Este estilo de gobernar no solo es impropio de un líder democrático, sino que revela una desconexión absoluta con la realidad de un país que lucha con la inflación, la vivienda y los recortes en servicios esenciales.
El último episodio del Airbus A310 de 80 plazas para viajar a Londres y asistir a la graduación de su hija es solo la punta del iceberg.
Tras la cumbre de la OTAN en Ankara, Sánchez utilizó el avión militar más grande de la flota VIP, con un coste estimado superior a los 18.000 euros solo en ese trayecto, mientras sus ministros regresaban en Falcon más modestos.
No había agenda oficial en Reino Unido que justificara tal despliegue. Este derroche se suma al uso recurrente de los Falcon del Estado para desplazamientos cortos, viajes de su esposa Begoña Gómez y traslados familiares a residencias oficiales como La Mareta en Lanzarote o Quintos de Mora.
Los datos revelan centenares de vuelos en estos aparatos, con un consumo millonario de combustible y emisiones de CO₂ que contrastan brutalmente con la agenda ecologista que predica el Gobierno.
Hasta las hijas de Sánchez utilizan aviones del Estado para desplazarse. Todo un abuso corrupto.
La corte de Sánchez es otro ejemplo de abuso institucional. Con casi un millar de asesores contratados a dedo (récord histórico que supera ampliamente a gobiernos anteriores) y un gasto en personal de confianza que roza los 75 millones de euros, Moncloa se ha convertido en una agencia de colocación para leales.
A esto se suma el desproporcionado dispositivo de seguridad: decenas de guardaespaldas y vehículos para sus desplazamientos.
El escándalo en el programa de TV "El Hormiguero", donde acudió con cerca de un centenar de policías, ocho furgones y un séquito de asesores, generó sorpresa incluso en la productora del programa.
Mientras los españoles se aprietan el cinturón, el presidente se mueve como un tirano oriental atiborrado de petrodólares.
Este boato genera rechazo profundo porque es incompatible con la democracia y la ejemplaridad que debería encarnar un presidente. Sánchez no gobierna para los ciudadanos, sino que se sirve del Estado como si fuera su patrimonio personal.
El contraste entre sus discursos sobre igualdad y austeridad y su estilo de vida imperial erosiona la confianza en las instituciones y alimenta la percepción de una élite intocable.
En una España con problemas reales, el derroche sanchista es un símbolo de arrogancia y desconexión que los españoles pagan caro.
La ciudadanía merece líderes que prediquen con el ejemplo, no emperadores de pacotilla rodeados de Falcon y séquitos interminables.
Francisco Rubiales
El último episodio del Airbus A310 de 80 plazas para viajar a Londres y asistir a la graduación de su hija es solo la punta del iceberg.
Tras la cumbre de la OTAN en Ankara, Sánchez utilizó el avión militar más grande de la flota VIP, con un coste estimado superior a los 18.000 euros solo en ese trayecto, mientras sus ministros regresaban en Falcon más modestos.
No había agenda oficial en Reino Unido que justificara tal despliegue. Este derroche se suma al uso recurrente de los Falcon del Estado para desplazamientos cortos, viajes de su esposa Begoña Gómez y traslados familiares a residencias oficiales como La Mareta en Lanzarote o Quintos de Mora.
Los datos revelan centenares de vuelos en estos aparatos, con un consumo millonario de combustible y emisiones de CO₂ que contrastan brutalmente con la agenda ecologista que predica el Gobierno.
Hasta las hijas de Sánchez utilizan aviones del Estado para desplazarse. Todo un abuso corrupto.
La corte de Sánchez es otro ejemplo de abuso institucional. Con casi un millar de asesores contratados a dedo (récord histórico que supera ampliamente a gobiernos anteriores) y un gasto en personal de confianza que roza los 75 millones de euros, Moncloa se ha convertido en una agencia de colocación para leales.
A esto se suma el desproporcionado dispositivo de seguridad: decenas de guardaespaldas y vehículos para sus desplazamientos.
El escándalo en el programa de TV "El Hormiguero", donde acudió con cerca de un centenar de policías, ocho furgones y un séquito de asesores, generó sorpresa incluso en la productora del programa.
Mientras los españoles se aprietan el cinturón, el presidente se mueve como un tirano oriental atiborrado de petrodólares.
Este boato genera rechazo profundo porque es incompatible con la democracia y la ejemplaridad que debería encarnar un presidente. Sánchez no gobierna para los ciudadanos, sino que se sirve del Estado como si fuera su patrimonio personal.
El contraste entre sus discursos sobre igualdad y austeridad y su estilo de vida imperial erosiona la confianza en las instituciones y alimenta la percepción de una élite intocable.
En una España con problemas reales, el derroche sanchista es un símbolo de arrogancia y desconexión que los españoles pagan caro.
La ciudadanía merece líderes que prediquen con el ejemplo, no emperadores de pacotilla rodeados de Falcon y séquitos interminables.
Francisco Rubiales