El espejismo del Sánchez pacifista dura lo que un tuit. Ese barniz de relevancia internacional se agrieta y se derrumba en cuanto miramos hacia dentro porque el mismo hombre que desafía a la superpotencia es, en casa, un adversario declarado de la democracia, un patrocinador de la corrupción sistémica, un amigo del odio y la división y un mentiroso compulsivo cuya credibilidad está por los suelos. Y, para remate, uno de los políticos más rechazados por su propio pueblo.
Sánchez llegó al poder en 2018 prometiendo regeneración, pero hizo justo lo contrario: vendió la unidad de España a cambio de un botín, amnistió a los golpistas del 1-O y borró delitos de sedición, malversación y terrorismo para comprar votos.
Entregó un cheque en blanco a los que declararon la república catalana y huyeron. Aquello fue la negación práctica de la igualdad ante la ley, la erosión deliberada del Estado de derecho.
Sus reformas judiciales limitaron la acusación popular y blindaron el poder político corrupto para protegerse.
Sánchez ha creado un régimen que utiliza las instituciones como escudo personal.
La corrupción de su régimen es tan grande que espanta y sobrecoge. Sánchez no combate la corrupción; la gestiona, la minimiza y, cuando es necesario, la blinda con su mayoría parlamentaria.
La mentira es su marca de fábrica. Prometió que nunca pactaría con populistas ni separatistas… y lo hizo. Juró que no indultaría a los condenados del procés… y los amnistió. Dijo que regeneraría la política… y convirtió el PSOE en un cortijo de favores y amenazas.
La gente ya no le cree ni cuando dice la hora.
Las encuestas de 2025-2026 son demoledoras: aprobación por debajo del 35 % y rechazo por encima del 60-65 %. Ningún otro líder europeo arrastra un saldo tan negativo de forma sostenida.
Mientras Sánchez posa de estadista en Bruselas o Davos, en España su Gobierno agoniza sin presupuestos, bloqueado por sus propios aliados y cercado por escándalos. Es el político más repudiado por su pueblo en todo el continente.
La ironía es brutal. El hombre que se opone a una guerra lejana con frases grandiosas es el mismo que, en casa, ha declarado la guerra a la separación de poderes, a la verdad y a la decencia institucional. Su “No a la guerra” internacional suena hueco y a estafa.
España no necesita profetas de pacotilla que brillan fuera y pudren dentro. Necesita líderes que respeten las reglas que dicen defender. Pedro Sánchez ya tuvo su momento de gloria mediática. La historia —y los votantes— le pasarán factura. Y cuando caiga, no será por Trump ni por Irán. Será por lo que siempre fue: un riesgo para la democracia española.
Francisco Rubiales
Sánchez llegó al poder en 2018 prometiendo regeneración, pero hizo justo lo contrario: vendió la unidad de España a cambio de un botín, amnistió a los golpistas del 1-O y borró delitos de sedición, malversación y terrorismo para comprar votos.
Entregó un cheque en blanco a los que declararon la república catalana y huyeron. Aquello fue la negación práctica de la igualdad ante la ley, la erosión deliberada del Estado de derecho.
Sus reformas judiciales limitaron la acusación popular y blindaron el poder político corrupto para protegerse.
Sánchez ha creado un régimen que utiliza las instituciones como escudo personal.
La corrupción de su régimen es tan grande que espanta y sobrecoge. Sánchez no combate la corrupción; la gestiona, la minimiza y, cuando es necesario, la blinda con su mayoría parlamentaria.
La mentira es su marca de fábrica. Prometió que nunca pactaría con populistas ni separatistas… y lo hizo. Juró que no indultaría a los condenados del procés… y los amnistió. Dijo que regeneraría la política… y convirtió el PSOE en un cortijo de favores y amenazas.
La gente ya no le cree ni cuando dice la hora.
Las encuestas de 2025-2026 son demoledoras: aprobación por debajo del 35 % y rechazo por encima del 60-65 %. Ningún otro líder europeo arrastra un saldo tan negativo de forma sostenida.
Mientras Sánchez posa de estadista en Bruselas o Davos, en España su Gobierno agoniza sin presupuestos, bloqueado por sus propios aliados y cercado por escándalos. Es el político más repudiado por su pueblo en todo el continente.
La ironía es brutal. El hombre que se opone a una guerra lejana con frases grandiosas es el mismo que, en casa, ha declarado la guerra a la separación de poderes, a la verdad y a la decencia institucional. Su “No a la guerra” internacional suena hueco y a estafa.
España no necesita profetas de pacotilla que brillan fuera y pudren dentro. Necesita líderes que respeten las reglas que dicen defender. Pedro Sánchez ya tuvo su momento de gloria mediática. La historia —y los votantes— le pasarán factura. Y cuando caiga, no será por Trump ni por Irán. Será por lo que siempre fue: un riesgo para la democracia española.
Francisco Rubiales