Pedro y Begoña hacen turismo en China, en espera de su encuentro con el dictador Xi Jinping
Pedro Sánchez ha manifestado en múltiples ocasiones una abierta fascinación por el modelo chino de gobernanza, un sistema que encarna precisamente lo que él anhela para España: un líder inamovible en el poder, como Xi Jinping, que acumula mandatos indefinidos sin la molesta interferencia de elecciones libres.
En China, el Partido Comunista Chino ejerce un monopolio absoluto, eliminando cualquier forma de oposición real y convirtiendo al Estado en una maquinaria imponente que somete a todos los recursos nacionales al servicio del líder supremo.
Sánchez, que es un tirano leninista frustrado, ve en Pekín el paraíso de un poder centralizado donde las instituciones, los poderes y los recursos se alinean sin fisuras bajo la voluntad de un solo hombre, algo que contrasta con las limitaciones democráticas que aún persisten en España y que él tanto desprecia.
Bajo el régimen que tanto admira Sánchez, no existe libertad de expresión ni de prensa. Los ciudadanos están controlados por el Estado a través de una vigilancia omnipresente, con el Partido vigilando cada aspecto de la vida pública y privada.
Todas las instituciones, desde los medios hasta las universidades, funcionan como extensiones del poder central, y los poderes legislativo y judicial permanecen completamente sometidos al Gobierno, sin independencia alguna.
Este control totalitario es el sueño húmedo de un líder como Sánchez, que ha impulsado reformas en España para eliminar los contrapesos democráticos, centralizando decisiones y silenciando disidencias, tal como se hace en China con eficiencia implacable. Para él, la ausencia de libertades no es un defecto, sino la clave del éxito de un Estado fuerte e imponente.
En este contexto, Sánchez se encuentra hoy en China, cerrando con ese país totalitario, enemigo declarado de Estados Unidos y de las libertades y derechos del mundo occidental, una alianza de hierro antidemocrática.
Mientras Europa y Occidente intentan contrarrestar la expansión de Pekín, el presidente del Gobierno español profundiza lazos económicos, tecnológicos y políticos con el régimen de Xi, ignorando las amenazas que representa para la soberanía y los valores democráticos.
Este matrimonio no responde a intereses nacionales, ni siquiera a una afinidad ideológica profunda. Sánchez ve en China el espejo de lo que quiere construir en España, un bloque autoritario capaz de desafiar al orden liberal occidental y priorizar el control estatal por encima de todo.
Sánchez avanza en esa alianza siniestra sin consenso parlamentario alguno y en contra de la voluntad de la mayoría de los españoles, actuando como un tirano inmoral y totalitario que desprecia las reglas del juego democrático.
Impone su visión personal desde Moncloa, rodeado de un partido socialista que funciona como un aparato sometido, sin debatir sus decisiones, sin informar a la ciudadanía e imponiendo una peligrosa amistad con un régimen opresor.
Esta forma de gobernar, que emula los métodos chinos de imposición unilateral, revela su verdadera naturaleza, la de un líder dispuesto a sacrificar la democracia española en aras de un poder absoluto.
Francisco Rubiales
En China, el Partido Comunista Chino ejerce un monopolio absoluto, eliminando cualquier forma de oposición real y convirtiendo al Estado en una maquinaria imponente que somete a todos los recursos nacionales al servicio del líder supremo.
Sánchez, que es un tirano leninista frustrado, ve en Pekín el paraíso de un poder centralizado donde las instituciones, los poderes y los recursos se alinean sin fisuras bajo la voluntad de un solo hombre, algo que contrasta con las limitaciones democráticas que aún persisten en España y que él tanto desprecia.
Bajo el régimen que tanto admira Sánchez, no existe libertad de expresión ni de prensa. Los ciudadanos están controlados por el Estado a través de una vigilancia omnipresente, con el Partido vigilando cada aspecto de la vida pública y privada.
Todas las instituciones, desde los medios hasta las universidades, funcionan como extensiones del poder central, y los poderes legislativo y judicial permanecen completamente sometidos al Gobierno, sin independencia alguna.
Este control totalitario es el sueño húmedo de un líder como Sánchez, que ha impulsado reformas en España para eliminar los contrapesos democráticos, centralizando decisiones y silenciando disidencias, tal como se hace en China con eficiencia implacable. Para él, la ausencia de libertades no es un defecto, sino la clave del éxito de un Estado fuerte e imponente.
En este contexto, Sánchez se encuentra hoy en China, cerrando con ese país totalitario, enemigo declarado de Estados Unidos y de las libertades y derechos del mundo occidental, una alianza de hierro antidemocrática.
Mientras Europa y Occidente intentan contrarrestar la expansión de Pekín, el presidente del Gobierno español profundiza lazos económicos, tecnológicos y políticos con el régimen de Xi, ignorando las amenazas que representa para la soberanía y los valores democráticos.
Este matrimonio no responde a intereses nacionales, ni siquiera a una afinidad ideológica profunda. Sánchez ve en China el espejo de lo que quiere construir en España, un bloque autoritario capaz de desafiar al orden liberal occidental y priorizar el control estatal por encima de todo.
Sánchez avanza en esa alianza siniestra sin consenso parlamentario alguno y en contra de la voluntad de la mayoría de los españoles, actuando como un tirano inmoral y totalitario que desprecia las reglas del juego democrático.
Impone su visión personal desde Moncloa, rodeado de un partido socialista que funciona como un aparato sometido, sin debatir sus decisiones, sin informar a la ciudadanía e imponiendo una peligrosa amistad con un régimen opresor.
Esta forma de gobernar, que emula los métodos chinos de imposición unilateral, revela su verdadera naturaleza, la de un líder dispuesto a sacrificar la democracia española en aras de un poder absoluto.
Francisco Rubiales