y bregar impasible con una oposición que lo acusa casi a diario de traición.
El estrés crónico que exhibe su rostro demacrado en apenas siete años no se cura con betabloqueantes ni estatinas: necesita algo más potente que un electrocardiograma. El corazón puede aguantar, pero la cordura tiene un límite mucho más estrecho. Porque si el presidente necesita un cardiólogo para vigilar sus latidos, lo que reclama a gritos es un psiquiatra que le cure del victimismo mesiánico, que le elimine el odio, le restaure la cordura y la lucidez y que le provea de autocrítica.
La capacidad de Sánchez para negar la realidad, para transformar derrotas en heroicidades y para mantener esa sonrisa controlada mientras todo arde a su alrededor roza o invade lo patológico. No se trata de diagnosticar desde el sofá, pero cuando alguien lleva años viviendo en un bucle de negación, grandiosidad y persecución imaginaria, el especialista que más falta le hace no lleva bata blanca de cardiología, sino el diván y el talonario de recetas psicofarmacológicas.
La pregunta no es si Sánchez necesita más un cardiólogo o un psiquiatra, sino si España puede permitirse seguir gobernada por alguien que antepone sus intereses y su supervivencia personal al bien común y la estabilidad colectiva.
Un infarto se avisa con síntomas y se trata en las urgencias hospitalarias, pero una desconexión con la realidad, es más difícil de eliminar porque se disfraza de resistencia y de heroísmo cuando realmente es una obsesión dramática por el poder.
Mientras el debate médico sigue en las portadas, más de media España sabe que el órgano que le falla de verdad no el que bombea sangre, sino el que debería bombear cordura y sensatez, piedad y amor al prójimo y a su patria, España.
El psiquiatra es urgente y el cardiólogo puede esperar turno.
Francisco Rubiales
Mientras unos especulan con anginas de pecho o arritmias, lo que realmente parece desbocado es el mecanismo que le permite seguir resistiendo a los escándalos, fraguar pactos imposibles y bregar impasible con una oposición que lo acusa casi a diario de traición.
El estrés crónico que exhibe su rostro demacrado en apenas siete años no se cura con betabloqueantes ni estatinas: necesita algo más potente que un electrocardiograma. El corazón puede aguantar, pero la cordura tiene un límite mucho más estrecho. Porque si el presidente necesita un cardiólogo para vigilar sus latidos, lo que reclama a gritos es un psiquiatra que le cure del victimismo mesiánico, que le elimine el odio, le restaure la cordura y la lucidez y que le provea de autocrítica.
La capacidad de Sánchez para negar la realidad, para transformar derrotas en heroicidades y para mantener esa sonrisa controlada mientras todo arde a su alrededor roza o invade lo patológico. No se trata de diagnosticar desde el sofá, pero cuando alguien lleva años viviendo en un bucle de negación, grandiosidad y persecución imaginaria, el especialista que más falta le hace no lleva bata blanca de cardiología, sino el diván y el talonario de recetas psicofarmacológicas.
La pregunta no es si Sánchez necesita más un cardiólogo o un psiquiatra, sino si España puede permitirse seguir gobernada por alguien que antepone sus intereses y su supervivencia personal al bien común y la estabilidad colectiva.
Un infarto se avisa con síntomas y se trata en las urgencias hospitalarias, pero una desconexión con la realidad, es más difícil de eliminar porque se disfraza de resistencia y de heroísmo cuando realmente es una obsesión dramática por el poder.
Mientras el debate médico sigue en las portadas, más de media España sabe que el órgano que le falla de verdad no el que bombea sangre, sino el que debería bombear cordura y sensatez, piedad y amor al prójimo y a su patria, España.
El psiquiatra es urgente y el cardiólogo puede esperar turno.
Francisco Rubiales