El PSOE, en otros tiempos partido de Estado, ha quedado reducido a un aparato clientelar y sectario bajo su influencia. Sus dirigentes, antes respetados, son ahora piltrafas que juegan a la impostura y la falsedad.
Zapatero abrió la puerta al clientelismo y a la impunidad con sus rescates cuestionables y sus negocios posteriores; Sánchez la ha empujado hasta convertir Ferraz en un nido de tramas que hoy salpican a su círculo más cercano.
La defensa cerrada que Sánchez ofrece a Zapatero, pese a las investigaciones judiciales por tráfico de influencias y blanqueo, demuestra que la lealtad mafiosa ha sustituido a cualquier principio ético.
El PSOE ya no representa a la izquierda socialdemócrata clásica, sino a una maquinaria de poder que premia la obediencia y castiga la disidencia interna.
Esa misma toxicidad se ha extendido como una plaga sobre la izquierda y sobre España entera.
La polarización extrema, el desprecio a la Constitución cuando no conviene, los pactos con independentistas que amenazan la unidad nacional y la erosión sistemática de instituciones como la Fiscalía o la Justicia son herencia directa de ambos.
Zapatero legitimó la negociación con quienes querían destruir el Estado desde el terrorismo de ETA; Sánchez ha perfeccionado el método con amnistías y cesiones que dividen a los españoles.
La sociedad paga las consecuencias: desconfianza institucional, hartazgo ciudadano y una izquierda desorientada que ya no distingue entre defensa de derechos y defensa de privilegios corruptos.
Extirpar esta toxicidad no es una opción partidista, sino una necesidad vital para la salvación de España.
Mientras Sánchez y Zapatero sigan marcando el rumbo del PSOE y de buena parte de la izquierda, el país seguirá destilando baba tóxica y se diluirá envenenado por la corrupción, la división y el deterioro institucional.
Solo una renovación radical, que rompa con este legado y devuelva al centro del tablero la defensa del interés general por encima de cualquier lealtad personal, podrá limpiar el ambiente político y permitir que España recupere la estabilidad y la decencia que ambos han contribuido a destruir.
Francisco Rubiales
Zapatero abrió la puerta al clientelismo y a la impunidad con sus rescates cuestionables y sus negocios posteriores; Sánchez la ha empujado hasta convertir Ferraz en un nido de tramas que hoy salpican a su círculo más cercano.
La defensa cerrada que Sánchez ofrece a Zapatero, pese a las investigaciones judiciales por tráfico de influencias y blanqueo, demuestra que la lealtad mafiosa ha sustituido a cualquier principio ético.
El PSOE ya no representa a la izquierda socialdemócrata clásica, sino a una maquinaria de poder que premia la obediencia y castiga la disidencia interna.
Esa misma toxicidad se ha extendido como una plaga sobre la izquierda y sobre España entera.
La polarización extrema, el desprecio a la Constitución cuando no conviene, los pactos con independentistas que amenazan la unidad nacional y la erosión sistemática de instituciones como la Fiscalía o la Justicia son herencia directa de ambos.
Zapatero legitimó la negociación con quienes querían destruir el Estado desde el terrorismo de ETA; Sánchez ha perfeccionado el método con amnistías y cesiones que dividen a los españoles.
La sociedad paga las consecuencias: desconfianza institucional, hartazgo ciudadano y una izquierda desorientada que ya no distingue entre defensa de derechos y defensa de privilegios corruptos.
Extirpar esta toxicidad no es una opción partidista, sino una necesidad vital para la salvación de España.
Mientras Sánchez y Zapatero sigan marcando el rumbo del PSOE y de buena parte de la izquierda, el país seguirá destilando baba tóxica y se diluirá envenenado por la corrupción, la división y el deterioro institucional.
Solo una renovación radical, que rompa con este legado y devuelva al centro del tablero la defensa del interés general por encima de cualquier lealtad personal, podrá limpiar el ambiente político y permitir que España recupere la estabilidad y la decencia que ambos han contribuido a destruir.
Francisco Rubiales