Murió “dignamente”, según la ley que aprobó el Gobierno de Pedro Sánchez en 2021. Noelia ya no sufre. Y el país entero lo vio en prime time: su última entrevista, su vestido bonito, su deseo de “irse en paz”. Y uno se pregunta, con la frialdad que merece un debate tan serio: ¿por qué Noelia sí y el sanchismo no?
Porque si la eutanasia se concede por sufrimiento insoportable, por fracaso vital, por rechazo social y por un futuro que parece un callejón sin salida, entonces el sanchismo como forma de Gobierno acumula méritos de sobra para pedirla mañana mismo.
Noelia fue violada. Creció sin el calor de una familia estable. Vivió en instituciones y dependió del Estado. Intentó quitarse la vida y el intento la condenó a una silla de ruedas. Dolor físico constante. Dolor mental que no se apagaba. Soledad. Fracaso. Y eligió morir.
El sanchismo, en cambio, lleva años gobernando España desde la más absoluta de las derrotas morales y políticas. El pueblo rechaza al líder en la calle: le pita, le abuchea, le grita “fuera” cada vez que aparece en público. Ha convertido la corrupción en método de gobierno: indultos a golpistas, pactos con independentistas y un partido que se sostiene sobre acuerdos que avergüenzan a media España. Ha hecho de un país que era respetado en Europa un actor irrelevante, un hazmerreír internacional que mendiga relevancia mientras sus socios europeos lo miran con condescendencia.
Su familia y su círculo más cercano tienen un pie (o los dos) en los tribunales. Y, aun así, ahí sigue: sonriendo en Moncloa, negando la realidad, aferrado al poder como si España le perteneciera.
¿No es eso también un drama insoportable? ¿No es eso un sufrimiento crónico e incurable para millones de españoles que ven cómo su país se hunde mientras el presidente presume de “progreso”?
La ley de eutanasia que Sánchez impulsó y celebra no distingue entre el dolor de una joven parapléjica y el dolor de una nación humillada. O al menos no debería, si de verdad se trata de “dignidad” y “autonomía”. ¿O sí distingue? ¿La eutanasia es solo para los débiles, los que no pueden defenderse, los que ya están rotos? ¿Para los que el Estado falló primero y luego les ofrece la muerte como solución rápida y barata?
Noelia no pedía compasión barata. Pedía acabar con un sufrimiento que nadie, ni siquiera su propio padre, pudo (o quiso) aliviar del todo. Pero el Estado, ese mismo Estado que la dejó crecer entre grietas, le dio la salida más definitiva: la muerte.
Mientras tanto, Sánchez sigue vivo, vital, rodeado de guardaespaldas, con su sueldo, sus coches oficiales y su agenda llena de fotos sonrientes. ¿Dónde está la coherencia?
España se ha convertido en un país donde se debate con pasión si una chica de 25 años tiene derecho a morir, pero nadie se atreve a decir en voz alta que el verdadero fracaso colectivo es un Gobierno que ha llevado al país al borde del precipicio moral, económico y social… y que, aun así, se niega a desaparecer.
Noelia ya descansó. El sanchismo, por ahora, sigue ahí.
Quizá sea hora de preguntarnos si la eutanasia no debería aplicarse también a los proyectos políticos fracasados.
Francisco Rubiales
Porque si la eutanasia se concede por sufrimiento insoportable, por fracaso vital, por rechazo social y por un futuro que parece un callejón sin salida, entonces el sanchismo como forma de Gobierno acumula méritos de sobra para pedirla mañana mismo.
Noelia fue violada. Creció sin el calor de una familia estable. Vivió en instituciones y dependió del Estado. Intentó quitarse la vida y el intento la condenó a una silla de ruedas. Dolor físico constante. Dolor mental que no se apagaba. Soledad. Fracaso. Y eligió morir.
El sanchismo, en cambio, lleva años gobernando España desde la más absoluta de las derrotas morales y políticas. El pueblo rechaza al líder en la calle: le pita, le abuchea, le grita “fuera” cada vez que aparece en público. Ha convertido la corrupción en método de gobierno: indultos a golpistas, pactos con independentistas y un partido que se sostiene sobre acuerdos que avergüenzan a media España. Ha hecho de un país que era respetado en Europa un actor irrelevante, un hazmerreír internacional que mendiga relevancia mientras sus socios europeos lo miran con condescendencia.
Su familia y su círculo más cercano tienen un pie (o los dos) en los tribunales. Y, aun así, ahí sigue: sonriendo en Moncloa, negando la realidad, aferrado al poder como si España le perteneciera.
¿No es eso también un drama insoportable? ¿No es eso un sufrimiento crónico e incurable para millones de españoles que ven cómo su país se hunde mientras el presidente presume de “progreso”?
La ley de eutanasia que Sánchez impulsó y celebra no distingue entre el dolor de una joven parapléjica y el dolor de una nación humillada. O al menos no debería, si de verdad se trata de “dignidad” y “autonomía”. ¿O sí distingue? ¿La eutanasia es solo para los débiles, los que no pueden defenderse, los que ya están rotos? ¿Para los que el Estado falló primero y luego les ofrece la muerte como solución rápida y barata?
Noelia no pedía compasión barata. Pedía acabar con un sufrimiento que nadie, ni siquiera su propio padre, pudo (o quiso) aliviar del todo. Pero el Estado, ese mismo Estado que la dejó crecer entre grietas, le dio la salida más definitiva: la muerte.
Mientras tanto, Sánchez sigue vivo, vital, rodeado de guardaespaldas, con su sueldo, sus coches oficiales y su agenda llena de fotos sonrientes. ¿Dónde está la coherencia?
España se ha convertido en un país donde se debate con pasión si una chica de 25 años tiene derecho a morir, pero nadie se atreve a decir en voz alta que el verdadero fracaso colectivo es un Gobierno que ha llevado al país al borde del precipicio moral, económico y social… y que, aun así, se niega a desaparecer.
Noelia ya descansó. El sanchismo, por ahora, sigue ahí.
Quizá sea hora de preguntarnos si la eutanasia no debería aplicarse también a los proyectos políticos fracasados.
Francisco Rubiales